Datos personales

Mi foto
artemi garcia

Mozo

    Llegué tarde, estaba citado a las 8 de la mañana y pasaban de las 10. De todas formas, comprobé que había llegado a tiempo, la cola no se movía y las puertas aún estaban cerradas. Algunos protestaban, decían que estaban allí desde las 7 y media, hay que ser idiotas, encima lo pregonaban. La cola, a pesar de no estar formada en fila india sino en pequeños grupos, era enorme, corrillos de amigos y conocidos ocupaban toda la acera.
   Y yo, de amanecida y resacado. Estábamos en Carnavales, a quien se le ocurre poner la cita en esas fechas, lo hicieron con toda su mala leche. La noche anterior, comenzamos en un baile en los aparcamientos frente a Simago y, no sé cómo, terminamos en Agüimes.
   No recuerdo si fue mi madre o mi tía, tuvo que ser mi tía, era mucho más parrandera que mi madre, la que me consiguió un traje de novia. No era de ellas, era de alguna vecina que, por lo visto, no debía guardar buen recuerdo de su boda. Era todo blanco, con un gran escote por delante, donde me asomaban los pelos del pecho, de mangas largas, que la primera vez que levanté los brazos, rompí las costuras debajo de los sobacos, y con una cola larga toda llena de volantes, que tenía que recogerme para poder andar y enseñaba aquellas sandalias de cuero que nunca me quitaba. Lo coronaba una cinta de flores y un velo, también blancos, que me ocultaban la máscara de una vieja fea, toda arrugada y con una verruga enorme.  Para rematar el disfraz, me metí un cojín en la barriga y adopté el papel de novia preñada y abandonada en el altar. Carlitos, el colega, llevaba un uniforme de policía municipal, con su libreta de multas y su porra y todo, nos pasamos toda la noche, yo señalando y el deteniendo, al hijo de puta que me dejó en aquel estado, preñada y abandonada en el altar, que fiesta, tremendo pedo.
   Apurado me dio tiempo a ducharme y cambiarme de ropa, se imaginan, tendría que haber ido vestido de novia a la cita. Abuela, mientras me recalentaba un buchito café en un cazo, va y me suelta, “bonito estás, encerrado te tenían que dejar”, “¿Me conoces, mascarita?”, le contesté, estampándole un beso en la frente, mira que yo quería a mi abuela. En fin, desde casa hasta el edificio de la policía municipal en Miller era un pedazo, no se crean. Cruzar el barrio era bajando, pero después, la cuesta del Lomo Apolinario se pegaba, y de amanecida más. La cola, tremenda cola, llegaba hasta el cruce mismo.
   En el año 60, las mujeres de Las Palmas, en edad fértil, se tuvieron que poner a parir como locas, había más de 500 pibes de mi edad reunidos en aquella acera. Me imagino, seguro no lo sé, que allí, sólo estaríamos los chicos de los barrios cercanos. En otros lugares de la ciudad estaría pasando lo mismo, y aparte, tenemos que sumar las chicas, que siempre dicen que son más. Ahora, en las estadísticas, a esa época la llaman “el Babyboom”, yo la llamaría “a follar que el mundo se va  a acabar”.
   Me fui paseando despacio, como el que no quiere la cosa, contemplando todos aquellos rostros, saludando algún que otro conocido, hasta que al final tuve suerte, hacia la mitad estaban unos cuantos del barrio, de mi calle, me uní a ellos y enseguida se oyeron voces de atrás, “carota, a la cola”, “tendrá jeta el tío”, ni caso.
   Sobre las 10 y media apareció calle arriba un puñado de todoterrenos del ejército, de esos con el techo de lona, 5 o 6 por lo menos, y con las letras PM, pintadas de blanco, en las puertas de los choferes. Se iban aparcando en la acera de enfrente, y de ellos se bajaron un montón de militares, con su casco blanco y su cinta distintiva sujeta al hombro, donde se volvía a leer PM. Se acercaron a nosotros, algunos con la porra en la mano, “a ver, en fila de a uno y con el carnet de identidad bien a mano”, iban pregonando por toda la cola. Aquello por fin comenzaba, las puertas se abrieron y la cola empezó a moverse.
   Detrás de nosotros, unos pibes de Schamann, estaban troceando unos limones y repartiéndose sus cascos. “¿Y eso?” les pregunté. “Dicen que si te lo restriegas sobre el pinchazo de la vacuna, no te da fiebre ni se te hincha el brazo”. Aquello sonaba a cuento chino, pero les pedí uno por si acaso y, aunque de mala gana, habían visto como me colaba, me lo dieron.
   Bueno, por fin entré, eran más de las 11, un sueño, un dolor de cabeza. “A ver, carnet de identidad”, me pidió un bacinilla de aquellos, sentado tras una mesa. Después de una mirada rápida, arriba y abajo, va y me suelta, “descalzo y en calzoncillos, fila 3”. Me quedé parado, quieto, sin moverme, atenazado, sin poder reaccionar. “¿No me has oído o qué?”, “No, sí, ya, pero es que… no llevo calzoncillos” le contesté bajito. “Qué no llevas calzoncillos”, me gritó aquel hijo de puta puesto en pie, se oyó en toda la sala, “Pues en cueros, ¡Joder!”.
   Las modas juveniles se sucedían vertiginosamente en aquella España de la transición. Pasamos de militar en la izquierda, totalmente decepcionados, al mundo hippy, pelo largo, guarachas y LSD. Cuantas veces nos colamos en el cine Capitol para ver el musical Hair. Cambiamos las manifestaciones en la calle Triana, por las hogueras en las playas del Sur. Las camisas a cuadros por camisetas de flores pintadas a mano. Y a los gayumbos los desterramos, como símbolo de opresión.  
   No, no me tuve que quedar en pelotas, apareció uno con galones y me dejó pasar con pantalones, “Venga, sácate solo la camiseta y esas sandalias y por Dios, péinate esos pelos”. Primero me subieron a una báscula, me pesaron y me midieron, “60 kilos, 1,72”.  Sí, es verdad, lo reconozco, en esa época estaba en el chasis, no era más que huesos, pellejo y la mata pelo.
   Del asunto de la vacuna, no me acuerdo en absoluto. Yo no recuerdo que me vacunaran. Comentándolo tiempo después, con los amigos que estuvimos allí aquel día, todos afirmaban que sí, que claro que nos vacunaron. Que pasábamos en medio de 2 enfermeros y que nos ponían una vacuna en cada hombro, o sea 2. Yo no recuerdo nada de eso, ni por supuesto, que coño hice con el casco de limón. Por más que escarbo y rebusco en mi memoria, no encuentro ni un atisbo de esa escena.
   Lo que sí recuerdo, como si fuera ayer mismo, esta mañana, es verme, ya vestido con mi camiseta de los éici dici y mis guarachas, delante de un puñado de militares que se auto nombraban como tribunal médico, todos muy serios y enchaquetados, con su montón de galones y sus estrellitas y esas cosas. “¿Tiene usted algo que objetar?”, me preguntó el que tenía más estrellitas. “Pues sí, que tengo un montón de sueño y me duele un montón la cabeza y podían haber puesto esta mierda otro día”, pensé contestar, pero ni se me ocurrió decirlo en voz alta. Todos sabíamos, habíamos oído los cuentos, de los que se declaraban objetores de conciencia con 2 cojones. También sabíamos, también habíamos oído lo cuentos, que los tenían encerrados allí cerquita, en el Castillo de San Francisco. “Yo no”, contesté encogiéndome de hombros, no tenía esos 2 cojones.
   “¿Algún defecto físico que declarar?”, me interrogó de nuevo el estrellitas. Lo juro, esa pregunta no la esperaba, me cogió desprevenido. Y siempre que me he visto en esa situación, con las defensas bajas, no sé por qué, contesto la verdad. “Pues sí, la verdad es que tengo este brazo que no lo puedo estirar bien”, contesté mostrándoles mi brazo izquierdo levemente encogido. Tiempo atrás, en un viaje a Fuerteventura, me desbolé el codo, pero ese cuento ya lo hice. Ese día, lo vuelvo a jurar, di esa respuesta porque me preguntaron, no fue en absoluto premeditada. Más bien, creo que pensé, me penalizarían si mentía. Los vi hablar entre ellos y a uno, escribir algo en una libreta. Con un “Ya lo avisarán”, me hizo señas el estrellitas para que me largara.
   Todo esto pasó, como cuento al principio, un día de Carnavales. Ni de coña recuerdo la fecha exacta, pero tuvo que ser en febrero o en marzo si acaso. Pasó el tiempo, la vida siguió, descubrimos Tiritaña, pero ese es otro cuento que todavía no he escrito, y llegó aquella carta certificada a finales de junio. No quiero adelantar acontecimientos, más adelante, en la narración, sabrán porque recuerdo esa fecha. Más o menos, el resumen sería algo así, “Preséntese en la Caja de Reclutas en la calle Reyes Católicos, nº tal, el próximo jueves, 26 de junio, a las 8 de la mañana”.
   También llegué tarde esta vez, pero no porque estuviese de amanecida ni nada de eso. Esta vez me porté bien, pues no, estaba acojonado, hasta me acosté temprano y por la mañana, cuando me levanté, lo primero que hice, fue ponerme unos calzoncillos limpios. Lo que pasó, fue que la guagua, la 9, acababa su trayecto en el cine Cairasco. Tenías que bajar por las escaleras aquellas, cruzabas el puente hasta la Plaza de Santa Ana y después, por la calle Reyes Católicos, a ver si daba con la caja reclutas, un rato. En fin, era un edificio antiguo del barrio de Vegueta, precioso, todo de piedras talladas, con su portón de tea y un patio interior. Ya había un grupito de pibes allí, un par de ellos conocidos, y militares un montón. Le mostré la carta a un bacinilla que se me atravesó delante, la cogió y me mandó a sentarme con el resto.
   Al ratito, se los juro que fue así, “¡Firmes, a formar en fila de a 2, deprisa, cojones!”. Ños, un revuelo, un mal rollo, claro, no estábamos prácticos, no sabíamos ni que hacer. Todos de pie en aquel patio, nerviosos, a empujones nos fuimos colocando más o menos. Lo repito, se los juro que fue así, 2 soldados delante, con sus fusiles y todo, y detrás otros 2 igual, “¡Vaaaamos!”. Nos sacaron a la calle, éramos 15, yo el último, descasado. Nos llevaron, siempre por la acera, de aquella manera, custodiados como si fuéramos presos, por toda  Vegueta. La gente se apartaba y se nos quedaba mirando como si fuéramos de la ETA por lo menos. Saquen la cuenta, por toda la calle Reyes Católicos hasta la Casa de Colón, allí, a la izquierda, calle Espíritu Santo hacia arriba, luego, a la derecha, calle Obispo Codina adelante hasta la calle Juan de Quesada, que es la calle que va paralela al barranco Guiniguada. Después, derechos hacia arriba hasta el Hospital Militar.
   Edificio bonito de la ciudad de Las Palmas donde lo haya. Aquello era un palacio, bueno, seguirá siendo, me imagino, yo no he vuelto a estar en mi vida. Creo que ahora pertenece a la Universidad. De entrada, unas escalinatas anchas, con sus balaustradas, a continuación, unas puertas de cristaleras, y lo que era una pasada, una recepción enorme, altísima, bajo una cúpula redonda, espectacular. Con todo el miedo que llevaba metido en el cuerpo, nunca olvidaré aquella escena, era un edificio maravilloso.
   Nos llevaron a una sala contigua, pequeña, toda azulejada de blanco. Allí nos repartieron unos pijamas y unas pantuflas. También nos dieron una bolsa a cada uno, para que guardáramos nuestra ropa, todo el tiempo bajo la vigilancia de aquellos soldados armados. El pijama, pantalón y camisa de manga larga con botones, era blanco y azul a rayas verticales, de preso absoluto. Imagínense, el acojone ya era total. Y peor se puso. De nuevo, en la recepción, unas monjas te iban nombrando, te quitaban la bolsa con tus efectos personales y te iban designando sala. “Cirugía”, me dijo aquella beata, con su falda gris por debajo de la rodilla y su cofia blanca, con un rictus de menosprecio en su sonrisa y un destello de maldad en su mirada. Los testículos se me encogieron y subieron hasta las amígdalas, no me dejaban respirar ni articular sonido alguno.
   En aquella época, no sé si seguirá igual, los médicos militares tenían muy, pero que muy mala fama, y a mí me iban a operar. Lo primero que pensé fue en escapar de allí, pero donde iba con aquel pijama y con pantuflas, si por lo menos fuera aún Carnavales. De los 15, a 12 nos tocó “Cirugía”. La monja no, la bruja aquella, nos llevó por un largo pasillo y nos fue repartiendo, en grupos de 4, por las habitaciones.
   No recuerdo los nombres de mis compañeros de celda, porque así nos sentíamos, encarcelados. Lo que sí recuerdo perfectamente es la dolencia de cada uno, el cuento que teníamos preparado para intentar librarnos de la “mili”.
  Uno era de Lanzarote, imagínense las peripecias que habría hecho aquel chaval para llegar hasta allí. Era bajito y gordito, más simpático que la madre que lo parió. Se pasó todo el tiempo que estuvimos allí, contando chistes buenísimos, te partías de risas con él, sobre todo, cuando contaba y escenificaba su padecimiento. Según él, le faltaba un huevo, un testículo. “Lo tengo aquí arriba”, se señalaba por debajo de la barriga, “Y claro, no me puedo poner cuerpo a tierra porque me duele”.
   Otro, era del barrio, moreno él, creo que se llamaba Pancho, pero no lo puedo asegurar. Éste decía que tenía las mandíbulas dislocadas. No sé cómo lo hacía, pero se metía las manos, las dos, en la boca y se le ponía una cara desencajada que daba hasta yuyo ver aquello.
   El tercero, un pibe de La Isleta, era, tal vez el único, que sí tenía un problema serio. El pobre tenía una hernia discal y caminaba todo cambadito. Abusadores, tenían que haberlo llevado por lo menos en ambulancia.
   Al ratito llegó de nuevo la bruja aquella y leyó, de un portafolios, mi nombre en voz alta. El primero, mira la suerte mía. “Mozo, acompáñeme” me dijo. Me la quedé mirando, aquello de mozo me llamó la atención. ¿Se estaba quedando conmigo, era por mi buen ver, o sería porque era peninsular? Nada de eso, luego me enteré que ese era el rango que yo tenía en ese momento de mi vida militar. Para el ejército era un mozo, después sería soldado y, ya si eso, pues capitán, coronel o comandante general, eso ya se vería, no se sabe las vueltas que da la vida, y la militar más.
   En fin, de nuevo pasillo adelante, esta vez hasta un patio interior donde se abrían varias puertas. “Entre ahí y espere”, me señaló la buena moza una de aquellas puertas. Era un despacho médico, más pequeño que el de la Seguridad Social, pero parecido. La mesa y la silla del doctor, una camilla y todas esas cosas que usan los médicos. Más sillas no había, así que estuve allí, parado de pie, un buen rato. Recuerdo que pensé, “mira el hijo puta”, porque detrás de la mesa, en la pared, tenía un crucifico, una foto del rey y otra de Franco.
   Llegó el médico, bueno, un militar, el hombre muy educado se presentó, teniente médico no se qué, no recuerdo su nombre, yo contesté con un gesto de la barbilla, el cuerpo no me daba para más, seguía teniendo los testículos enredados en la zona de la laringe. Se sentó en su silla, cogió una libreta y sin mirarme siquiera, me preguntó “¿A ver, a usted que le pasa?”. No sé lo qué pasó, creo que fue el tono que empleó, amable, no tanto como cuando tu madre te hacía esa pregunta de niño, pero casi. La modulación de su voz me dio confianza, los huevos volvieron a su posición original, tragué saliva, carraspeé y contesté tranquilamente, “no me puedo poner firme”.
   Despacito levantó su cabeza y una sonrisa pícara afloró en su cara, “eso es grave”, me espetó sin retirar la taimada mueca, “no había oído nunca ese diagnóstico, vamos a verlo, póngase firme”, me contestó levantándose de la mesa. Hice el gesto, hasta dando una patada en el suelo, como había visto en las películas americanas, pero dejé el brazo izquierdo dobladito, como si tuviera la mano metida en el bolsillo del pantalón. Se acercó hasta mí, se colocó delante de mí, rostro con rostro, cuando creí que me iba a besar, me dio un jalón brusco del brazo que casi me tira al suelo. Se me escapó un “ay”, más por el susto que de dolor. Me dio la espalda, se volvió a su mesa, se sentó y se puso a escribir, con un “que pase el siguiente”, me despidió.
   Esto fue todo, se los juro, en esto consistió el examen médico que me hicieron en el Hospital Militar de Las Palmas de Gran Canaria, para considerar si estaba apto para el servicio militar, para garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional.
   Me volví a la habitación, a la celda, de nuevo con los huevos encogidos y a punto de vomitarlos. Allí les conté, a mis compañeros de infortunio, la insólita y absurda experiencia que acababa de vivir. El resto, según iban y volvían, relataban algo parecido. Nadie sabía nada, nadie nos decía nada. Al mediodía, nos volvieron a formar en el pasillo. Ahora ya, los soldados con fusiles, fueron sustituidos por las monjitas aquellas, aunque éstas eran más serias y marciales que un pelotón de fusilamiento. Nos llevaron al comedor, al pabellón de cocina como lo nombraban ellas. Mira, 2 huevos fritos con arroz blanco, un pan y un plátano de postre, más nada. Los huevos olían mal de lejos y el arroz era un mazacote incomestible, tremenda bazofia, que asco, ni lo probé. Me comí el plátano con el pan. No crean que soy  melindroso, los otros hicieron lo mismito.
   Por suerte, allí también había un montón de soldados convalecientes, casi todos peninsulares, que veteranos ya, nos contaron de qué iba todo aquello. Entre toda la información que nos dieron, nos quedamos con 2 excelentes noticias. Una, qué por lo visto, este hospital tenía fama en toda España, de ser el que más gente libraba del servicio militar. La otra, la mejor por la urgencia, que detrás, en el patio, había una cantina que despachaba unos bocadillos de carne que estaban de muerte, que te podías levantar de aquel antro e irte a comer allí. ¡Qué gozada! ¡Qué bocata! La única pega, que no despachaban alcohol, sólo zumos y refrescos. Y encima, el patio, aquello no era un patio, eran unos jardines encantadores, con unos árboles grandes que te invitaban a sentarte a su sombra, una pasada. Nos pasamos allí toda la tarde, hasta que al oscurecer, se asomaron por allí 2 de aquellas guerrilleras y nos ordenaron volver a la habitación. Cuando ya estábamos todos introducidos en el sobre, como una rata sigilosa, compareció una de aquellas matronas. “Para que duermas bien”, te decía con voz maternal, mientras depositaba en tu mesilla, un vasito de plástico con agua y una píldora. Después nos enteramos que la llamaban “Sor Pastilla”.
   Nuestra Señora del Perpetuo Socorro es una imagen de La Virgen, venerada en Roma y conocida desde el siglo XII. El icono está pintado al temple sobre madera. En éste, se representa a La Virgen María con el Niño Jesús en sus brazos y, en un segundo plano, los dos  Arcángeles Miguel y Gabriel con los instrumentos de La Pasión. Gabriel porta la cruz ortodoxa de doble travesaño y cuatro clavos y Miguel, la lanza y la esponja. El Niño Jesús descansa sobre el brazo izquierdo de su Madre y se agarra con ambas manos a la mano derecha de María, buscando protección, al contemplar los instrumentos de la Pasión que le aguardan.
   ¿Y esto a qué viene? se preguntarán. ¿Recuerdan que les dije que me acordaba perfectamente de la fecha de la carta? Jueves, 26 de junio. Pues al día siguiente, o sea, el viernes 27 de junio, se celebraba, y se seguirá celebrando, la onomástica de esta señora. Y a qué no adivinan de quien es Patrona, vete tú a saber por qué, pues de los médicos militares. Es la patrona de la Sanidad Militar, es su día festivo marcado en el calendario castrense. Ese día, los médicos del Hospital Militar, no trabajaban, y encima les hacía puente con el sábado y el domingo. No nos dieron el alta hasta el lunes. Nos pasamos allí 4 días.
   Se los juro, 4 días con aquel pijama a rayas, sin nada que hacer, comer, dormir y pasear por aquel palacio. Nos pasábamos la mayor parte del tiempo en la cantina y los jardines, contándonos nuestras vidas, contando mentiras, oyendo los chistes del conejero. Por la noche, juntábamos los somníferos que nos daba Sor Pastilla y se los enviábamos al pabellón de los locos. Sí, también había un grupo de soldados, a los que no se les ocurrió otra cosa, que hacerse los locos para poder librarse del servicio militar. Una noche, no recuerdo cuál de ellas, sentimos un gran estropicio, gritos y alboroto. Después nos enteramos, que algunos de ellos, habían destrozados los baños comunes. Arrancaron de las paredes los urinarios y los lavabos, rompieron las tuberías y lo dejaron todo anegado en agua y hecho un asquito.
   Recuerdo a uno de ellos, un chaval de Vallecas, flaco y narizudo, con un pie vendado. Lo traían todas las tardes, un ratito, a los jardines. El pobre, llegaba custodiado por 2 soldados, encadenado de manos y pies como un preso de Guantánamo. Allí lo liberaban y lo dejaban reunirse con nosotros. Nos contó, que no se le ocurrió otra cosa, que alistarse en La Legión. Lo enviaron a Fuerteventura y por algo que hizo, o más bien, no hizo, eso no lo recuerdo, lo mandaron al pelotón de trabajos forzados. Le dieron un pico y lo pusieron a romper piedras. Un día, nos contaba, harto de aquella situación y buscando la manera de salir de allí, “puse la pata sobre una piedra y dejé bajar el pico”.
   En fin, 4 días, 4 interminables días, en aquel hospital, en aquella prisión de lujo, vestido con un pijama a rayas y comiendo bocadillos de carne. Ese es el recuerdo que tengo de mi vida militar, sólo llegué a mozo.


Clack


     A clase siempre se entraba a las 8 de la mañana. Aquel día, el jueves, a primera hora teníamos Lengua, bien, me gustaba, pero después Matemáticas que era un rollo. No sólo porque no nos gustaran, éramos un COU de letras, sino porque el profesor de turno, que era un tipo recién salido de la Universidad, y el hombre, el pobre, no sabía dar clases, se ponía a llenar la pizarra de símbolos y corchetes y nos parecía que estaba hablando para él sólo, era como un murmullo sordo. Por suerte, nos enteramos que era troskista, de La Liga Comunista Revolucionaria, de la LCR, lo cogimos un día bajando las escaleras del instituto y, a nuestra manera, lo extorsionamos para que se olvidara de nosotros y nos pusiera un 5 a final de curso, ya lo entenderás según sigas leyendo.
    Me extrañó que Camilo no estuviera en clase ese día, que se perdiese la primera hora, bueno, eso le pasaba a todo el mundo alguna vez, pero a segunda tampoco, mosqueaba. No  había comentado nada la noche anterior cuando nos despedimos, después de la reunión de la célula. Ese día, el jueves, cuando salimos a desayunar, ya se había enterado medio instituto, habían detenido a un montón de gente y los tenían abajo, en La Plaza de La Feria, Camilo era uno de ellos.
     Te cuento la historia, pero de esa semana nada más, pero empezando por el domingo y no aquí, sino en Madrid. Ese día, el domingo, los Guerrilleros de Cristo Rey, fuerte nombre, mataron a un pibe, a un estudiante, le metieron un tiro a sangre fría y por la espalda, y a la piba que iba con él, otro tiro en todo el pecho, ella tuvo suerte y escapó. Al día siguiente, el lunes, por la mañana, en una manifestación por la muerte del pibe este, los grises van y matan a otra piba, a otra estudiante, un bote de humo en toda la cabeza. Por su parte, los GRAPO, van y secuestran a un militar de alto grado, ya tenían a otro desde un par de días antes y la ETA a lo suyo, matando policías por toda España. Ese mismo día, el lunes por la noche, todo esto que te estoy contando en Madrid, los fachas entran en un despacho de abogados laboralistas, de Comisiones Obreras, del Partido Comunista… al tiro limpio, con metralletas, calibre 9 mm corto, mataron a 5 y dejaron un montón de heridos.  
      El martes, ahora sí, en Las Palmas, en el instituto, según llegamos, sin ni siquiera entrar a clase, en el patio, convocamos huelga general. Esto todavía no te lo había contado, pero resulta que nuestro instituto, era el instituto más rojo de todos los institutos rojos de toda España. Primero, asamblea en el patio, y a continuación, Camilo, como siempre, que tampoco te lo había contado, pero era el líder del instituto, se largó un mitin de los suyos, con voz clara y premisas más claras aún, nos vamos de manifestación, para abajo, para Las Palmas. Coño, tampoco te lo había contado, nuestro instituto, el Alonso Quesada, era el único instituto de la parte alta de la ciudad, todos los demás, estaban abajo, en Las Palmas, repartidos en las calles de la gente bien. Seguramente, arriba, en los barrios, duplicábamos, triplicábamos la población juvenil, pero solamente había un instituto masculino y otro femenino, porque en esa época, las cosas eran así, no lo de un instituto sólo, eso, creo, sigue siendo igual, me refiero a lo de las chicas en uno y nosotros en otro. Cuando empecé el instituto, en primero, los chicos asistíamos a clase por la mañana y las chicas por la tarde, estuve carteándome todo el curso, dejándonos mensajes pegados con chicle debajo del pupitre, con la chica que ocupaba el mío por las tardes, nunca la conocí, fue mi primera amistad virtual, también es verdad, que sólo le ponía chorradas y guarradas y que ella me contestaba con insultos.
     Al curso siguiente ya les tenían su instituto, el Femenino de Schamann, y el día que te hablo, ese martes, lo primero que hicimos, como siempre hacíamos cuando íbamos de manifestación para abajo, para Las Palmas, fue dirigirnos a sacar a las chicas, porque siempre, me imagino que avisarían por teléfono, cuando llegábamos les tenían la puerta del patio cerrada. Allí, formábamos la tremenda, conseguíamos abrirles la puerta y muchas no, pero unas cuantas se venían con nosotros.
     Bajábamos caminando, haciendo escandalera, manifestándonos por todo Schamann, no sé de donde, pero enseguida aparecían banderas con las 7 estrellas verdes y alguna que otra pancarta. Cogíamos la calle Mariucha, bajábamos por el Parque Las Cucas hasta el Paseo de Chil, y por la calle Curva desembocábamos en Magisterio. Allí, los estudiantes de esa facultad,  ya la tenían armada junto a los de Arquitectura. También había un instituto femenino, el Santa Isabel de Hungría, pero ése era de monjas y de ahí no se escapaba ni una. Lo bueno empezaba cuando entrábamos al Paseo de Tomás Morales por la Plaza del Obelisco, allí empezaba la jarana de la buena. Yo siempre tuve buen ojo, no sé por qué, para identificar a los secretas, policía política los llamaban, le decía a los compañeros, “mira uno haciéndose el loco en la parada de guaguas”, o “mira, dentro de aquel coche, hay 4”, era fácil, si no, que iban a hacer 4 tipos sentados dentro de un coche, a las 10 de la mañana, en el Paseo de Tomás Morales.
     En esta calle, estaban los institutos de Tomás Morales y Pérez Galdós, siempre me llamó la atención el montón de motocicletas que habían aparcadas a sus puertas, en el nuestro, nadie tenía ninguna, si alguna vez aparecía alguien con una, seguro que era robada. Eran niños bien, aunque también había alguno de nuestros barrios. Sus padres, para darse aires, los matriculaban allí, para que se labraran un porvenir, decían, en nosotros no creía nadie. De estos institutos, algunos secundaban la huelga, no muchos, pero bueno, un puñado sí.
     Enseguida empezaban las cargas policiales, las pelotas de goma, los botes de humo, los grises repartiendo porra. En aquella época, no eran ni mucho menos como ahora, atléticos y disciplinados, aquellos, yo por lo menos, los recuerdo fofos y muchos hasta barrigones, pero de todas formas, eso sí, miedo daban, repartían leña sin medida alguna, nunca me dieron, y mira que participe en manifestaciones, casi a punto estuve muchas veces, pero siempre lograba esquivarlos, tuve suerte, me imagino. Del Paseo Tomás Morales huíamos despavoridos por el primer callejón que encontrábamos, recuerdo que esa vez cogimos por la calle Murga derechos a la Calle León y Castillo, en la esquina de abajo estaba el cine Royal, en grandes carteles anunciaban el estreno de “Ha nacido una estrella” con Barbra Streisand, pero yo, con un grupo que nos  escabullíamos de los grises, nos metimos corriendo en frente, en una cafetería cuyo nombre no recuerdo, pero que despachaban unos bocadillos de tortilla impresionantes y sobre todo, lo que más fama tenía, unos dulces que llamábamos matahambre, con 2 quedabas almorzado.
    Perdona, pero se me fue la olla, como te iba contando, siguiendo la secuela de esa semana, el miércoles, lo primero que hizo el gobierno por la mañana fue prohibir las manifestaciones, no se lo creían ni ellos, requisas de armas, expulsión de extranjeros relacionados con organizaciones extremistas y detenciones y registros sobre terrorismo. Esta última medida fue a la que más empeño pusieron, pero después te sigo contando para no dejarme atrás lo del miércoles por la noche, el entierro de los abogados laboralistas en Madrid. Se esperaba que se armara una bien grande, el ambiente estaba tan caliente que hasta algunos vaticinaban una nueva guerra civil, pero no, menos mal, en la reunión de la célula por la noche, alguien comentó, que hablando por teléfono con unos amigos en Madrid, éstos le contaron que todo fue muy tranquilo, que la consigna era el silencio absoluto. Imagínate, decían que había más de cien mil personas siguiendo la comitiva, todos callados con el puño en alto.
     Como te contaba al principio, el jueves, por la mañana, en clase, Camilo no apareció y luego nos enteramos que estaba detenido abajo, en la Plaza de la Feria, que era el cuartel general de los grises. En esa época, los llamábamos así, los grises, aunque en el barrio, también recuerdo que la peña decía “cuidado que viene La Madam”. Luego, cuando les cambiaron el uniforme, los llamaban los maderos, ahora no sé cómo les dirán. Bueno, como te iba diciendo, imagínate el revuelo que se formó en el instituto, recuerda que Camilo era el líder. Ese día no volvimos a entrar a clase, nos marchamos para averiguar lo que había pasado. Estábamos en 1.977, no había móviles ni internet ni nada de eso, lo más, cabinas telefónicas, y además, muy pocos tenían teléfono en su casa. Tiramos para el barrio para poder averiguar algo más, “en casa de Perico están repartiendo los panfletos” nos dijeron, eso era en Pedro Infinito y para allí nos fuimos. Nos enteramos que eran 15 los arrestados, todos de izquierdas, ni un facha, la policía  aprovechó la ocasión que les brindaba el gobierno Suarez y se habían pasado la noche deteniendo a todos los líderes de izquierda de la ciudad, acusándolos de terroristas. En los panfletos, imagínate, que eran en blanco y negro, emborronados, apurado se reconocían las fotografías de los rostros de los detenidos. Arriba sí se leía, en letras grandes, en mayúsculas, “LIBERTAD INMEDIATA”, o algo así, no recuerdo bien, seguramente habrá alguien que tenga una colección de los panfletos de esa época.
     En fin, reconocí a Camilo y alguno más, cogimos un puñado de carteles, una brocha y llenamos una bolsa de plástico con la cola que tenían preparada en un cubo. En el reparto de la ciudad nos tocó la zona entre el Parque Doramas, el Hospital del Pino y la Plaza del Obelisco. Cogimos la calle Zaragoza y bajamos por el barranquillo de Don Zoilo. Perdona, pero esto tampoco te lo había contado, éramos 3, Pacuco, Mingo y yo, que me llamaba Pepe, eran nuestros “nombres de guerra”, te lo tomarás a risas, pero estábamos realizando una acción ilegal, militábamos en la clandestinidad y nos lo tomábamos todo muy en serio. A más de uno le habían pegado un tiro en la cabeza o lo habían torturado, tan sólo por tener ideas distintas a las del régimen. Sabría yo como se llamaban mis camaradas, pero ese tipo de consignas las teníamos claras y asumidas, en una actividad de esta índole, nunca se debía nombrar a nadie por su verdadero nombre, fíjate que hasta ahora, cuarenta años después, los sigo utilizando.
   Nada más llegar al Parque Doramas, cogimos por Tomás Morales y en la primera pared que encontramos, empezamos nuestra pegada de carteles. Yo mantenía el pasquín, Pacuco le daba el brochazo de cola y Mingo vigilaba. El Hospital del Pino lo enramamos, estaba lleno de gente y todo el mundo se acercaba a leer. En el cruce de la calle Castillo había una parada de guaguas y la aprovechamos para pegar unos pocos más. En otro cruce más allá, el de la calle Carvajal, había otra parada y hacia ella nos dirigimos. Recuerdas que te dije que tenía buen ojo para detectar a los “secretas”, en la acera de arriba, había aparcado un seat 1.430 con 3 tipos sospechosos, así se lo hice saber a mis compinches, pero, jóvenes y audaces, decidimos proseguir con nuestra tarea, “tu acéchalos Mingo, mientras nosotros pegamos los carteles”.
    Llevábamos un par de ellos pegados, cuando Mingo nos avisó, vimos como se abrían las  puertas del coche y corrían hacia nosotros. Pacuco y yo salimos por patas por la calle Carvajal hacia abajo y Mingo huyó por Tomás Morales adelante. En Ángel Guimerá nos separamos, Pacuco cogió a la derecha y yo a la izquierda. Ya lo habíamos hecho otras veces, el truco era separarnos y luego, ya nos veíamos en el barrio. Ellos también lo tenían ensayado y también se separaron. Al doblar la siguiente esquina, la de la iglesia de Santa Teresita del Niño Jesús, te lo juro que se llama así, me lo encontré de frente, nunca lo olvidaré, una cara de hijo de la gran puta de mucho cuidado, pelo engominado y sonrisa cínica donde la haya. Se sacó la pistola de la sobaquera, la amartilló con un sonido hueco, “clack”, “estate quietito o te mato, hijo de puta”, me dijo apuntándome a la cabeza. Por supuesto que me paré en seco, no estaba a 2 metros de mí, casi me dejo mear, se echó a reír, se me acercó y me quitó los carteles que aún llevaba en las manos, ni siquiera me esposó, estaba sobrado, tan sólo me sujetó de un brazo y me llevó con él. Al momento llegó el coche y me subieron detrás, allí ya estaba Pacuco con el mismo rostro pálido de miedo que yo. Unas calles más allá se volvieron a detener y de un zaguán salió Mingo acompañado del otro secreta. Se subieron los dos detrás, con nosotros apretujados.
     En el corto trayecto hasta la Plaza de La Feria, no recuerdo que dijeron, risas y chanzas, nosotros acojonados. El portón estaba abierto y aparcaron en medio del patio, a las puertas de la comisaría. Según bajamos, se fue haciendo un coro de policías a nuestro alrededor, eso sí lo recuerdo, iban todos con ropa de paisanos, 8 o 10 por lo menos, comenzaron a darnos empujones y cogotazos, muertos de risa. El que me detuvo, se acercó a mí con uno de los carteles y recuerdo que me dijo “ves, ahora este ya no sirve, ahora tienen que hacer otro con vuestras caretos también”, todos le rieron el chiste. “A ver ¿Quién te dio estos carteles?” me preguntó con un bofetón en toda la cara. “Los estaban repartiendo en la puerta del instituto y los cogimos porque sé que Camilo no es ningún terrorista”, le contesté, no te creas que con valentía, estaba acojonado, con la cabeza gacha y balbuciendo. “¿De qué coño conoces tú a Camilo?”, “está en mi clase”, “¿Ah sí? Pues vamos a comprobarlo”, me arrastró de un brazo y me entró a la comisaría. Caminamos por un pasillo largo de azulejos amarillentos, más de una vez estuve en ese pasillo, cómo cuando me libré del cuartel y fui allí a recoger el acta de mi exención, pero esos son historias que te contaré otro día, esta vez me bajaron por unas escaleras oscuras. Junto a unas puertas metálicas, ahora sí, custodiadas por grises de uniforme, nos detuvimos y le habló a uno de ellos en voz baja. El guarda abrió la puerta y llamó a Camilo por su nombre verdadero, al momento asomó su rostro en el hueco y me vio. Le sonreí, no sé por qué, me alegré, era un gran amigo y parecía estar bien dentro de lo que cabía. “¿Tú conoces a éste?”, le espetó el secreta zarandeándome de nuevo, yo los tenía en la garganta, “sí, está conmigo en clase”, le contestó con voz clara y con el aplomo que yo admiraba en él.
     Ni nos ficharon, ni tomaron nuestros datos ni nada, ya los tenían me enteraría después, pero esa también es otra historia que a lo mejor te cuento otro día. En la puerta me dio otro cogotazo y les hizo señas a los policías que custodiaban a Pacuco y a Mingo para que nos dejaron marchar.
     Fíjate tú si éramos tontos, que con el cerote y todo, quedamos decepcionados, por lo menos yo, ellos seguro que también. Me hubiera gustado que me detuviesen, que me encerraran en aquella celda del sótano de la Plaza de la Feria con los líderes izquierdistas, sindicalistas, estudiantiles, pero no, me botaron como agua sucia, no les importaba, no tenía valor alguno para ellos, me dolió en mi orgullo, en mi tonta vanidad.
     Después me enteré que, los detenidos, estuvieron en huelga de hambre hasta que los soltaron unos cuantos días más tardes. Entonces, ¡uf!, sí suspiré de alivio.

El Pañuelo

   No les concedimos ningún valor a aquellos chicos. Ni siquiera lo hablamos, si acaso alguna mirada cómplice entre nosotros con un rictus de menosprecio, poco más. Estábamos sobrados, así que nos colocamos indolentes en nuestra línea de la playa.
     Nosotros éramos canariones, y encima, éramos todos de Las Palmas. Más aún si cabe, todos éramos de los barrios de la ciudad alta, del muro de la vergüenza de la plaza de Don Benito para arriba. Éramos de Schaman, de Escaleritas, de Las Chumberas, de Los Arapiles, de Las Rehoyas, y hasta había uno, Miguel, imagínense, que era del Buque Guerra, un bloque  al final de la calle Agustina de Aragón.
     Estábamos curtidos en mil batallas, incluso entre nosotros, en nuestro propio barrio. Los de nuestra calle, La Candelaria,  no sentíamos ese vínculo jurisdiccional. Nos la traía floja eso de ser del barrio de Los Arapiles, no existía en absoluto ese lazo, esa afinidad. Los de la calle Guadalupe, por arriba, o los de la calle Monserrat, por abajo, eran enemigos, igual que los de la calle Loreto, o los de La Peña, El Sagrario, Los Volcanes o los de la calle Yuste, que conocíamos como Bloque 28, y tampoco con los de La Candelaria de arriba. Nuestra calle, La Virgen de La Candelaria, era un bunker a cielo abierto, el resto del mundo era hostil. Nos peleábamos, a la pedrada limpia, con todos. Con la banda del Cambao, de abajo del barrio del Polvorín, que ni la policía se atrevía a enfrentar, o con la banda del “Enco”, de arriba, de Los Albergues, ó como decíamos, de Los “Jambelgues”, la llamaban así porque su líder, su cabecilla, repartía el periódico de El Eco de Canarias. Una vez cogieron a Pepe y a Ramón y los ataron a un poste de la luz en la calle Nueva y les pegaron fuego, tuvo que ir toda la calle, incluidos los mayores, para rescatarlos.
     Éramos tantos, hoy en día se habla de la generación de los 60 como el “Babyboom”. En una calle de 48 viviendas, repartidas en 6 portales con 8 pisos cada uno, 4 a cada lado, llegamos a tener 2 equipos de futbol, el juvenil y el infantil. No tengo ni idea del porqué, pero nuestro equipaje era todo blanco, medias, pantalón y camiseta, con la excepción de una banda roja diagonal en el frente de nuestra camiseta, donde las madres de la calle habían bordado “VIRGEN DE LA CANDELARIA” en letras doradas.
     En el resto de los barrios y de sus calles, estoy seguro que también era igual. Tan sólo tengo que recordar una de las hazañas, que te obligaban a realizar los más veteranos para demostrar tu valía, cruzar el Buque Guerra en solitario. Yo tuve suerte, no había ningún chico el día que pasé corriendo a lo que daban mis pies. Eso sí, después presumí de haberle pegado una pedrada a uno que se atrevió a salirme al paso.
     Luego, más tarde, cuando ingresamos en el instituto, yo calculo que tan sólo un 5% o un 10% de esos chicos del “Babyboom”, fuimos creando lazos de amistad con chicos de las otras calles y de los otros barrios. En mi clase encontré a 2 chicos de la calle Guadalupe, que tan sólo los conocía de vista por haber intercambiado con ellos alguna “guirrea” de piedras.
    La playa de la que comencé hablarte, era la playa de Gran Tarajal, en la isla de Fuerteventura. Desde allí, en un día claro, se podía adivinar la costa del Sahara en frente. Estaba, y seguirá estando, no he vuelto nunca, junto a un muelle grandote, donde arribaban barcos de pesca y mercantiles. En uno de ellos, de mercancías, habíamos llegado nosotros. Por una pequeña cantidad de dinero en negro pagada al capitán, nos escondía en la bodega y nos llevaba. El pueblo, en esa época, eran un puñado de casas dispersas  y poco más. Quiero recordar que había un medio ventorrillo en la orilla de la playa y el resto eran arena y julagas.
    Era una playa de arena negra, que a marea vacía, daba hasta para jugar un partido de futbol. Pero no, y no recuerdo por qué, los chiquillos que encontramos, a lo que nos desafiaron fue a jugar al “pañuelo”, un juego tonto, de niños pequeños. “El Pañuelo” consiste en colocarse un equipo a cada lado, a una misma distancia de una especie de arbitro que sostiene con la mano extendida el pañuelo. A una voz de éste, corren desde su raya un jugador de cada equipo y tienes que robar el pañuelo y regresar a tu raya sin que el oponente te toque. En fin, se decidió jugarlo  5 contra 5, a quien ganara 2 de 3 partidos.
    En un aparte nos reunimos y, entre risas y desprecios al equipo contrario, elegimos a nuestros 5 jugadores. A mí me nombraron el quinto. Yo era chiquito y flaco pero rápido, en el fútbol siempre me colocaban de extremo izquierdo.
    Dibujamos, siempre entre risas, zancadillas y empujones, nuestra raya en la arena y observamos como se colocaban los chiquillos de Gran Tarajal en la otra punta de la playa. Por más que me esfuerzo e indago en mi memoria, no consigo recordar ni uno de sus rostros, tal era el desdén que sentíamos por ellos.
     Sin embargo, a ninguno se nos ocurrió pararse a pensar en las ventajas del oponente, tan recreados estábamos. Jugábamos en su playa, nosotros era la primera vez que la pisábamos, debían conocer cada uno de sus granos de arena, la tenían que tener genetizada.  No nos desafiaron a jugar al futbol o a cualquier otro juego de playa, sino al Pañuelo, por algo sería.
    En fin, poco a poco, comenzó el desastre. El árbitro, que tampoco recuerdo nada de él, extendió el pañuelo y gritó 1. El nuestro, que tampoco recuerdo quien fue, salió corriendo y llegó al pañuelo mucho antes que su contrario, pero a vueltas con nuestra soberbia, se paró junto al trapo y esperó a su adversario. Fue verlo y no creerlo, aquel chico llegó, cogió el pañuelo y desapareció. Cuando el nuestro reaccionó, ya le llevaba más de 3 metros de ventaja y le fue imposible pillarlo. 1 - 0.
     Nos miramos incrédulos, pero seguimos manteniendo nuestro aire festivo y burlón. El árbitro gritó 2 y nuestro jugador, según llegó al Pañuelo, lo cogió y salió volando hacia nosotros. No contó con la pérdida que da el frenar y darse la vuelta, así que su contrincante, con la inercia que llevaba, lo sujetó por la espalda mucho antes de que llegara a nuestra raya. 2 - 0.
    Si caíamos en la siguiente carrera, el 3 - 0 supondría la pérdida del primer partido. Recuerdo que llegaron al pañuelo al mismo tiempo, pero el chico de Gran Tarajal agarró el pañuelo y corrió hacia los suyos, el nuestro jadeaba detrás de él y cada vez que estaba a punto de pillarlo, el otro le fintaba y corría en zigzag, incluso giraba la cara y le hacía muecas, fue doloroso. 3 – 0. Final del primer partido. 1 – 0.
    Mientras ellos se abrazaban y festejaban en su línea de playa, nosotros, ahora muy serios,  nos abroncábamos y discutíamos. Decidimos cambiar la estrategia. Como otro y yo no habíamos jugado aún, pedimos correr primero. También, no sé por qué, resolvimos que yo fuera el primero en participar.  
    Nos colocamos en nuestra raya, esta vez tensos, dispuestos a remendar este estropicio. Que nos ganaran a nosotros, a nosotros que éramos de Las Palmas, cinco pelagatos pordioseros de un pueblo perdido de Fuerteventura, era inaudito, no lo podíamos creer. Claro, nos lo habíamos tomado en broma pero ahora no, se iban a enterar.
    Mientras me preparaba, pensé un truco, seguro que el otro chico picaba. El árbitro gritó 1 y salí como alma que lleva el diablo, mi adversario también corrió a mi par y llegamos igualados al pañuelo. Lo miré a los ojos y le dije que estaba pisando la raya, cuando agachó la vista, en esa décima de segundo, robé el pañuelo y volé. No recuerdo si me llego a tocar, no sé qué pasó, había un hoyo en la arena, antes no estaba, nadie había caído en él, pero yo caí y me desbolé el codo del brazo izquierdo.
    Mis gritos, no de dolor, lo juro, de sorpresa, el brazo torcido en una posición inverosímil y aquel bulto asomando, todos a mi alrededor, los unos, los otros, todos preguntando, todos contestando.
    Arriba, en la entrada a la playa, había una especie de “Casa de Socorro” y allí me llevaron. Yo me sujetaba el brazo porque tenía la sensación de que se me iba a desprender. Al médico sí que lo recuerdo, no lo olvidaré nunca. Era un hombre mayor, alto, bastante alto, con una bata blanca. El pelo blanco peinado hacia atrás, la tez pálida, amarillenta y una larga y fea cicatriz que le cruzaba toda la mejilla derecha.
    Me tendieron en una camilla, la única que había, y me inspeccionó sin decir nada. Yo estaba aterrado, no por el dolor en el brazo, era por aquel hombre, para que se hagan una idea, recuerdan al actor Béla Lugosi en su papel de Drácula, pues su hermano. Sólo habló para decir que me sujetaran por los hombros y los pies, créanselo, me colocó su pie, con zapato y todo, en mi sobaco, luego me agarró por la muñeca con sus dos enormes manos y tiró. Se oyó un “crack”, todos los que estaban allí presentes lo oyeron, más de uno, me dijo después, que casi se deja mear. A mí, la habitación comenzó a darme vueltas y quedé bañado en un sudor frío, estuve a punto de desmayarme. Luego me lo vendó estirado con una venda elástica y apretada y nos despidió a todos.
    Ese mismo día, me subieron a un avión y me mandaron para Las Palmas. Cuando llegué, tenía el brazo totalmente hinchado y el dolor, ahora sí, era insoportable. Me llevaron directamente al hospital Virgen del Pino, avisaron a mi familia y los doctores que me vieron en urgencias, después de relatarles lo ocurrido, querían saber el nombre del doctor que me hizo aquello para denunciarlo. Allí me sacaron la venda, me hicieron una radiografía y me lo colocaron de lado, otra vez un baño de sudor frío, me lo enyesaron y me mandaron para casa.
    Lo que sucedió después, cómo cuando me libré del cuartel a causa de esto, es otro cuento para contarlo otro día. Ahora mismo, como muchas otras veces, cuando siento una pequeña punzada en el codo de mi brazo izquierdo, sólo pienso en si hubiésemos podido remontar aquel partido. Si ganaríamos el segundo partido para poder empatar y si en el tercero y definitivo, hubiésemos obtenido la victoria.
    Siempre he pensado que no, aquellos chicos estaban en su elemento, en su playa y eran mejores que nosotros, por lo menos, jugando al Pañuelo. 


El collar de semillas de drago



     Los cuentos, si no dices alguna mentira, no son cuentos, es historia.
     En mi caso, mi historia personal, como la de la gran mayoría de las personas, es un relato anodino, simple y vulgar. Hablar de mi pasado, de mis vivencias, de mis experiencias y de mis anécdotas, seguro que cansaría hasta el más paciente, tan mediocre he sido. No he tenido la suerte de verme involucrado en ninguna hazaña universal, no he participado en ninguna guerra ni he descubierto isla alguna, no he inventado ningún artilugio ni levantado rascacielos alguno, mi vida ha transcurrido en la clandestinidad absoluta, si escribo mi nombre en internet, sólo aparecen unos pdf de una vez que me presenté a unas oposiciones.
     Así que no me queda otra, si quiero ser visible, tengo que contar mentiras o por lo menos adornar la verdad. Como no tengo mucha imaginación, me gusta contar anécdotas de mi pasado, eso sí, aderezadas con fantasías, con delirios y jactancias para hacerlas atractivas al lector, que se entretenga y continúe leyendo, que no pase de mí.
     También es verdad, que cuando coges fama de mentiroso, la gente te excluye, te mira mal, te desprecia y te señala, “a ese no le creas nada, que no dice más que mentiras”, lo sé, es un riesgo que tengo correr. Aunque también se dice, que las mentiras, mientras no hagan daño ni perjudiquen a nadie, son tolerables, se admiten, y aunque no sea “políticamente correcto”,  te las perdonan, “el pobre, lo hace sin mala intención, es que él es así, no lo puede evitar, pero   daño no le hace a nadie”.
     A estas alturas de mi vida, después de estar militando tantos siglos en la discreción, no me importa mucho ser juzgado y dilapidado, no por necesidad de notoriedad o de jubileo, es tan sólo por unas enormes, enfermizas si se quiere, ganas de escribir, de poner retazos de mi historia personal en papel, o por lo menos, que se usa mucho ahora, “en la nube”.
    
     Uno de los recuerdos que siempre he querido contar de mi ñoña vida, fue la primera y única vez que mi padre me llevó con él a pastorear las cabras. Yo tenía 6 o 7 años, era el pequeño, el último de mis hermanos, ni siquiera tenía nombre aún. No te lo ponían hasta que comenzabas a cambiar la voz y para ello, se basaban en alguna maña que tuvieras, en algún acontecimiento relevante de tu vida o en algún aspecto destacable de tu anatomía. Abajo, en el caboco, el día que el sol se queda quieto, nos reuníamos todas las familias, llevando con nosotros a todos los animales, las cabras, las ovejas, los perros. Los niños jugábamos al palo y a, sin mover los pies del suelo, esquivar piedras. Por su parte, los mayores cantaban y clamaban a los cielos, daban gracias por las cosechas y vertían leche en las cazoletas, era un día propicio. Luego, a la tardecita, cuando la luz del sol inundaba todo el caboco, tu madre te tomaba de la mano y delante de todos, en voz alta, pronunciaba tu nombre.
     Como iba contando, mi padre me hizo señas para que lo acompañara, y al salir de nuestra  cueva, el cogió su lanza y mi madre me dio el zurrón. Abandonamos el barranco y fuera, en el escuchadero, mi padre dio un silbido largo, y de abajo, de la costa, nuestro perro ladró. Hacia allí nos dirigimos, con su lanza me señalaba las distintas plantas que encontrábamos a nuestro paso, me daba sus nombres y me explicaba sus propiedades, arrancaba una hoja de un árbol y me la daba a probar, “mastícala y luego la escupes, es buena para los dientes” me decía, o se quedaba parado en seco y oteaba el mar, “se está quedando, a lo mejor mañana vamos a las lapas”, me sonreía, ya que sabía que a mí me encantaban.
     En una vuelta del camino apareció nuestro perro, a mi padre le sonrío moviendo el rabo y a mí, me dio un lametazo que me lavó la cara. Lo llamábamos “perro”, como lo que era, nunca se nos pasó por la cabeza darle nombre, era un animal. Corriendo cogió el trillo y nos condujo, por el topo hacia abajo, donde las cabras pastaban. Era una manadita de 3 o 4 docenas de cabras, pero mi padre, no sé cómo, con sólo un vistazo, enseguida echó en falta a 2 de ellas, “la mujina vieja y su chiva, la bremeja, seguro que están echadas abajo, en algún cejo del barranco”, le señaló más al perro que a mí. Las cabras tampoco tenían nombre, las diferenciábamos tan sólo por sus colores, nunca hay 2 iguales, algún matiz, por pequeño que sea, las identifica. “Chico, tú quédate aquí y ve tocándolas tranquilo hacia arriba, que coman, pero juntitas”, y los 2 partieron en su busca. Observé como mi padre clavaba el regatón de su lanza unos metros más abajo en la ladera. Dando largos saltos desapareció en el interior del barranco, con el perro siempre detrás de él.
   Era la primera vez que mi padre me llevaba con él a las cabras y ya me dejaba sólo con ellas, esa responsabilidad me supo, me sentí enorme, henchido. Despacito, caminando de lado, las fui rodeando por debajo, mientras, recogía piedrillas sueltas del terreno y me agenciaba un gajo de retama. Las cabras, de entrada, no reconociendo mi olor, apretaron el rabo y pararon las orejas, observándome inquietas. Luego, viendo que no era ningún peligro, siguieron ramoneando entre los tasaigos, los taginastes y las tederas. Tirándoles piedrillas y azuzándolas con la rama, las fui tocando despacito, no parecía una tarea difícil, me sentía como un chico mayor.
   Un poco más arriba, pero apartado del sendero, en una laderita en la solana del barranco, se hallaba un pequeño bosque de dragos. A los niños nos gustaba ir allí, para rebuscar sus semillas entre las hojas secas del suelo, que eran redondas y duras, del color de la miel. Con un punzón de hueso las jurábamos para pasarles un fino cordón de cuero y tejernos un collar. Las cabras estaban tranquilas, ocupadas pellizcando unos renuevos de fayas, que eran como un dulce para ellas, no iba a pasar nada, mi padre y el perro estaban lejos en el fondo del barranco. Sin quitarles el ojo, me fui resbalando por la ladera hasta que llegué a los dragos. Enseguida me puse a escarbar entre las hojas y a recoger semillas, las iba guardando en el zurrón, donde llevaba la comida, un pedazo de queso y unos higos secos.
 
    Entretenido, como un niño que era, perdí la noción del tiempo, había un montón de semillas, era un tesoro para compartir con mis hermanos, que día más divertido nos esperaba. Los dragos estaban todos capados, no como ahora, que los dejan crecer derechos, altos hacia el cielo. En esa época, se podaban desde pequeñitos para que echaran bastantes troncos y ramas, con sus hojas trenzadas se elaboraban sogas largas y resistentes. De esta manera, cada drago era un mundo, podías trepar por él, saltar de una rama a otra, e incluso, pasarte a otro árbol, era otro de nuestros juegos favoritos.
   Ni los vi ni los sentí llegar, sólo oí el bullicio de las cabras espantadas. Corrí ladera arriba pensando “mi padre me mata” y al llegar arriba, sobre el topo, allí estaban. Cubrían sus cuerpos con unas ropas donde brillaba el sol y en sus rostros, todos cubiertos de pelo, solo se apreciaban los ojos inyectados en sangre. En las manos sostenían unos palos donde también se reflejaba el sol y con ellos estaban acuchillando y matando a nuestras cabras. De arriba, de las cuevas, salía mucho humo y se oían los gritos de mi familia. Uno de ellos, grande y gordo como una cochina preñada, me vio y riendo corrió hacia mí. Volé ladera abajo y me interné de nuevo entre los dragos, trepé por uno de ellos y me escondí tras su follaje. Abajo, la cochina preñada, rodeaba el árbol, buscándome con su mirada. Dio unos gritos en una lengua extraña y al momento llegó otro, tan preñado como el primero. Riendo a carcajadas, con sus palos brillantes, comenzaron a golpear los troncos del drago. Con dos tajos certeros, de un lado y del otro, cayó la primera rama y sin dejar de reírse vi como tumbaban otra. Trepé como pude hasta el otro extremo del drago y de un salto intenté brincar hacia otro árbol, pero con tan mala suerte, que se me cayó el zurrón al suelo y me delató. Ya por entonces, se habían reunido alrededor del bosquecillo de dragos, media docena de aquellos hombres peludos que reían y daban grandes voces en su grotesca lengua. Vi, como uno de ellos, juntaba un puñado de hojas secas del suelo y las amontonaba en el interior del drago, y a otro, no sé cómo, prenderle fuego de inmediato. El humo comenzó rápidamente a ascender entre las ramas y en un intento desesperado por huir, resbalé y caí al suelo como una fruta madura. Cuando fui a levantarme para correr, una patada en la cabeza me hundió en un profundo sueño.
   Soñé con las cabras, con la mujina y la bremeja, y con el perro que las perseguía y las aculaba en una veta estrecha sobre los riscos del mar. El perro las mordía y las empujaba, los tres cayeron abajo, sobre las crestas de las olas que batían los acantilados. Vi a mi padre, ajeno de todo, sentado tranquilamente en el callao. Corrí hacia él, gritándole, advirtiéndolo, “padre, las cabras, el perro”, pero no me oía, no se movía de su asiento. Cuando llegué junto a él, una ola enorme lo arrastró de la orilla, su lanza rota sobresalía del agua con el regatón enterrado profundamente en su pecho.
   Desperté zarandeado, me dolía mucho la cabeza, no podía abrir un ojo. Tenía atadas las manos y la cochina preñada me cargaba como un odre sobre su hombro. Intenté zafarme de él y caí al suelo, volví a oír sus carcajadas y a sentir de nuevo su patada en mi cuerpo, esta vez en la espalda. Me cogió por los pelos y me puso de pie, me escupió en su extraña lengua y me arrastró. Con un solo ojo, pude ver cómo me pasaba una soga por el cuello y entre mis manos atadas. Delante de mí, atados a la misma soga, iban mis hermanos y más parientes de mi familia, no estaban ni madre ni padre, me recordó a un collar de semillas de drago.
   No sé cuánto tiempo caminamos, cuantos barrancos cruzamos, sólo recuerdo que andábamos hacia el sol y que, cuando éste se marchó al otro mundo, seguimos andando toda la noche alumbrados por su hermana. Estaba muy cansado y tenía muchísima sed y un fuerte latido sobre mi ojo cerrado. Si alguno de nosotros se paraba para descansar o tomar resuello, nos golpeaban y apretaban el nudo que rodeaba nuestro cuello. Amaneciendo el día la vimos por primera vez, una choza grande, enorme, flotando sobre el mar. La cochina preñada me la señaló y me habló de nuevo en su desagradable lengua. Nos hicieron descender por una ladera de tabaibas y cardones, hasta llegar a una gran playa de callaos y arena negra. Allí nos esperaban otros de su raza, sujetando un tronco grande y ahuecado, que también flotaba en la orilla. A golpes y empujones, sin tan siquiera sacarnos la soga, nos botaron y nos amontonaron en el fondo del tronco. Varios de ellos subieron al tronco y con unos palos grandes que hundían en el mar nos llevaron junto a la gran choza. Allí, uno a uno, a mí el primero, nos fueron retirando la soga del cuello y ayudados por otros que estaban encima, nos fueron subiendo sobre aquella increíble morada que se mecía sobre el mar.
   Mientras subían a los demás, pude, por última vez en mi vida, contemplar la tierra donde nací, las verdes montañas que se elevaban al cielo y los profundos barrancos que la surcaban. Grité, con las pocas fuerzas que me quedaban, llamando a madre, llamando a padre, nadie contestó, aunque me pareció, que en la lejanía, el perro aulló. De nuevo, a golpes y empujones, nos llevaron abajo, a una cueva grande y oscura donde había muchos más de nuestro pueblo.
   Tampoco sé cuánto tiempo nos tuvieron en aquella cueva, amarrados a unos palos que tenían clavados en sus paredes. De vez en cuando nos daban algo de agua y una comida horrible, que el primer día no comí, pero que después ansiaba su llegada. Algunos, unos cuantos, murieron en aquella caverna y cuando el hedor era insoportable, nuestros captores se los llevaban y no volvíamos a saber de ellos, aunque el chapoteo que oíamos a continuación, nos indicaba cual era su destino.
   Cuando ya pensábamos que íbamos a morir todos en aquella cueva, vinieron varias cochinas preñadas y nos sacaron ciegos a la luz del día. La gran choza estaba parada a la entrada de un poblado enorme, moradas y moradas de todos los tamaños y formas llenaban aquel valle. Nos bajaron, nos volvieron a formar como el collar de semillas de drago y nos condujeron hasta un gran llano en el centro de aquel territorio.
   Enseguida, aquella llanada, se llenó de gentes con absurdas vestiduras de todo tipo de colores. Se paseaban entre nosotros, observándonos detenidamente y palpando nuestros cuerpos. Un hombre de cabellera blanca y una mujer con la cara tan pálida como no había visto nunca, se acercaron hasta mí, me manosearon y hasta miraron en el interior de mi boca. El hombre y la cochina preñada comenzaron hablar y gritarse en su extraña lengua, realizaban fuertes ademanes con sus brazos, pensé que iban a fajarse. Al final, el cabellera blanca entregó un pequeñito zurrón a la cochina preñada y éste me desató del collar.
   Cabellera blanca y Cara pálida me apartaron de los míos y me subieron a una pequeña choza de madera, que andaba arrastrada por un animal más grande que 2 cabras juntas. Me llevaron a su morada, una cueva grande con muchas más cuevas pequeñas en su interior. Me entraron a una de ellas, donde tenían a un hombre clavado en alto sobre dos palos y me acercaron hasta una pequeña charca que había sobre una piedra. Allí, otra cochina preñada, toda vestida de negro, me inclinó la cabeza y con una gran lapa, vertió agua sobre mi frente. Luego, tomándome por la barbilla, me miró a los ojos y habló delante de todos, “Siendo hoy, día del Señor, 28 de mayo, te llamaremos Germán”.