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artemi garcia

domingo, 25 de febrero de 2018


Clack


     A clase siempre se entraba a las 8 de la mañana. Aquel día, el jueves, a primera hora teníamos Lengua, bien, me gustaba, pero después Matemáticas que era un rollo. No sólo porque no nos gustaran, éramos un COU de letras, sino porque el profesor de turno, que era un tipo recién salido de la Universidad, y el hombre, el pobre, no sabía dar clases, se ponía a llenar la pizarra de símbolos y corchetes y nos parecía que estaba hablando para él sólo, era como un murmullo sordo. Por suerte, nos enteramos que era troskista, de La Liga Comunista Revolucionaria, de la LCR, lo cogimos un día bajando las escaleras del instituto y, a nuestra manera, lo extorsionamos para que se olvidara de nosotros y nos pusiera un 5 a final de curso, ya lo entenderás según sigas leyendo.
    Me extrañó que Camilo no estuviera en clase ese día, que se perdiese la primera hora, bueno, eso le pasaba a todo el mundo alguna vez, pero a segunda tampoco, mosqueaba. No  había comentado nada la noche anterior cuando nos despedimos, después de la reunión de la célula. Ese día, el jueves, cuando salimos a desayunar, ya se había enterado medio instituto, habían detenido a un montón de gente y los tenían abajo, en La Plaza de La Feria, Camilo era uno de ellos.
     Te cuento la historia, pero de esa semana nada más, pero empezando por el domingo y no aquí, sino en Madrid. Ese día, el domingo, los Guerrilleros de Cristo Rey, fuerte nombre, mataron a un pibe, a un estudiante, le metieron un tiro a sangre fría y por la espalda, y a la piba que iba con él, otro tiro en todo el pecho, ella tuvo suerte y escapó. Al día siguiente, el lunes, por la mañana, en una manifestación por la muerte del pibe este, los grises van y matan a otra piba, a otra estudiante, un bote de humo en toda la cabeza. Por su parte, los GRAPO, van y secuestran a un militar de alto grado, ya tenían a otro desde un par de días antes y la ETA a lo suyo, matando policías por toda España. Ese mismo día, el lunes por la noche, todo esto que te estoy contando en Madrid, los fachas entran en un despacho de abogados laboralistas, de Comisiones Obreras, del Partido Comunista… al tiro limpio, con metralletas, calibre 9 mm corto, mataron a 5 y dejaron un montón de heridos.  
      El martes, ahora sí, en Las Palmas, en el instituto, según llegamos, sin ni siquiera entrar a clase, en el patio, convocamos huelga general. Esto todavía no te lo había contado, pero resulta que nuestro instituto, era el instituto más rojo de todos los institutos rojos de toda España. Primero, asamblea en el patio, y a continuación, Camilo, como siempre, que tampoco te lo había contado, pero era el líder del instituto, se largó un mitin de los suyos, con voz clara y premisas más claras aún, nos vamos de manifestación, para abajo, para Las Palmas. Coño, tampoco te lo había contado, nuestro instituto, el Alonso Quesada, era el único instituto de la parte alta de la ciudad, todos los demás, estaban abajo, en Las Palmas, repartidos en las calles de la gente bien. Seguramente, arriba, en los barrios, duplicábamos, triplicábamos la población juvenil, pero solamente había un instituto masculino y otro femenino, porque en esa época, las cosas eran así, no lo de un instituto sólo, eso, creo, sigue siendo igual, me refiero a lo de las chicas en uno y nosotros en otro. Cuando empecé el instituto, en primero, los chicos asistíamos a clase por la mañana y las chicas por la tarde, estuve carteándome todo el curso, dejándonos mensajes pegados con chicle debajo del pupitre, con la chica que ocupaba el mío por las tardes, nunca la conocí, fue mi primera amistad virtual, también es verdad, que sólo le ponía chorradas y guarradas y que ella me contestaba con insultos.
     Al curso siguiente ya les tenían su instituto, el Femenino de Schamann, y el día que te hablo, ese martes, lo primero que hicimos, como siempre hacíamos cuando íbamos de manifestación para abajo, para Las Palmas, fue dirigirnos a sacar a las chicas, porque siempre, me imagino que avisarían por teléfono, cuando llegábamos les tenían la puerta del patio cerrada. Allí, formábamos la tremenda, conseguíamos abrirles la puerta y muchas no, pero unas cuantas se venían con nosotros.
     Bajábamos caminando, haciendo escandalera, manifestándonos por todo Schamann, no sé de donde, pero enseguida aparecían banderas con las 7 estrellas verdes y alguna que otra pancarta. Cogíamos la calle Mariucha, bajábamos por el Parque Las Cucas hasta el Paseo de Chil, y por la calle Curva desembocábamos en Magisterio. Allí, los estudiantes de esa facultad,  ya la tenían armada junto a los de Arquitectura. También había un instituto femenino, el Santa Isabel de Hungría, pero ése era de monjas y de ahí no se escapaba ni una. Lo bueno empezaba cuando entrábamos al Paseo de Tomás Morales por la Plaza del Obelisco, allí empezaba la jarana de la buena. Yo siempre tuve buen ojo, no sé por qué, para identificar a los secretas, policía política los llamaban, le decía a los compañeros, “mira uno haciéndose el loco en la parada de guaguas”, o “mira, dentro de aquel coche, hay 4”, era fácil, si no, que iban a hacer 4 tipos sentados dentro de un coche, a las 10 de la mañana, en el Paseo de Tomás Morales.
     En esta calle, estaban los institutos de Tomás Morales y Pérez Galdós, siempre me llamó la atención el montón de motocicletas que habían aparcadas a sus puertas, en el nuestro, nadie tenía ninguna, si alguna vez aparecía alguien con una, seguro que era robada. Eran niños bien, aunque también había alguno de nuestros barrios. Sus padres, para darse aires, los matriculaban allí, para que se labraran un porvenir, decían, en nosotros no creía nadie. De estos institutos, algunos secundaban la huelga, no muchos, pero bueno, un puñado sí.
     Enseguida empezaban las cargas policiales, las pelotas de goma, los botes de humo, los grises repartiendo porra. En aquella época, no eran ni mucho menos como ahora, atléticos y disciplinados, aquellos, yo por lo menos, los recuerdo fofos y muchos hasta barrigones, pero de todas formas, eso sí, miedo daban, repartían leña sin medida alguna, nunca me dieron, y mira que participe en manifestaciones, casi a punto estuve muchas veces, pero siempre lograba esquivarlos, tuve suerte, me imagino. Del Paseo Tomás Morales huíamos despavoridos por el primer callejón que encontrábamos, recuerdo que esa vez cogimos por la calle Murga derechos a la Calle León y Castillo, en la esquina de abajo estaba el cine Royal, en grandes carteles anunciaban el estreno de “Ha nacido una estrella” con Barbra Streisand, pero yo, con un grupo que nos  escabullíamos de los grises, nos metimos corriendo en frente, en una cafetería cuyo nombre no recuerdo, pero que despachaban unos bocadillos de tortilla impresionantes y sobre todo, lo que más fama tenía, unos dulces que llamábamos matahambre, con 2 quedabas almorzado.
    Perdona, pero se me fue la olla, como te iba contando, siguiendo la secuela de esa semana, el miércoles, lo primero que hizo el gobierno por la mañana fue prohibir las manifestaciones, no se lo creían ni ellos, requisas de armas, expulsión de extranjeros relacionados con organizaciones extremistas y detenciones y registros sobre terrorismo. Esta última medida fue a la que más empeño pusieron, pero después te sigo contando para no dejarme atrás lo del miércoles por la noche, el entierro de los abogados laboralistas en Madrid. Se esperaba que se armara una bien grande, el ambiente estaba tan caliente que hasta algunos vaticinaban una nueva guerra civil, pero no, menos mal, en la reunión de la célula por la noche, alguien comentó, que hablando por teléfono con unos amigos en Madrid, éstos le contaron que todo fue muy tranquilo, que la consigna era el silencio absoluto. Imagínate, decían que había más de cien mil personas siguiendo la comitiva, todos callados con el puño en alto.
     Como te contaba al principio, el jueves, por la mañana, en clase, Camilo no apareció y luego nos enteramos que estaba detenido abajo, en la Plaza de la Feria, que era el cuartel general de los grises. En esa época, los llamábamos así, los grises, aunque en el barrio, también recuerdo que la peña decía “cuidado que viene La Madam”. Luego, cuando les cambiaron el uniforme, los llamaban los maderos, ahora no sé cómo les dirán. Bueno, como te iba diciendo, imagínate el revuelo que se formó en el instituto, recuerda que Camilo era el líder. Ese día no volvimos a entrar a clase, nos marchamos para averiguar lo que había pasado. Estábamos en 1.977, no había móviles ni internet ni nada de eso, lo más, cabinas telefónicas, y además, muy pocos tenían teléfono en su casa. Tiramos para el barrio para poder averiguar algo más, “en casa de Perico están repartiendo los panfletos” nos dijeron, eso era en Pedro Infinito y para allí nos fuimos. Nos enteramos que eran 15 los arrestados, todos de izquierdas, ni un facha, la policía  aprovechó la ocasión que les brindaba el gobierno Suarez y se habían pasado la noche deteniendo a todos los líderes de izquierda de la ciudad, acusándolos de terroristas. En los panfletos, imagínate, que eran en blanco y negro, emborronados, apurado se reconocían las fotografías de los rostros de los detenidos. Arriba sí se leía, en letras grandes, en mayúsculas, “LIBERTAD INMEDIATA”, o algo así, no recuerdo bien, seguramente habrá alguien que tenga una colección de los panfletos de esa época.
     En fin, reconocí a Camilo y alguno más, cogimos un puñado de carteles, una brocha y llenamos una bolsa de plástico con la cola que tenían preparada en un cubo. En el reparto de la ciudad nos tocó la zona entre el Parque Doramas, el Hospital del Pino y la Plaza del Obelisco. Cogimos la calle Zaragoza y bajamos por el barranquillo de Don Zoilo. Perdona, pero esto tampoco te lo había contado, éramos 3, Pacuco, Mingo y yo, que me llamaba Pepe, eran nuestros “nombres de guerra”, te lo tomarás a risas, pero estábamos realizando una acción ilegal, militábamos en la clandestinidad y nos lo tomábamos todo muy en serio. A más de uno le habían pegado un tiro en la cabeza o lo habían torturado, tan sólo por tener ideas distintas a las del régimen. Sabría yo como se llamaban mis camaradas, pero ese tipo de consignas las teníamos claras y asumidas, en una actividad de esta índole, nunca se debía nombrar a nadie por su verdadero nombre, fíjate que hasta ahora, cuarenta años después, los sigo utilizando.
   Nada más llegar al Parque Doramas, cogimos por Tomás Morales y en la primera pared que encontramos, empezamos nuestra pegada de carteles. Yo mantenía el pasquín, Pacuco le daba el brochazo de cola y Mingo vigilaba. El Hospital del Pino lo enramamos, estaba lleno de gente y todo el mundo se acercaba a leer. En el cruce de la calle Castillo había una parada de guaguas y la aprovechamos para pegar unos pocos más. En otro cruce más allá, el de la calle Carvajal, había otra parada y hacia ella nos dirigimos. Recuerdas que te dije que tenía buen ojo para detectar a los “secretas”, en la acera de arriba, había aparcado un seat 1.430 con 3 tipos sospechosos, así se lo hice saber a mis compinches, pero, jóvenes y audaces, decidimos proseguir con nuestra tarea, “tu acéchalos Mingo, mientras nosotros pegamos los carteles”.
    Llevábamos un par de ellos pegados, cuando Mingo nos avisó, vimos como se abrían las  puertas del coche y corrían hacia nosotros. Pacuco y yo salimos por patas por la calle Carvajal hacia abajo y Mingo huyó por Tomás Morales adelante. En Ángel Guimerá nos separamos, Pacuco cogió a la derecha y yo a la izquierda. Ya lo habíamos hecho otras veces, el truco era separarnos y luego, ya nos veíamos en el barrio. Ellos también lo tenían ensayado y también se separaron. Al doblar la siguiente esquina, la de la iglesia de Santa Teresita del Niño Jesús, te lo juro que se llama así, me lo encontré de frente, nunca lo olvidaré, una cara de hijo de la gran puta de mucho cuidado, pelo engominado y sonrisa cínica donde la haya. Se sacó la pistola de la sobaquera, la amartilló con un sonido hueco, “clack”, “estate quietito o te mato, hijo de puta”, me dijo apuntándome a la cabeza. Por supuesto que me paré en seco, no estaba a 2 metros de mí, casi me dejo mear, se echó a reír, se me acercó y me quitó los carteles que aún llevaba en las manos, ni siquiera me esposó, estaba sobrado, tan sólo me sujetó de un brazo y me llevó con él. Al momento llegó el coche y me subieron detrás, allí ya estaba Pacuco con el mismo rostro pálido de miedo que yo. Unas calles más allá se volvieron a detener y de un zaguán salió Mingo acompañado del otro secreta. Se subieron los dos detrás, con nosotros apretujados.
     En el corto trayecto hasta la Plaza de La Feria, no recuerdo que dijeron, risas y chanzas, nosotros acojonados. El portón estaba abierto y aparcaron en medio del patio, a las puertas de la comisaría. Según bajamos, se fue haciendo un coro de policías a nuestro alrededor, eso sí lo recuerdo, iban todos con ropa de paisanos, 8 o 10 por lo menos, comenzaron a darnos empujones y cogotazos, muertos de risa. El que me detuvo, se acercó a mí con uno de los carteles y recuerdo que me dijo “ves, ahora este ya no sirve, ahora tienen que hacer otro con vuestras caretos también”, todos le rieron el chiste. “A ver ¿Quién te dio estos carteles?” me preguntó con un bofetón en toda la cara. “Los estaban repartiendo en la puerta del instituto y los cogimos porque sé que Camilo no es ningún terrorista”, le contesté, no te creas que con valentía, estaba acojonado, con la cabeza gacha y balbuciendo. “¿De qué coño conoces tú a Camilo?”, “está en mi clase”, “¿Ah sí? Pues vamos a comprobarlo”, me arrastró de un brazo y me entró a la comisaría. Caminamos por un pasillo largo de azulejos amarillentos, más de una vez estuve en ese pasillo, cómo cuando me libré del cuartel y fui allí a recoger el acta de mi exención, pero esos son historias que te contaré otro día, esta vez me bajaron por unas escaleras oscuras. Junto a unas puertas metálicas, ahora sí, custodiadas por grises de uniforme, nos detuvimos y le habló a uno de ellos en voz baja. El guarda abrió la puerta y llamó a Camilo por su nombre verdadero, al momento asomó su rostro en el hueco y me vio. Le sonreí, no sé por qué, me alegré, era un gran amigo y parecía estar bien dentro de lo que cabía. “¿Tú conoces a éste?”, le espetó el secreta zarandeándome de nuevo, yo los tenía en la garganta, “sí, está conmigo en clase”, le contestó con voz clara y con el aplomo que yo admiraba en él.
     Ni nos ficharon, ni tomaron nuestros datos ni nada, ya los tenían me enteraría después, pero esa también es otra historia que a lo mejor te cuento otro día. En la puerta me dio otro cogotazo y les hizo señas a los policías que custodiaban a Pacuco y a Mingo para que nos dejaron marchar.
     Fíjate tú si éramos tontos, que con el cerote y todo, quedamos decepcionados, por lo menos yo, ellos seguro que también. Me hubiera gustado que me detuviesen, que me encerraran en aquella celda del sótano de la Plaza de la Feria con los líderes izquierdistas, sindicalistas, estudiantiles, pero no, me botaron como agua sucia, no les importaba, no tenía valor alguno para ellos, me dolió en mi orgullo, en mi tonta vanidad.
     Después me enteré que, los detenidos, estuvieron en huelga de hambre hasta que los soltaron unos cuantos días más tardes. Entonces, ¡uf!, sí suspiré de alivio.

domingo, 21 de enero de 2018

El Pañuelo

   No les concedimos ningún valor a aquellos chicos. Ni siquiera lo hablamos, si acaso alguna mirada cómplice entre nosotros con un rictus de menosprecio, poco más. Estábamos sobrados, así que nos colocamos indolentes en nuestra línea de la playa.
     Nosotros éramos canariones, y encima, éramos todos de Las Palmas. Más aún si cabe, todos éramos de los barrios de la ciudad alta, del muro de la vergüenza de la plaza de Don Benito para arriba. Éramos de Schaman, de Escaleritas, de Las Chumberas, de Los Arapiles, de Las Rehoyas, y hasta había uno, Miguel, imagínense, que era del Buque Guerra, un bloque  al final de la calle Agustina de Aragón.
     Estábamos curtidos en mil batallas, incluso entre nosotros, en nuestro propio barrio. Los de nuestra calle, La Candelaria,  no sentíamos ese vínculo jurisdiccional. Nos la traía floja eso de ser del barrio de Los Arapiles, no existía en absoluto ese lazo, esa afinidad. Los de la calle Guadalupe, por arriba, o los de la calle Monserrat, por abajo, eran enemigos, igual que los de la calle Loreto, o los de La Peña, El Sagrario, Los Volcanes o los de la calle Yuste, que conocíamos como Bloque 28, y tampoco con los de La Candelaria de arriba. Nuestra calle, La Virgen de La Candelaria, era un bunker a cielo abierto, el resto del mundo era hostil. Nos peleábamos, a la pedrada limpia, con todos. Con la banda del Cambao, de abajo del barrio del Polvorín, que ni la policía se atrevía a enfrentar, o con la banda del “Enco”, de arriba, de Los Albergues, ó como decíamos, de Los “Jambelgues”, la llamaban así porque su líder, su cabecilla, repartía el periódico de El Eco de Canarias. Una vez cogieron a Pepe y a Ramón y los ataron a un poste de la luz en la calle Nueva y les pegaron fuego, tuvo que ir toda la calle, incluidos los mayores, para rescatarlos.
     Éramos tantos, hoy en día se habla de la generación de los 60 como el “Babyboom”. En una calle de 48 viviendas, repartidas en 6 portales con 8 pisos cada uno, 4 a cada lado, llegamos a tener 2 equipos de futbol, el juvenil y el infantil. No tengo ni idea del porqué, pero nuestro equipaje era todo blanco, medias, pantalón y camiseta, con la excepción de una banda roja diagonal en el frente de nuestra camiseta, donde las madres de la calle habían bordado “VIRGEN DE LA CANDELARIA” en letras doradas.
     En el resto de los barrios y de sus calles, estoy seguro que también era igual. Tan sólo tengo que recordar una de las hazañas, que te obligaban a realizar los más veteranos para demostrar tu valía, cruzar el Buque Guerra en solitario. Yo tuve suerte, no había ningún chico el día que pasé corriendo a lo que daban mis pies. Eso sí, después presumí de haberle pegado una pedrada a uno que se atrevió a salirme al paso.
     Luego, más tarde, cuando ingresamos en el instituto, yo calculo que tan sólo un 5% o un 10% de esos chicos del “Babyboom”, fuimos creando lazos de amistad con chicos de las otras calles y de los otros barrios. En mi clase encontré a 2 chicos de la calle Guadalupe, que tan sólo los conocía de vista por haber intercambiado con ellos alguna “guirrea” de piedras.
    La playa de la que comencé hablarte, era la playa de Gran Tarajal, en la isla de Fuerteventura. Desde allí, en un día claro, se podía adivinar la costa del Sahara en frente. Estaba, y seguirá estando, no he vuelto nunca, junto a un muelle grandote, donde arribaban barcos de pesca y mercantiles. En uno de ellos, de mercancías, habíamos llegado nosotros. Por una pequeña cantidad de dinero en negro pagada al capitán, nos escondía en la bodega y nos llevaba. El pueblo, en esa época, eran un puñado de casas dispersas  y poco más. Quiero recordar que había un medio ventorrillo en la orilla de la playa y el resto eran arena y julagas.
    Era una playa de arena negra, que a marea vacía, daba hasta para jugar un partido de futbol. Pero no, y no recuerdo por qué, los chiquillos que encontramos, a lo que nos desafiaron fue a jugar al “pañuelo”, un juego tonto, de niños pequeños. “El Pañuelo” consiste en colocarse un equipo a cada lado, a una misma distancia de una especie de arbitro que sostiene con la mano extendida el pañuelo. A una voz de éste, corren desde su raya un jugador de cada equipo y tienes que robar el pañuelo y regresar a tu raya sin que el oponente te toque. En fin, se decidió jugarlo  5 contra 5, a quien ganara 2 de 3 partidos.
    En un aparte nos reunimos y, entre risas y desprecios al equipo contrario, elegimos a nuestros 5 jugadores. A mí me nombraron el quinto. Yo era chiquito y flaco pero rápido, en el fútbol siempre me colocaban de extremo izquierdo.
    Dibujamos, siempre entre risas, zancadillas y empujones, nuestra raya en la arena y observamos como se colocaban los chiquillos de Gran Tarajal en la otra punta de la playa. Por más que me esfuerzo e indago en mi memoria, no consigo recordar ni uno de sus rostros, tal era el desdén que sentíamos por ellos.
     Sin embargo, a ninguno se nos ocurrió pararse a pensar en las ventajas del oponente, tan recreados estábamos. Jugábamos en su playa, nosotros era la primera vez que la pisábamos, debían conocer cada uno de sus granos de arena, la tenían que tener genetizada.  No nos desafiaron a jugar al futbol o a cualquier otro juego de playa, sino al Pañuelo, por algo sería.
    En fin, poco a poco, comenzó el desastre. El árbitro, que tampoco recuerdo nada de él, extendió el pañuelo y gritó 1. El nuestro, que tampoco recuerdo quien fue, salió corriendo y llegó al pañuelo mucho antes que su contrario, pero a vueltas con nuestra soberbia, se paró junto al trapo y esperó a su adversario. Fue verlo y no creerlo, aquel chico llegó, cogió el pañuelo y desapareció. Cuando el nuestro reaccionó, ya le llevaba más de 3 metros de ventaja y le fue imposible pillarlo. 1 - 0.
     Nos miramos incrédulos, pero seguimos manteniendo nuestro aire festivo y burlón. El árbitro gritó 2 y nuestro jugador, según llegó al Pañuelo, lo cogió y salió volando hacia nosotros. No contó con la pérdida que da el frenar y darse la vuelta, así que su contrincante, con la inercia que llevaba, lo sujetó por la espalda mucho antes de que llegara a nuestra raya. 2 - 0.
    Si caíamos en la siguiente carrera, el 3 - 0 supondría la pérdida del primer partido. Recuerdo que llegaron al pañuelo al mismo tiempo, pero el chico de Gran Tarajal agarró el pañuelo y corrió hacia los suyos, el nuestro jadeaba detrás de él y cada vez que estaba a punto de pillarlo, el otro le fintaba y corría en zigzag, incluso giraba la cara y le hacía muecas, fue doloroso. 3 – 0. Final del primer partido. 1 – 0.
    Mientras ellos se abrazaban y festejaban en su línea de playa, nosotros, ahora muy serios,  nos abroncábamos y discutíamos. Decidimos cambiar la estrategia. Como otro y yo no habíamos jugado aún, pedimos correr primero. También, no sé por qué, resolvimos que yo fuera el primero en participar.  
    Nos colocamos en nuestra raya, esta vez tensos, dispuestos a remendar este estropicio. Que nos ganaran a nosotros, a nosotros que éramos de Las Palmas, cinco pelagatos pordioseros de un pueblo perdido de Fuerteventura, era inaudito, no lo podíamos creer. Claro, nos lo habíamos tomado en broma pero ahora no, se iban a enterar.
    Mientras me preparaba, pensé un truco, seguro que el otro chico picaba. El árbitro gritó 1 y salí como alma que lleva el diablo, mi adversario también corrió a mi par y llegamos igualados al pañuelo. Lo miré a los ojos y le dije que estaba pisando la raya, cuando agachó la vista, en esa décima de segundo, robé el pañuelo y volé. No recuerdo si me llego a tocar, no sé qué pasó, había un hoyo en la arena, antes no estaba, nadie había caído en él, pero yo caí y me desbolé el codo del brazo izquierdo.
    Mis gritos, no de dolor, lo juro, de sorpresa, el brazo torcido en una posición inverosímil y aquel bulto asomando, todos a mi alrededor, los unos, los otros, todos preguntando, todos contestando.
    Arriba, en la entrada a la playa, había una especie de “Casa de Socorro” y allí me llevaron. Yo me sujetaba el brazo porque tenía la sensación de que se me iba a desprender. Al médico sí que lo recuerdo, no lo olvidaré nunca. Era un hombre mayor, alto, bastante alto, con una bata blanca. El pelo blanco peinado hacia atrás, la tez pálida, amarillenta y una larga y fea cicatriz que le cruzaba toda la mejilla derecha.
    Me tendieron en una camilla, la única que había, y me inspeccionó sin decir nada. Yo estaba aterrado, no por el dolor en el brazo, era por aquel hombre, para que se hagan una idea, recuerdan al actor Béla Lugosi en su papel de Drácula, pues su hermano. Sólo habló para decir que me sujetaran por los hombros y los pies, créanselo, me colocó su pie, con zapato y todo, en mi sobaco, luego me agarró por la muñeca con sus dos enormes manos y tiró. Se oyó un “crack”, todos los que estaban allí presentes lo oyeron, más de uno, me dijo después, que casi se deja mear. A mí, la habitación comenzó a darme vueltas y quedé bañado en un sudor frío, estuve a punto de desmayarme. Luego me lo vendó estirado con una venda elástica y apretada y nos despidió a todos.
    Ese mismo día, me subieron a un avión y me mandaron para Las Palmas. Cuando llegué, tenía el brazo totalmente hinchado y el dolor, ahora sí, era insoportable. Me llevaron directamente al hospital Virgen del Pino, avisaron a mi familia y los doctores que me vieron en urgencias, después de relatarles lo ocurrido, querían saber el nombre del doctor que me hizo aquello para denunciarlo. Allí me sacaron la venda, me hicieron una radiografía y me lo colocaron de lado, otra vez un baño de sudor frío, me lo enyesaron y me mandaron para casa.
    Lo que sucedió después, cómo cuando me libré del cuartel a causa de esto, es otro cuento para contarlo otro día. Ahora mismo, como muchas otras veces, cuando siento una pequeña punzada en el codo de mi brazo izquierdo, sólo pienso en si hubiésemos podido remontar aquel partido. Si ganaríamos el segundo partido para poder empatar y si en el tercero y definitivo, hubiésemos obtenido la victoria.
    Siempre he pensado que no, aquellos chicos estaban en su elemento, en su playa y eran mejores que nosotros, por lo menos, jugando al Pañuelo. 


El collar de semillas de drago



     Los cuentos, si no dices alguna mentira, no son cuentos, es historia.
     En mi caso, mi historia personal, como la de la gran mayoría de las personas, es un relato anodino, simple y vulgar. Hablar de mi pasado, de mis vivencias, de mis experiencias y de mis anécdotas, seguro que cansaría hasta el más paciente, tan mediocre he sido. No he tenido la suerte de verme involucrado en ninguna hazaña universal, no he participado en ninguna guerra ni he descubierto isla alguna, no he inventado ningún artilugio ni levantado rascacielos alguno, mi vida ha transcurrido en la clandestinidad absoluta, si escribo mi nombre en internet, sólo aparecen unos pdf de una vez que me presenté a unas oposiciones.
     Así que no me queda otra, si quiero ser visible, tengo que contar mentiras o por lo menos adornar la verdad. Como no tengo mucha imaginación, me gusta contar anécdotas de mi pasado, eso sí, aderezadas con fantasías, con delirios y jactancias para hacerlas atractivas al lector, que se entretenga y continúe leyendo, que no pase de mí.
     También es verdad, que cuando coges fama de mentiroso, la gente te excluye, te mira mal, te desprecia y te señala, “a ese no le creas nada, que no dice más que mentiras”, lo sé, es un riesgo que tengo correr. Aunque también se dice, que las mentiras, mientras no hagan daño ni perjudiquen a nadie, son tolerables, se admiten, y aunque no sea “políticamente correcto”,  te las perdonan, “el pobre, lo hace sin mala intención, es que él es así, no lo puede evitar, pero   daño no le hace a nadie”.
     A estas alturas de mi vida, después de estar militando tantos siglos en la discreción, no me importa mucho ser juzgado y dilapidado, no por necesidad de notoriedad o de jubileo, es tan sólo por unas enormes, enfermizas si se quiere, ganas de escribir, de poner retazos de mi historia personal en papel, o por lo menos, que se usa mucho ahora, “en la nube”.
    
     Uno de los recuerdos que siempre he querido contar de mi ñoña vida, fue la primera y única vez que mi padre me llevó con él a pastorear las cabras. Yo tenía 6 o 7 años, era el pequeño, el último de mis hermanos, ni siquiera tenía nombre aún. No te lo ponían hasta que comenzabas a cambiar la voz y para ello, se basaban en alguna maña que tuvieras, en algún acontecimiento relevante de tu vida o en algún aspecto destacable de tu anatomía. Abajo, en el caboco, el día que el sol se queda quieto, nos reuníamos todas las familias, llevando con nosotros a todos los animales, las cabras, las ovejas, los perros. Los niños jugábamos al palo y a, sin mover los pies del suelo, esquivar piedras. Por su parte, los mayores cantaban y clamaban a los cielos, daban gracias por las cosechas y vertían leche en las cazoletas, era un día propicio. Luego, a la tardecita, cuando la luz del sol inundaba todo el caboco, tu madre te tomaba de la mano y delante de todos, en voz alta, pronunciaba tu nombre.
     Como iba contando, mi padre me hizo señas para que lo acompañara, y al salir de nuestra  cueva, el cogió su lanza y mi madre me dio el zurrón. Abandonamos el barranco y fuera, en el escuchadero, mi padre dio un silbido largo, y de abajo, de la costa, nuestro perro ladró. Hacia allí nos dirigimos, con su lanza me señalaba las distintas plantas que encontrábamos a nuestro paso, me daba sus nombres y me explicaba sus propiedades, arrancaba una hoja de un árbol y me la daba a probar, “mastícala y luego la escupes, es buena para los dientes” me decía, o se quedaba parado en seco y oteaba el mar, “se está quedando, a lo mejor mañana vamos a las lapas”, me sonreía, ya que sabía que a mí me encantaban.
     En una vuelta del camino apareció nuestro perro, a mi padre le sonrío moviendo el rabo y a mí, me dio un lametazo que me lavó la cara. Lo llamábamos “perro”, como lo que era, nunca se nos pasó por la cabeza darle nombre, era un animal. Corriendo cogió el trillo y nos condujo, por el topo hacia abajo, donde las cabras pastaban. Era una manadita de 3 o 4 docenas de cabras, pero mi padre, no sé cómo, con sólo un vistazo, enseguida echó en falta a 2 de ellas, “la mujina vieja y su chiva, la bremeja, seguro que están echadas abajo, en algún cejo del barranco”, le señaló más al perro que a mí. Las cabras tampoco tenían nombre, las diferenciábamos tan sólo por sus colores, nunca hay 2 iguales, algún matiz, por pequeño que sea, las identifica. “Chico, tú quédate aquí y ve tocándolas tranquilo hacia arriba, que coman, pero juntitas”, y los 2 partieron en su busca. Observé como mi padre clavaba el regatón de su lanza unos metros más abajo en la ladera. Dando largos saltos desapareció en el interior del barranco, con el perro siempre detrás de él.
   Era la primera vez que mi padre me llevaba con él a las cabras y ya me dejaba sólo con ellas, esa responsabilidad me supo, me sentí enorme, henchido. Despacito, caminando de lado, las fui rodeando por debajo, mientras, recogía piedrillas sueltas del terreno y me agenciaba un gajo de retama. Las cabras, de entrada, no reconociendo mi olor, apretaron el rabo y pararon las orejas, observándome inquietas. Luego, viendo que no era ningún peligro, siguieron ramoneando entre los tasaigos, los taginastes y las tederas. Tirándoles piedrillas y azuzándolas con la rama, las fui tocando despacito, no parecía una tarea difícil, me sentía como un chico mayor.
   Un poco más arriba, pero apartado del sendero, en una laderita en la solana del barranco, se hallaba un pequeño bosque de dragos. A los niños nos gustaba ir allí, para rebuscar sus semillas entre las hojas secas del suelo, que eran redondas y duras, del color de la miel. Con un punzón de hueso las jurábamos para pasarles un fino cordón de cuero y tejernos un collar. Las cabras estaban tranquilas, ocupadas pellizcando unos renuevos de fayas, que eran como un dulce para ellas, no iba a pasar nada, mi padre y el perro estaban lejos en el fondo del barranco. Sin quitarles el ojo, me fui resbalando por la ladera hasta que llegué a los dragos. Enseguida me puse a escarbar entre las hojas y a recoger semillas, las iba guardando en el zurrón, donde llevaba la comida, un pedazo de queso y unos higos secos.
 
    Entretenido, como un niño que era, perdí la noción del tiempo, había un montón de semillas, era un tesoro para compartir con mis hermanos, que día más divertido nos esperaba. Los dragos estaban todos capados, no como ahora, que los dejan crecer derechos, altos hacia el cielo. En esa época, se podaban desde pequeñitos para que echaran bastantes troncos y ramas, con sus hojas trenzadas se elaboraban sogas largas y resistentes. De esta manera, cada drago era un mundo, podías trepar por él, saltar de una rama a otra, e incluso, pasarte a otro árbol, era otro de nuestros juegos favoritos.
   Ni los vi ni los sentí llegar, sólo oí el bullicio de las cabras espantadas. Corrí ladera arriba pensando “mi padre me mata” y al llegar arriba, sobre el topo, allí estaban. Cubrían sus cuerpos con unas ropas donde brillaba el sol y en sus rostros, todos cubiertos de pelo, solo se apreciaban los ojos inyectados en sangre. En las manos sostenían unos palos donde también se reflejaba el sol y con ellos estaban acuchillando y matando a nuestras cabras. De arriba, de las cuevas, salía mucho humo y se oían los gritos de mi familia. Uno de ellos, grande y gordo como una cochina preñada, me vio y riendo corrió hacia mí. Volé ladera abajo y me interné de nuevo entre los dragos, trepé por uno de ellos y me escondí tras su follaje. Abajo, la cochina preñada, rodeaba el árbol, buscándome con su mirada. Dio unos gritos en una lengua extraña y al momento llegó otro, tan preñado como el primero. Riendo a carcajadas, con sus palos brillantes, comenzaron a golpear los troncos del drago. Con dos tajos certeros, de un lado y del otro, cayó la primera rama y sin dejar de reírse vi como tumbaban otra. Trepé como pude hasta el otro extremo del drago y de un salto intenté brincar hacia otro árbol, pero con tan mala suerte, que se me cayó el zurrón al suelo y me delató. Ya por entonces, se habían reunido alrededor del bosquecillo de dragos, media docena de aquellos hombres peludos que reían y daban grandes voces en su grotesca lengua. Vi, como uno de ellos, juntaba un puñado de hojas secas del suelo y las amontonaba en el interior del drago, y a otro, no sé cómo, prenderle fuego de inmediato. El humo comenzó rápidamente a ascender entre las ramas y en un intento desesperado por huir, resbalé y caí al suelo como una fruta madura. Cuando fui a levantarme para correr, una patada en la cabeza me hundió en un profundo sueño.
   Soñé con las cabras, con la mujina y la bremeja, y con el perro que las perseguía y las aculaba en una veta estrecha sobre los riscos del mar. El perro las mordía y las empujaba, los tres cayeron abajo, sobre las crestas de las olas que batían los acantilados. Vi a mi padre, ajeno de todo, sentado tranquilamente en el callao. Corrí hacia él, gritándole, advirtiéndolo, “padre, las cabras, el perro”, pero no me oía, no se movía de su asiento. Cuando llegué junto a él, una ola enorme lo arrastró de la orilla, su lanza rota sobresalía del agua con el regatón enterrado profundamente en su pecho.
   Desperté zarandeado, me dolía mucho la cabeza, no podía abrir un ojo. Tenía atadas las manos y la cochina preñada me cargaba como un odre sobre su hombro. Intenté zafarme de él y caí al suelo, volví a oír sus carcajadas y a sentir de nuevo su patada en mi cuerpo, esta vez en la espalda. Me cogió por los pelos y me puso de pie, me escupió en su extraña lengua y me arrastró. Con un solo ojo, pude ver cómo me pasaba una soga por el cuello y entre mis manos atadas. Delante de mí, atados a la misma soga, iban mis hermanos y más parientes de mi familia, no estaban ni madre ni padre, me recordó a un collar de semillas de drago.
   No sé cuánto tiempo caminamos, cuantos barrancos cruzamos, sólo recuerdo que andábamos hacia el sol y que, cuando éste se marchó al otro mundo, seguimos andando toda la noche alumbrados por su hermana. Estaba muy cansado y tenía muchísima sed y un fuerte latido sobre mi ojo cerrado. Si alguno de nosotros se paraba para descansar o tomar resuello, nos golpeaban y apretaban el nudo que rodeaba nuestro cuello. Amaneciendo el día la vimos por primera vez, una choza grande, enorme, flotando sobre el mar. La cochina preñada me la señaló y me habló de nuevo en su desagradable lengua. Nos hicieron descender por una ladera de tabaibas y cardones, hasta llegar a una gran playa de callaos y arena negra. Allí nos esperaban otros de su raza, sujetando un tronco grande y ahuecado, que también flotaba en la orilla. A golpes y empujones, sin tan siquiera sacarnos la soga, nos botaron y nos amontonaron en el fondo del tronco. Varios de ellos subieron al tronco y con unos palos grandes que hundían en el mar nos llevaron junto a la gran choza. Allí, uno a uno, a mí el primero, nos fueron retirando la soga del cuello y ayudados por otros que estaban encima, nos fueron subiendo sobre aquella increíble morada que se mecía sobre el mar.
   Mientras subían a los demás, pude, por última vez en mi vida, contemplar la tierra donde nací, las verdes montañas que se elevaban al cielo y los profundos barrancos que la surcaban. Grité, con las pocas fuerzas que me quedaban, llamando a madre, llamando a padre, nadie contestó, aunque me pareció, que en la lejanía, el perro aulló. De nuevo, a golpes y empujones, nos llevaron abajo, a una cueva grande y oscura donde había muchos más de nuestro pueblo.
   Tampoco sé cuánto tiempo nos tuvieron en aquella cueva, amarrados a unos palos que tenían clavados en sus paredes. De vez en cuando nos daban algo de agua y una comida horrible, que el primer día no comí, pero que después ansiaba su llegada. Algunos, unos cuantos, murieron en aquella caverna y cuando el hedor era insoportable, nuestros captores se los llevaban y no volvíamos a saber de ellos, aunque el chapoteo que oíamos a continuación, nos indicaba cual era su destino.
   Cuando ya pensábamos que íbamos a morir todos en aquella cueva, vinieron varias cochinas preñadas y nos sacaron ciegos a la luz del día. La gran choza estaba parada a la entrada de un poblado enorme, moradas y moradas de todos los tamaños y formas llenaban aquel valle. Nos bajaron, nos volvieron a formar como el collar de semillas de drago y nos condujeron hasta un gran llano en el centro de aquel territorio.
   Enseguida, aquella llanada, se llenó de gentes con absurdas vestiduras de todo tipo de colores. Se paseaban entre nosotros, observándonos detenidamente y palpando nuestros cuerpos. Un hombre de cabellera blanca y una mujer con la cara tan pálida como no había visto nunca, se acercaron hasta mí, me manosearon y hasta miraron en el interior de mi boca. El hombre y la cochina preñada comenzaron hablar y gritarse en su extraña lengua, realizaban fuertes ademanes con sus brazos, pensé que iban a fajarse. Al final, el cabellera blanca entregó un pequeñito zurrón a la cochina preñada y éste me desató del collar.
   Cabellera blanca y Cara pálida me apartaron de los míos y me subieron a una pequeña choza de madera, que andaba arrastrada por un animal más grande que 2 cabras juntas. Me llevaron a su morada, una cueva grande con muchas más cuevas pequeñas en su interior. Me entraron a una de ellas, donde tenían a un hombre clavado en alto sobre dos palos y me acercaron hasta una pequeña charca que había sobre una piedra. Allí, otra cochina preñada, toda vestida de negro, me inclinó la cabeza y con una gran lapa, vertió agua sobre mi frente. Luego, tomándome por la barbilla, me miró a los ojos y habló delante de todos, “Siendo hoy, día del Señor, 28 de mayo, te llamaremos Germán”.

                                                                                                                          
    
     
           


domingo, 12 de febrero de 2017


XV
Octubre de 1804
Catedral de Santa Ana.
Las Palmas de Gran Canaria

   Don Domingo se excusó y declinó el ofrecimiento de su madre para dormir en la habitación del portón de San Nicolás, y ante la invitación del franciscano a pernoctar en el convento de San Francisco, improvisó sobre la marcha.
   - Os agradezco a los dos vuestra hospitalidad, pero Don Manuel, nuestro querido Obispo, me ha ofrecido una habitación en el Episcopado – mintió – Es más, me espera para cenar y tratar alguno de los temas de máxima urgencia, que me han traído a la isla – volvió a mentir.
   - Quien lo iba a decir, mi hijo cenando en un palacio – lo celebró Doña Dolores dirigiéndose al fraile – Cuanta razón llevaba usted, Padre Agustín, cuando me decía, que al chico se le veían maneras. Lo más seguro, el señor Obispo le ofrece una iglesia más grande. ¡Ay mi niño! Yo ya te veo dando misa en la mismísima Catedral.
   - No apuremos acontecimientos, Doña Dolores – bajó el listón el franciscano – Seguramente, primero, lo destinará a una parroquia de más señorío que esa de San Amaro, pero, en eso estoy con usted, a Domingo le espera un gran porvenir en nuestra Santa Madre Iglesia.
  Bajando la cuesta de San Nicolás, Don Domingo no sabía que le dolía más, si los rimbombantes augurios de su madre y el acólito, o el falsete que representaban, tratándose de usted, aparentando decencia donde no había sino pecado y lujuria.
   Irene, la bella Irene, la imagen de la joven puntagordera le bebía el alma. ¡Dios! No se la podía quitar de la cabeza. A punto estuvo de regresar sobre sus pasos, para preguntarle al Padre Agustín de donde sacaba las fuerzas para sentirse digno ante los ojos del Señor, para llevar aquella doble moral, que debía saber a buen seguro, lo llevaría a lo más profundo de las ciénagas del infierno.
   - Seguramente compensa – le atisbaba el lado oscuro de su alma.

   Don Domingo encaminó sus pasos hacia el Seminario de Vegueta, su antiguo hogar, no tenía otro lugar donde ir. Cruzando el maltrecho puente del Guiniguada, que enlazaba los barrios de Triana y Vegueta, enseguida llegó a la plaza de Santa Ana. A su derecha, el Palacio Epíscopal, donde había pasado parte de la mañana, a su izquierda, la inacabada y siempre en obras Catedral.
   Recordó, que pronto se cumpliría el primer aniversario de sus votos. A la memoria le vino su imagen, tendido sobre las frías losas de la catedral, los brazos abiertos en cruz, sus sueños de hidalguías. Aún no había pasado un año, pero a él le parecía una eternidad, más, muchísimo más, aquellos eran recuerdos de otra vida, de otra persona donde no se reconocía. En verdad, San Amaro y su gente, lo habían cambiado por completo.
   Ya comenzaba a oscurecer, pronto servirían la cena en el Seminario y cerrarían sus puertas, pero seguramente, no tendría otra oportunidad de pedir perdón, de excusar su soberbia, de hacerse digno del Señor. Dirigió sus pasos a la catedral pero encontró cerrada la puerta de la fachada principal. Con anhelo comenzó a rodearla, hasta que halló abierta la Capilla del Sagrario. Por allí se introdujo con el sigilo de un profanador, caminando en penumbras, una vela aquí, otra más allá, esquivando figuras de santos que esperaban ser colocadas en sus nichos, sorteando andamios y bancadas mal dispuestas.
   Por fin, llegó a la nave principal con sus seis columnas, representadas por figuras de palmeras, que sostenían la bóveda. Tras una de ellas corrió a esconderse, cuando oyó pasos y vió, con la poca luz que aún entraba por las vidrieras, la figura de un eclesiástico que abandonaba el santuario. Quería estar solo, solo con su Señor Jesucristo, sin que nadie mediara o escuchase lo que tenía que contarle.
   Estaba cansado, harto de buscar un confesor. Todas las veces que lo había intentado, algo o alguien, lo habían truncado. Apoyado en la columna, se puso a repasar mentalmente los posibles confesores que había encontrado en su camino. Desde el taimado y orondo Don Manuel, allá en La Candelaria de Tijarafe, hasta el apócrifo franciscano Agustín Santana; desde el lacayo Don Antonio, párroco de San Miguel de Tazacorte y confesor de Los Sotomayor, hasta el lujurioso y cortesano Obispo Verdugo, no había encontrado nadie a quien contar sus cuitas, a quien abrir su alma pecadora para pedir confesión.
   - No, no te mientas Domingo – el mismo se reprendió – Don Ángel, el cura de Las Angustias, el colmenero, te mostró toda su bondad y se ofreció como confesor, y tú, no una, sino dos veces, rehusaste. Es más, a la vuelta de Tazacorte, con los niños ya vacunados, oraste al cielo para no volver a encontrarlo en el barranco. Más aún, al pasar junto a la ermita de Las Angustias, les pediste a los niños que guardaran silencio, con la ridícula excusa, de no perturbar ni quebrar la paz que se respiraba en torno aquel sagrado santuario. Recuerdas perfectamente, como tu gran amigo, Gonzalo Soldado, te miró de arriba abajo y después arrugó el beso, y como en un aparte, Mario Sacristán, te preguntó por lo bajo.
   - Usté me perdone, Don Domingo, pero ¿A cuenta de que tanto acallo?
   - Tú no ves, alma de Dios, que si Don Gonzalo se encuentra de nuevo con El Pardelo, se enredan a echar cuentos de marineros y no llegamos hoy a Puntagorda – le mentiste y volviste a pecar.
   Eran ya tantos los pecados que acumulaba en su bagaje el curita de San Amaro, que se dejó resbalar por la columna hasta el suelo, totalmente abatido y desilusionado de si mismo. La oscuridad se apoderó del interior de la catedral, tan solo alguna lamparilla de aceite y las velas que iluminaban el altar ofrecían un resquicio de luz, allá, junto al Señor. 
   Hacia allí arrastró sus pasos y al pie de las escalinatas del altar se humilló, de nuevo extendió su cuerpo con los brazos abiertos sobre las frías losetas, y oró y lloró y pidió perdón por todos los pecados que había cometido. Ya no soñaba con hidalguías ni despreciaba al campesino, ya no codiciaba los ropajes lustrosos con ribetes de oro ni los mocasines hebillados de tafetán. Ahora, su único anhelo era paliar el hambre de su pueblo y para ello, se había desplazado hasta la ciudad de Las Palmas y se había humillado ante su Obispo. Cierto sabía, que con esa acción se estaba abriendo las puertas del Cielo, pero también, cierto sabía, que el pecado de la carne se las cerraría. Aquella mujer había hechizado su corazón, aquella campesina con sus rizos de miel, sus ojos aguamarina, su rostro angelical, su festivo carácter, quebrantaba sus principios y avasallaba su conciencia. Irene, la bella Irene, la viva imagen de La Madre del Señor, con leguas de mar por medio, seguía siendo un espejismo que buscaba cualquier resquicio de su alma, para aferrarse en su memoria y enredarse en sus entrañas.

   Llevaba dos días de viaje, había escalado hasta las cumbres de La Palma y descendido los montes de Las Breñas, un día y una noche entera había navegado sobre el mar océano y a su llegada a la Ciudad de Las Palmas, había visitado al Obispo en su Palacio y a su madre en el portón, y ahora, evidenciando totalmente su pecado, soñando con Irene en la mismísima casa del Señor, el curita de San Amaro se durmió sobre las escalinatas del altar.
  
   Así lo encontró, cerca del amanecer, el portero de La Catedral, el arcediano que se acercó al altar para preparar la misa de maitines, ovillado en su sotana, encogido sobre las gradas del trono del señor.
   - ¡Por todos los santos del cielo! – exclamó perplejo el portero, arreándole una patada en los tobillos – ¡Despertad! ¿Qué hacéis aquí? ¿Vos quién sois? Esto es inconcebible, esto es un sacrilegio. ¡Levantaos! Por el amor de Dios, esto es, como mínimo, indecoroso, un siervo que viste las ropas eclesiásticas, durmiendo a pierna suelta bajo la tribuna del Señor, ¡Fariseo! ¡Mercader! ¡Hereje!
   Don Domingo despertó bajo aquella retahíla de improperios sin saber donde se encontraba. Se incorporó como pudo sobre un codo y, levantando la vista, primero contempló la bóveda de la catedral y después la cara desencajada de aquel hombre que seguía desgañitándose y urgiéndole que se levantara.
   - Perdonadme, no tengo excusa – se cercioró donde se encontraba y lo que había sucedido – No se que me ha pasado, he debido quedarme dormido mientras rezaba. No sabéis cuanto lo lamento.
   - Decidme quien sois, dadme vuestro nombre – lo interpeló el acólito – Esto no puede quedar así, tendré que denunciaros y espero que sea bastante grave la amonestación que os impongan.
   - Domingo José García Palacios – se humilló el curita, sentándose sobre el escalón, sin atreverse todavía a levantarse – Párroco y Beneficiado de San Amaro en Puntagorda, una pequeña e insignificante parroquia en el norte de La Palma. Antes, en otra vida, me hubiese presentado como Don Domingo José García De Los Palacios, me hubiese erguido ante vos, soberbio y beligerante, ahora, ya no, nunca más. Esta noche, antes de caer rendido y exhausto, de nuevo os pido perdón, se que no tengo excusa, he platicado largamente con Nuestro Señor Jesucristo. Le he confesado mis cuitas y mis pecados pero también, le he dado memoria de mis anhelos y de mis esperanzas. Le he contado el hambre y la miseria que padecen mi pueblo, le he rememorado de las injusticias cometidas delante de mis ojos por aquellos que se sientan en las primeras bancadas de mi iglesia, un domingo sí y otro también…
   - Esperad, esperad – le pidió el capellán, ahora más sereno – no creo que sea este asiento, las escalinatas del altar, el lugar ideal para lo que, sin daros cuenta, pretendéis. Estáis mostrándome un claro propósito de confesión. Pero vayamos por parte, querido Don Domingo, permitídme, primeramente presentarme. Mi nombre es, completo, sin ambigüedad alguna, Don Francisco de La Peña Montesdeoca y Ascanio, con la preposición de y la y griega, perfectamente incrustadas desde los tiempos de la conquista en los respectivos linajes de mi familia, de lo cual, por supuesto, me siento muy orgulloso. Aclarado esto, la gramática de nuestros nombres, volvamos al asunto que nos ocupa. No se si en vuestra miserable parroquia, palabras vuestras, tenéis la costumbre de realizar el acto de confesión en cualquier dependencia o rincón de vuestra fábrica, ya sea la razón no disponer de confesionario, ya sea porque no estimáis necesario cumplir con las reglas y formalidades que ordena Nuestra Santa Madre Iglesia, como acabo de comprobar, viéndoos yacer a vuestras anchas en estos sagrados zócalos. Pero, por ahora, dejemos estas banales preguntas y cualesquieras que sean vuestras respuestas en suspenso celestial y, por favor, ayudadme a preparar las liturgias para celebrar la misa. Después, si os parece bien, asistiréis a ella, y a su conclusión, por supuesto antes de comulgar, os dirigiréis al confesionario donde os estaré gustosamente esperando, para que podáis realizar, dignamente, un examen de conciencia y contricción de vuestros pecados, manifestar vuestro propósito de enmienda y, si en mis manos está, meditar vuestra penitencia.
   Don Domingo tenía la cabeza llena de réplicas y respuestas para tan apabullante discurso, pero ahora, decidió humillarse, ponerse en pie y cumplir todas las exigencias que Don Francisco de La Peña le había impuesto.
   La luz del día comenzaba a filtrarse por las vidrieras de La Catedral mientras Don Francisco desarrollaba la liturgia. Algunos feligreses estaban repartidos por las bancadas y se levantaban, sentaban o arrodillaban según se iban sucediendo los capítulos de la misa, pero Don Domingo permaneció arrodillado en la primera fila durante toda la misa. En su interior, su alma se debatía, había rehuido la confesión ante varios sacerdotes con diferentes pretextos, ésta no tenía por qué ser una excepción, al terminar la misa podía levantarse y huir, o presentar la excusa cierta que el Señor Obispo lo esperaba en su palacio, para dirigirse con él a su hacienda de La Higuera Canaria. Por otro lado, también intentaba hacerse una idea de la clase de sacerdote que era Don Francisco de La Peña. Claramente provenía de una familia de realengo, lo cual, a estas alturas de sus experiencias, le repelía. Pero, por otra parte, su discurso directo y estricto sobre las reglas y las conductas dictadas por La Santa Madre Iglesia, que tan profundamente le habían inculcado en El Seminario de Vegueta, lo atenazaban y obligaban a cumplir sus votos y además, Francisco de La Peña, estaba dedicándole su sermón.
   -  “A quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados y a quienes no se los perdonen les quedan sin perdonar”, estas palabras se las dijo Jesucristo a sus Apóstoles el mismo día de su Resurrección. Se las estaba diciendo a los primeros Sacerdotes y también a los que vinieran después de ellos. Les estaba diciendo que cuando pronunciaran las palabras del perdón a cada pecador arrepentido, El ratificaría ese perdón en el Cielo, porque anteriormente les había dicho también: “Lo que aten en la tierra quedará atado en el Cielo y lo que desaten en la tierra quedará desatado en el Cielo”. ¿Por qué cuestionar la forma como Dios dispuso las cosas para nuestro bien? ¿Qué pretendemos? ¿Que se nos perdone sin informar lo que deseamos nos sea perdonado? Dios hubiera podido escoger muchas otras maneras para perdonarnos. Podría haber escogido maneras más difíciles o desagradables. Pero escogió ésta: escogió dejarnos el Sacramento de la Penitencia o Confesión. Dios, que es infinitamente sabio y misericordioso, sabía que necesitaríamos de la catarsis que significa el poder dejar por completo la culpa en el Confesionario. Al decir los pecados al Sacerdote y oír las palabras del perdón, nuestra alma no sólo queda blanqueada de los pecados cometidos, sino liviana por ya no tener que cargar con el peso de la culpa.
  
   Don Domingo, aún sin tenerlas todas consigo, se dirigió a la cabina de madera que constituía el confesionario, se arrodilló junto a una de las celosías y se apercibió como descorrían una cortinilla en el interior.
   - “Ave María Purísima” – escuchó Don Domingo pronunciar a Don Francisco el comienzo del acto de confesión.
   - Sin pecado concebida – respondió con un hilo de voz el curita de San Amaro – Bendígame padre porque he pecado. Cerca de un año hace que no confieso. La última vez fue aquí mismo, a principios de diciembre del pasado año, cuando me fueron concedidos los votos del sacerdocio.
   Ahora percibió claramente como Don Francisco De La Peña se revolvía en su asiento y exhalaba un largo suspiro.
   - Continuad – fue, sin embargo, la única palabra que oyó pronunciar detrás de la celosía.
   En el seminario, por supuesto, le habían enseñado los pasos básicos del acto de confesión y Don Domingo los rescató de su memoria:
   Entrad al confesionario y confesad todos los pecados desde vuestra última confesión, no es necesario ilustraros con detalles de lo ocurrido, tan solo confesad vuestros propios pecados y no oséis mentar los ajenos. Así de sencillas eran las reglas que tenía que cumplir y también inculcar a los fieles de su parroquia.
   Si ellos pudieran oir la confesión de cualquier miembro de su parroquia de Puntagorda, recordó Don Domingo, seguro que pondrían el grito en el cielo y se escandalizarían.
 
    - “Ave María Purísima” – seco y solemne comenzó Don Domingo la primera confesión que realizó en su nueva parroquia, al siguiente domingo de la festividad de San Amaro Bendito.
   - Sin pecao concebía – oyó pronunciar a Mercedes “La Antigua”, tras las cortinas trilladas que le servían de confesionario, junto a la pila del agua bendita – a yo no sé   que tiempo jace que no me aconfieso, culpa mía no é, faltaría más, que quié usté que le diga que lo tié que sabé mejó que naidie, si no jai cura pos una no se pué confesá, eneso me tié usté que dá toa la justicia. Los jai que adicen, que a falta cura sirve sacristán, pero a que quié usté que le diga, a mi pareceme, cosas mías serán, que Mario, yo no adigo que sea mala gente, válgame Dios, pero pá estos menesteres, pos como que no, ya el desdichao tié bastante con lo que tié como pá í una a molesá a naidie, a no sé si usté me entiende…
   - ¡Está bien! ¡Está bien! Cálmate, hija mía, te he entendido perfectamente – intentó el bizoño curita cortar de raíz aquella retahíla – Y ahora, por favor, continuad. Si tenéis algún pecado que confesar, aprovechad la ocasión que os brinda este sagrado sacramento.
   - Pos mire usté, ansina de pronto, que me enrecuerde yo ahorita mismo, pos el mismito día en que usté llegara, gueno, el mismito día pero antes que usté llegara, porque si yo no recuerdo mal, usté, cuando llegara, era ya noche fechá, pero, a que se yo, allá media mañana, acasi mediodía, que astaba yo terminando barré el patio liglesia, a porque yo ensabía qui usté iba a enllegá, que me lo soño San Amaro Bindito esa mismita noche, vío subí parriba, por el trillo qui sale dil barranco, no por el qui usté vino, sino por el otro más encimita, por el que li dicen de los pasitos, por casa Carmela y Mario Sacristán pafuera, vinían dos dese Pinar, una que llaman Leocadia la del portugués, porqui su papá es nacío en La Ziudá, y a que viven en unas cuevas pa donde le dicen Jerreño y otra que…
   - ¡Señora mía! – explotó Don Domingo sin poder aguantar más aquel rosario - ¡Por favor! Ciñase usted a confesar sucintamente sus pecados. Hay más feligreses esperando para ejercer este sagrado sacramento y a este paso no acabaremos nunca.
   - ¡Iesús! Acuanto apuro – se desconcertó “La Antigua” – Asino le jago el cuento completo, ¿a cómo va usté entendé mi pecao? Nos que ayó no lo quiera reconocé, asino pa que usté mientienda…
   - Por favor – la volvió a interrumpir Don Domingo, esta vez conteniéndose y apenas susurrando – Dígame en cuatro palabras el pecado que usted cree haber cometido y luego, con la ayuda del Señor, decidiremos si necesitamos más detalles para su absolución. Cuatro palabras, ni una más.
   Mercedes “La Antigua” rumió un largo silencio. La síntesis no era, ni mucho menos, una de sus cualidades, ni la de ningún puntagordero, como comprobaría en adelante el curita de San Amaro en su estancia en Puntagorda.
   - Me cogí un puñao higosecos – sollozó “La Antigua”.
   - ¡Válgame Dios! – suspiró para sus adentros Don Domingo – Bien. ¿Véis que fácil ha sido vuestra confesión? Rezad un Padre Nuestro y un Ave María por cada higo sustraído. Id con Dios. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
   - Amén – contestó “La Antigua”.
   Tiempo después, pasaron meses, el curita de San Amaro se encontró un día a solas con “La Antigua”, que andaba en sus afanosos quehaceres de barrer y adecentar los alrededores de la ermita. No supo como ni porque, voluntades de San Amaro seguramente, le vino a la memoria aquella primera confesión que realizó en su bendita iglesia. También, con el pasar del tiempo, de los meses conviviendo con aquellas gentes, aprendiendo a entenderlos para pode amarlos, recordó una de las máximas de aquel pueblo: “Para hacer el cuento bien hecho, hay que hacer el cuento completo”.
   Levantó la cabeza al cielo y comprobó que aún no era mediodía, se persignó, asumiendo lo que le esperaba y llamó a “La Antigua”.
   - Mercedes, hágame usted el favor – le hizo señas para que lo acompañara al interior del templo.
   - Enseguidita, Don Domingo, adéjeme usté que entermine ricogé estas fullarascas. No ve usté que el tiempo está de brisa y anoche estuvo toa la noche el viento ruque que ruque.
   El curita de San Amaro se armó de paciencia y penetró en las sombras de la ermita, se acomodó en una de las bancadas y suspiró ante la atenta mirada del Santo Patrón.
   - Con su permiso, Don Domingo – se arrodilló y se persignó en la frente y en el pecho varias veces “La Antigua” y corrió a besarle la mano – Usté mande Don Domingo.
   - Toma asiento hija mía. Me gustaría que me contases una cosa que me anda tiempo dando vueltas en la cabeza… - comenzó titubeante el joven sacerdote.
   - Ah, ya sé lo qui usté quié sabé – lo atajó la zahorí – Asperando lo estaba, sabía yo que ese runrún de la cabeza no se le iba a dí. Usté quié sabé acomo y aporqué, ¡Bindito San Amaro!, me robé el puñao higosecos.
   Al curita de San Amaro le bajaron dos gotas de sudor frío por las sienes, aquella mujer, toda de negro de los pies a la cabeza, siempre le había producido pavor.
   - Pues bien – como pudo se recompuso de la sorpresa que no esperaba – Adelante, cuentáme – más no pudo añadir.
   - La jambre siempre ha vivío en casa, Don Domingo - comenzó Mercedes “La Antigua” su relato, atravesando con su mirada negra de ojos negros el semblante del curita – De tos mis acuerdos, de niña, con mamá y papá qui en paz descansen, endispués cuando me casé con Antonio “El Rubio”, qui también en paz descanse. Y ahora, que avivo en esas cuevas del barranco con mi chica la Irene, asiempre hemos pasao jambre, usté que va sabé. Pero ansina es la vida que nos ha tocao viví y ansina lo ha querío nuestra santísima madre, la Virgen María, ella, sus razones tendrá. Con un agua hojas naranjera y una cuchará gofio enllevaba yo tol santo día, quel mendongo no paraba de protestá, cuando ví salí por el barranco Sanamaro pafuera, aquellas dos que dese Pinar vinían. Una, la Leocadia la portuguesa, que ya le nombrara, llevaba sobre la cabeza un costalito, a yo, enese momento a no se de qué, y la otra que llaman Carmen Nieves “La Mondizia”, la hija de Juan “Mondicio”, que viven parriba, donde llaman El Rellanito, con una podonita venía ella entretenía desgajiando puntas de brezo, puntas de falla, y hasta algún gajo tierno almendrero, que yo la viera, que endispués si la llamas la atención que anda cogiendo pasto en lo ajeno, la contesta que te da esque “lo que pal trillo entra cogé, hurto no es”. Antonces, va la Mondizia, qui pa eso no tie reparos ni vergüenza, va y tiende la soga a un lao el trillo pa jacé el feje y la Portuguesa se endiscansa la taleguita sobre un morro grande que hay…

   - Don Domingo, ¡Por Dios! – lo sacó de sus memorias Don Francisco - ¿Pensáis o no confesar vuestros pecados?
   - Perdonadme, Don Francisco, – se sobresaltó el curita de San Amaro – estaba distraído recordando…
   - Por favor, ¡Confesaros! – le interrumpió Don Francisco, tras la celosía, con voz autoritaria y tono enojado.
   Don Domingo suspiró y exhaló todo el aire de su agotado cuerpo. Estaba cansado y hastiado de tanta penitencia, él había viajado a Gran Canaria por otros menesteres. Su pueblo, sus amados, estaban pasando hambre, ya habría tiempo de alivianar su alma.

  - Excusadme, lo siento mucho, pero no puedo hacer esperar al Señor Obispo – se incorporó, corrió a persignarse ante el altar y abandonó, por la puerta principal, la catedral de Santa Ana. 

Continuará      

domingo, 20 de julio de 2014



XIV
Octubre de 1804
La Traviesa. Puntagorda


   Mientras Don Domingo proseguía con su estancia y sus negocios en la Gran Canaria, Puntagorda se preparaba para la entrada del invierno. Las cavañuelas del veinte y nueve de septiembre, día de San Miguel, según algunos, no habían sido favorables y vaticinaban un año de pocas lluvias por esta parte oeste de la isla.
   - Los tiempos san rodao tos pa esas Breñas, ya verá usté, siacaso algún sereno pa esos días de San Martín – le pronosticaba, agorero, Mario Sacristán a Gonzalo Soldado, que ya había vuelto de su viaje al puerto de La Ciudad, acompañando al curita de San Amaro.
   - Bueno, ya se verá. De Don Pedro vengo yo ahorita, y allí, Doña Pola, usté la debe conocé, ques más vieja que Matasulén y esa nunca falla, adice que el tiempo sa quedao allí delantito mismo, que este año, agua a espuertas.
   - Ah bueno, usté me va a perdoná Don Gonzalo, pero Garafía es otro cantar. Pa ese lao asiempre llueve, sí o sí. No ve usté que tanto verde siempre llama, nube que pasa, jarro agua – se justificaba el sacristán.
   Fuera como fuese, creyeras que llovería mucho, poco o nada, todo el mundo se afanaba en labrar las tierras de pan sembrar, recoger todo el pajón para los pajeros y encerrar todo el mosto posible. Ya las rosas de la costa estaban vendimiadas y ahora, era el momento de comenzar a vendimiar el monte. 
  
    - Mamá, a que mandara Don Antonio, que mañana entempranito, cojamos parriba, pa La Cruz La Traviesa – se dirigió Irene a Mercedes La Antigua, que andaba entretenida pelando las raíces de unos helechos junto a la puerta de la cueva.
   - ¿Y por a quién te mandara recao, si yo no ta visto salí del barranco en tol santo día? Que a tu, con sujetá las cabras pa que no vayan pa lo ajeno, tas echao tol día y no  jecho más ná.
   - ¿Y que quié si me se olvidara? Me lo dijeran ayé, Juanito y Luisito, los nietos El Guincho. Sa me aparecieran esos dos estoperos por arribita el Pino La Virgen, adonde usté me mandara a juntá una barcina piñas, ¡Fuerte susto me dieran esos chicos! No ve que yo estaba agachá, juntando piñas, y no los vi llegá. Amás, los condenaos lo hicieran adrede pa jacerme rabiá, me llegaran por atrás, callaitos como misos, y se pusieran a la patá con la barcina hasta que me la desbarataran. Trinqué a uno de una oreja que casito sa la arranco, no saben esos a quién se ponen a jurgá. Endispués, cuando se amansaran, va y me dice uno, no se acual, que yo siempre los rebujo y no se a quien es Juan y a quien es Luis, igual de zarandajas son los dos. Va y me larga: “En busca tuya andábamos, Antigüita”. Qui a usté la llamen La Antigua, cosas suyas seran, pero a mi me se enciende la sangre ca vez que me llaman desa manera, ansina que lo volví a cogé de la mismita oreja y le dije: “¿A cómo dijeras tú que me llamo yo?”, “Pos si eres hija La Antigua, Antigüita te tiés que llamá”, me porfió otra vez y yo le volví a repetí, dándole tortól a la oreja, “¿A cómo dijeras tú que me llamo yo?”. Antonces el singuango aflojó: “Irenita, Irenita”, me dijera bebiéndose los mocos.
   - Mía que tamién eres tú abusona, avasallá ansina así a unos chicos chicos. Ya verás, y si no acuérdate, que cuando puean ti la devuelven. Yo a que tú – le aconsejó la madre – los intentaba enamorá, porque a ná que te trinquen por debajo, la descarga pencas no hay quien te la quite.

    La Cruz de La Traviesa era una crucecita de tea, colocada en un pequeño altar sobre la pared del camino, a la que nunca faltaban flores y penitencias por parte de los viajeros. Allí, a modo de encrucijada, se encontraba el Camino de La Rosa, que buscaba verticalmente las cumbres de Puntagorda, con el Camino de La Traviesa, que transitaba horizontalmente hacia Garafía, al norte, o hacia Tijarafe, al sur. Las tierras aledañas eran terrenos ganados al pinar a fuerza de hacha, para después ser roturados y sembrados de viña y árboles frutales.
   Allí, Los Morentes, con Don Antonio como cabeza visible, poseían una rosa de viña, de las mayores y más productivas del pueblo, más de medio cahiche escalonado de terrazas que ocupaban todo un lomo. La mayor parte de las cepas eran de negramol, pero también habían parras de prieto y de mucheco y en uva blanca, destacaban el albillo y el listán. Mirando para Garafía y donde el lomo se allanaba,  estaba levantada la bodega, un pajero de paredes de piedra y techado a dos aguas, donde, por un ventanuco que miraba hacia Tinizara, asomaba la imponente viga del lagar. Hacia el mar, se abrían dos puertas. Por una se accedía a la bodega, donde descansando sobre dos fuertes palos de tea, estaban alineadas una docena de pipas. Éstas, estaban construidas, tanto las duelas como las tapas, con madera de tea y era ésta la razón por la que los vinos de la comarca, envejecidos en esta madera, tenían un intenso aroma y un típico sabor a resina. Por la otra puerta, se entraba al cuarto del lagar. Éste, también construido en tea, consistía primeramente en un gran recipiente rectangular donde se confiaban las uvas a la fermentación, para después de tres días, ser pisadas y prensadas. A su vera y debajo, la lagareta, recipiente más pequeño, a donde, a través del caño, se vertía el mosto. Luego estaba un ingenio mecánico, compuesto por la viga, el husillo, la palanca y la piedra. Cuando se acababa la pisa, se juntaba todo el bagazo y rodeado de una gruesa soga se hacía el queso. Luego se colocaban unos tablones de tea sobre ellos y ayudándose de la palanca, se iba girando el husillo, insertado en la piedra y en la viga, para que esta fuese bajando y prensando el bagazo hasta exprímirle la última gota.   
  
   Los Morentes, acostumbrados a mandar y a ser obedecidos, en la época de la vendimia, juntaban la gallofa de más gente que se podía reunir en Puntagorda.
   - A esta gente no me te pués negá -  le confesaba Juan Pascual, el de Los Mirlos, a Obdulia, su mujer, mientras ésta le remendaba uno de los dos calzoncillos que tenía – A no ves tú, que endispués no te dieran peoná ninguna, no te llaman ni pa escardá el gofio.
   - Yo lo que adigo, es que una cosa es ayudá un día un vecino – torcía el gesto Obdulia, la hija más chica de Clementina Porreto – y otra echá tres días, de sol a sol, sin cobrá un peso. Amás, pa la comía que ti dan, gualdrapas de cabra con chícharos coloraos, una cabrilla gofio y el vino, escaso.
   - Eneso dice usté verdá, el vino, bien escaso y aguachento.

   Don Antonio Morente, como costumbre de buen hacendado, había mandado a su heredero, Antonio Morente hijo, por Don Antonito lo nombraban en el pueblo, a estudiar letras y números a La Ciudad, como se nombraba a la capital Santa Cruz por estas tierras. Y también, pensando en el futuro, para que cogiera aires de señorito y se codeara con los hijos de la burguesía y la aristocracia de la ciudad.
   - Nunca se sabe – le comentaba jocoso a su cuñado, el alcalde Don Manuel Taño -  si el chico tié buena maña, lo mejor preña alguna prenda y me lo casan en la iglesia El Salvador.
   - Si las mañas se heredan – lo aludaba el cuñado – aseguro se coge más de una, porque mira que tú tiés chicos regaos por tos estos lomos.
   - Esas son toas muertajambres. Na más enseñarles una taleguita gofio, se te bajan las pantaletas – le restaba importancia el hacendado - Yo adigo una con apellío, una jembrita linda de esos Sotomayó o desos Vandale. A esas son, las que le tengo dicho les eche el ujito.
   - Compadre, le entiendo – continuaba el cuñado con la lisonja – pero ahora que el chico ha venío pa la casa, no era más malo que le echara alguna varilla a alguna las mozas que vienen pa la vendimia. Pa que digo yo, fuera como cogiendo oficio.  

   Rayando el día, comenzó a llegar la gente al lomo de La Traviesa, y a las puertas de la bodega, Don Antonio, Don Manuel y el chico, Don Antonito, comenzaron a repartir serecas a las mujeres y cestos de carga a los hombres. Dando voces y pleitos, los fueron repartiendo por los distintos bancos de viña en la ladera. La gallofa de Los Morentes, al ser más obligatoria que solidaria, no daba las muestras de chanzas y jolgorio que se manifestaban en otras. Al contrario, aquí, la humillación se dejaba traslucir en el rostro de los hombres y la resignación, en el de las mujeres. Los niños, sin saber nada, de entrada se ponían a jugar, a buscar nidos de pájaros, a levantar piedras atrás de lagartos o a rebuscar almendras entre los pajonazcos, pero pronto se daban cuenta de la diferencia.
   - Porreta, asujeta ese chico, si no quiés le meta un variscazo – la amenazaba el alcalde Don Manuel – Aquí hemos venío a lo que hemos venío. Manda ese gandúl alante tuyo, pa que te vaya abriendo las parras y ujito con dejá ningún bago atrás, que a ti te tengo escolumbrá.
  Aquel día, aunque ya era octubre, el sol estaba piquento como si todavía fuera verano, y a media mañana ya se reflejaban el sudor y el cansancio entre la peonada. Por mucho que los hacendados peliaran y maldijeran, el ritmo del trabajo aflojaba y muchos se buscaban la lengua con cualquier chisme para enderezar la espalda y tomar resuello.
   - Juan Candajo, ¿Ése es el paso que tienes? – lo reprendía Don Manuel.
   - No Siñó, tengo otro más lento entoavía – respondía dignamente el aludido.
   Don Antonio lo observaba todo, sentado debajo de un parral que daba sombra al patio de la bodega. Huraño y retorciéndose los bigotes, maldecía para sus adentros el siglo que le tocó vivir y la gentuza con quién tenía que lidiar.
   - En la época mía, allá en San Andrés, en los ingenios azúcar, teníamos negros y moritos de esa África, que na más verlos aflojá, les dabas látigo y enseguidita se enderezaban – recordaba que le contaba su abuelo, que había sido capataz en la hacienda de los Vandale.
   - Antonito – llamó a su hijo – llevate a Irenita la de La Antigua, a llená un par de pellejos de agua a la fuente de Juanianes, pa vé si estos condenaos, con un buche agua espabilan y quitan un par de bancos más antes de comé.
   El chico, obediente, entró a la bodega en busca de los pellejos y al salir se encontró a su padrino, Don Manuel, que lo sujetó de un brazo y lo volvió a entrar al cuarto donde no los oyera nadie.
   - Deja tú que ella llene los pellejos – le dijo sin soltarlo y con una sonrisa pícara dibujada en el rostro – y aprovecha tú pa vaciá el tuyo.
   - Usté cree, padrino – le contestó el chico, indeciso – dicen ques arisca y medio fiera.
   - Y tú un Morente. Echele güevos y cojones, y si la pues preña, pos mejó. ¿O a que cres tú que te mandara tu padre?
   La fuente de Juanianes, distaba apenas un cuarto de legua del Lomo de La Traviesa y se llegaba a ella por el camino de La Traviesa, abierto en el pinar. Estaba enclavada en un pequeño barranquillo que desembocaba en el gran barranco de Izcagua, el que marcaba el lindero con Garafía. Era de las más abundante en aguas y nadie recordaba haberla visto nunca ciega, ni siquiera en los años más secos. Estaba construida en el cauce del barranquillo, al pie de un gran lajial. Protegida por paredes de piedra y techada con jibrones de tea y lajas superpuestas, se bajaba hasta la charca a través de dos escalones.
   Hacia allí se dirigieron los dos jóvenes, con un odre cada uno. Irene delante, ajena de todo, con aquel desparpajo suyo y como siempre, alegre y festiva. 
   - Señorito Antonito, que callaíto usté, ¿Sa la comío la lengua el gato? – coqueteaba inocente la bella Irene.
   Detrás, el joven Morente, la sangre latiéndole en las sienes, las manos sudorosas, el corazón desbocado, imaginando el futuro inmediato, sopesando las alternativas. ¿La fuerza o las zalamerías? Más bien, una combinación de ambas.
   - La lengua te comiera yo, y si te me pusieras a tiro, te como hasta el corazón – optó por comenzar con arrumacos, para ir preparando el envite.
   - Ay, mamá tú, fuerte jombre jambriento, ¿As que en la ziudá no le dan de comé? – seguía jugueteando ingenua, la bella Irene.
   - Conduto como el que tengo delante, no ha probao yo en mi vida – seguía con el galanteo el señorito.
   - Pos asegún la costumbre el padre suyo, gualdrapas cabra vieja y un peloto gofio es lo que nos aspera pa almorzá – ironizaba la hija de La Antigua – Aunque aseguro que al señorito, le guardan las mollejas y el bichillo.
   - ¿Cuál es el apuro por volvé? – se acercaba cada vez más Don Antonito, ya respirándole junto a la nuca – Si tú quisieras, y yo se que sí, pa cuando llegáramos a la fuente, jartos podíamos estar los dos.
   - Aymería, a que disparates adice usté, señorito – por fin comenzó a recelar la moza  y apretó el paso para distanciarse.
   Don Antonito soltó el odre y corrió tras ella. Se apercibió que de nada servía la estrategia de los requiebros, que a esta potra salvaje había que domarla con espuela y atarla corta para poder herrarla.
   Irene, imaginando lo que se avecinaba, se plantó en medio del camino y se enfrentó a su perseguidor. Con el odre sujeto con una mano, buscó ansiosamente una piedra o un palo en la senda.
   - Astese quieto parao, señorito, que la vamos a tené – lo desafió.
   - Estáte quieta tú, si no quieres sea peor – le espetó Don Antonito, la bragueta a punto de estallar.
   Irene, por más que buscaba, no encontraba ningún arma con que defenderse, y cuando ya estaba a punto de embestirle con el irrisorio pellejo, oyó claramente el tintíneo de guicios que se acercaban en el camino. Miró hacia atrás y vió, como por una de las vueltas que subían de la fuente, asomaban una cabra y una chiva conducidas por un pastor de cabellos rojos incofundibles.
   - ¿De adonde sales tú, condenao de tos los diablos? – lo insultó, sintiéndose la mujer más feliz del mundo.
   - ¿A  yo que ha jecho? De pahí adentro, dese barranco Izcagua venga. Atrás desta cabra paría que me lleva más una semana buscando – la contestó desconcertado el joven Brasita.
   - Pos yo me cago, y que no me oiga mamá, en la madre que te parió, so hijo de la gran puta – no pudo ya contener la rabia y las lagrimas que surcaban su bello rostro.
   Desde su posición, El Brasita no avistaba al señoritingo y totalmente pasmado, no entendía a cuentas de que venía aquel pleito de la mujer que más amaba por encima de todas las cosas.
   - Apero si yo no ta jecho ná – jimoteó dolido – Amás a yo se que mamá mu santa no será, pero no me hagas jablá, que La Antigua, por mu vestía negro que vaya y a no salga las faldas el cura…
   Irene no lo dejó terminar la frase y se abalanzó a sus brazos, apretándose tan fuertemente a él, que lo tiró al suelo y rodaron sobre el pinillo, mientras ella reía y lo zarandeaba y lo castigaba con el ridículo odre.
   El Brasita, atónito con el comportamiento de la joven, se dejaba golpear, gozando, aunque fuese de aquella manera, de la bella y deseada Irene.
   Por su parte, el señorito Don Antonito, con el rabo entre las patas, aprovechó el desconcierto para escabullirse y volverse para la bodega.
   El padre y el padrino, estaban pendientes, con la vista fija en el camino de la fuente. Cuando lo vieron acercarse con la cabeza gacha y arrastrando el paso, el padrino arrugó el beso y el padre, el todopoderoso Morente, se dio la vuelta y se alejó.
    - Mierda chico.  


continuara

jueves, 8 de mayo de 2014


XXIII
Octubre de 1804
Risco de San Nicolás.
Las Palmas de Gran Canaria.
  
    Don Domingo se acordó de su mula Claudina mientras ascendía hacia el Risco de San Nicolás, un lomo estrecho y empinado al norte del barranco de Guiniguada, y que abrigaba a los portentosos barrios de Vegueta y Triana, en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Allí vivía su madre, Doña Dolores Palacio, Loli la viuda, como la conocían los vecinos.
   Loli enviudó bastante joven, cuando Don Domingo apenas tenía dos años, por eso él no recordaba casi nada de su padre, salvo lo que su madre le había contado. Domingo García, que así lo llamaban, había muerto en el mar. Su cuerpo lo hallaron, dos días después de su desaparición, encallado en la playa de La Laja. Por aquel entonces vivían en el marinero barrio de San Cristóbal, donde su padre hacía las milicias en el cercano Castillo, La Torre de San Pedro Mártir. Ésta había sido construida sobre una gran roca dentro del mar, que después fueron revistiendo de argamasa. Decían que fue levantada por un capitán de la conquista, un tal Diego de Melgarejo, allá por el año de mil quinientos setenta y siete, para defenderse de ataques  piratas. Ocupaba poco más de doscientos metros cuadrados y por una escalera interior se ascendía a una pequeña atalaya de un par de metros. Allí, un aburrido soldado vigilaba las entradas y salidas de los numerosos barcos que traficaban en las ensenadas de la ciudad, unos en la caleta de San Telmo, otros más allá, en la rada de Santa Catalina.
   - Tenía la costumbre de entretenerse las guardias engodando un cardume de viejas que venía siempre a comer seba por las mañanas tempranito – le contaba su madre sonriendo los recuerdos – Era raro el día que no llegaba a casa con una cesta de ellas. Las ponía a jarear arriba en la azotea y yo siempre lo peliaba porque me tenía la casa llena moscas. Pero se ve, que aquel día, una ola traicionera o los designios que El Señor dispusiera para él…
   Doña Dolores, llorando su luto, se hizo muy asidua del convento de San Francisco, donde arrastraba con ella a su hijo, de eso sí que se acordaba Don Domingo, día sí, día también, a rezar y venerar a Nuestra Señora de La Soledad, también conocida como La Virgen de La Portería. Allí conocieron al Padre Agustín Santana, monje del franciscano convento, que se apiadó de la viuda y de aquel pobre huérfano. Éste les consiguió aquella habitación barata en un portón de El Risco de San Nicolás y colocó a su madre de mandadera, en casa de una burguesa familia que regentaba una imprenta en la travesía de San Bernardo. Francisco Sánchez, Ediciones y Estampaciones, recordaba Don Domingo que rezaba el cartel. El Padre Agustín también se convirtió desde entonces en su mentor, le enseñó las primeras letras y lo ayudó a preparar el examen de ingreso al Seminario.
 
    Unos niños, descalzos y harapientos, se acercaron corriendo a pedir su bendición, cuando el curita de San Amaro se introdujo en la callejuela donde vivió su infancia.
   - Id con Dios, hijos míos – los bendijo Don Domingo mientras contemplaba el portón tras el cual vivía su madre.
   El Risco de San Nicolas comenzó a habitarse a mediados del siglo XVII. De manera anárquica y sin proyecto urbanístico alguno, se fue tejiendo una red de callejuelas estrechas y caminos empinados, donde era muy fácil perderse sino eras vecino del barrio.
   Cuentan, que por aquella época, la emergente burguesía de Vegueta y Triana, apoyada en una relativa prosperidad económica, se decidió por expandir y ensanchar sus haciendas. Esto trajo consigo la enajenación y el derribo de las casas más humildes y por tanto, el desplazamiento de las clases sociales más desfavorecidas, sirvientes, artesanos, pescadores. Estos, no queriendo abandonar la seguridad que les ofrecían las murallas de la ciudad, que por esta zona llegaban por arriba hasta el Castillo de San Francisco, más conocido como Castillo del Rey, se fueron instalando como pudieron y Dios les ayudó, en las diseminadas cuevas naturales que abundaban por estos riscos. Con el paso del tiempo y sobre todo debido a la emigración rural hacia la ciudad, también se fueron habitando los otros riscos que colgaban sobre la ciudad, San José, San Roque, San Lázaro, San Juan, San Francisco, San Bernardo.
    Después, estas cuevas naturales se fueron ampliando y ensanchando hacia dentro, y en su frente, con todo tipo de materiales, se construyeron pequeñas habitaciones, que luego darían lugar a los conocidos portones.
    Albeado de cal y encajado entre otros similares, el portón donde vivía Doña Dolores, presentaba a la calle una puerta de una sola hoja de madera pintada de verde, que como el resto se encontraba abierta de par en par. Constaba de un patio abierto al cielo, que se utilizaba para tender la ropa y juntar toda clase de enseres, y de una serie de habitaciones donde vivía una familia en cada una de ellas.
   Poco recordaba Don Domingo de estas familias, sobre todo porque se mudaban constantemente y cuando comenzaban a entablar amistad con alguna de ellas, estas desaparecían de la noche a la mañana, siendo ocupada la habitación por unos nuevos inquilinos. También, se reconocía Don Domingo en su fuero interno y como decían en Puntagorda para hacer el cuento completo, su interés por aquellos míseros zarrapastrosos era mínimo. Desde que tuvo uso de razón o por lo menos desde que él recordaba, siempre anheló una vida mejor. Gustaba de arrimarse a los hijos de Don Francisco Sánchez, para quien su madre trabajaba, y como éstos eran mayores que él, heredaba sus buenas ropas y no recordaba haber andado nunca descalzo, ya que también se beneficiaba los zapatos que les iban quedando estrechos.
   Luego, con su entrada al Seminario, aquel mundo de miserias que colgaba sobre la ciudad, quedó totalmente olvidado en la mente de un niño que solo soñaba con noblezas e hidalguías y donde el apellido “De Los Palacios” fue la culminación de su fantasía. Fue muy sencillo, tanto, que ni siquiera fue premeditado. Lo primero que le pidieron el día del examen de ingreso al Seminario, fue que escribiera su nombre y apellidos completo. Junto a él, sentado en aquellos pupitres, se hallaba un mozo escuálido y llorica, que con mano temblorosa y peor caligrafía, garabateó su nombre, Francisco Domínguez de La Cruz. La inspiración fue instantánea en el joven y arrogante Domingo, que se deleitó en el trazo de su firma para redactar su nombre:
Domingo García de Los Palacios
 
    Ahora, de nuevo de vuelta a su pasado, el curita de San Amaro, solo pudo elevar su mirada al cielo para pedir perdón por todos sus pecados.
   - ¡Cuantos años viviendo en la soberbia, soñando la lujuria, apartado del Señor! – se recriminó Don Domingo, cayendo de rodillas ante la puerta abierta del portón.
   Así lo encontró su madre, de rodillas y con los brazos abiertos en cruz, igual que Mercedes La Antigua lo halló a las puertas de San Amaro. En aquella ocasión lloraba su desgracia, ahora celebraba su condición. “Volver al estado natural que es el estado original del hombre”, le había dicho el Obispo, y eso estaba haciendo el curita de San Amaro, volver a su rebaño, tal oveja descarriada vuelve a su redil. Nació y se crió entre los pobres, los más amados de Nuestro Señor, ese era su estado natural, su estado original, se regocijaba en ello y lo celebraba.
   - Domingo, hijo mío, ¿Eres tú? – se acercó su madre hasta él.
   El curita de San Amaro se incorporó feliz y estrechó a su madre entre sus brazos. Aunque ya llevaba casi un año fuera del Seminario, el contacto con un cuerpo femenino, aunque éste fuera el de su madre, le produjo aquella desazón que siempre le acontecía ante el sexo contrario y por supuesto, trajo consigo el recuerdo inevitable de la bella Irene. Abrumado por no poder controlar los excesos de la carne, se apartó a un lado para contemplar la figura de su madre.
   Loli, evidentemente, no había cambiado nada en tan corto periodo de tiempo. Seguía siendo aquella mujer chiquita y regordeta con el pelo recogido en un moño, de mirada ausente y semblante serio, donde su hijo nunca supo adivinar su pensamiento. Seguía, tantos años después, guardando fidelidad a su marido y por lo que sabía Don Domingo, nunca volvió a tener relación con hombre alguno, aunque, esto él no lo sabía, las malas lenguas del barrio le metían en la cama al Padre Agustín.
   - La viuda, tan santurrona no pué sé, porque pa confesá to los días en San Francisco, muchas tié que debé – chismorreaba una.
   - Se confesará en San Francisco, pero la comunión la recibe aquírriba, porque mira tú, que el cura, ca dos por tres, sube la cuesta de San Nicolás – seguía otra.
   - Dice ella, que parece una mosquita muerta, que se encierran en la habitación a rezá el rosario, pero a mí me dijo una que vive al lao, que lo que ella escucha, se parece más a un Ave María cantao – ironizaba otra comadre y todas reían a carcajadas.
 
    - ¡Ay, si te viera tu padre, lo orgulloso que estaría! – le comentó su madre, elevando la mirada al cielo  – Y el Padre Agustín, cuanto se alegrará de verte. Precisamente, da la casualidad, que me dijo que hoy venía a comer conmigo.
  - Mucho me alegrará poder saludarlo – le confesó el hijo – pero, madre, pasemos dentro y ofrézcame un vaso de agua, que no recordaba lo pesada que es esta cuesta de San Nicolás.
   La habitación de Loli se hallaba en la solana del patio y presentaba a éste, una puerta bajita y un ventanuco, por donde salían el humo y los olores del potage que tenía al fuego. Don Domingo no pudo dejar de comparar los aposentos de su madre con su habitación del pósito de San Amaro, que no era ni la mitad que ésta. En su interior, de unos veinte metros cuadrados, destacaba la cocina de carbón junto a la puerta y en el centro, una pequeña mesa con dos sillas. Contra una pared, se había levantado una alacena de madera entallada y un pollo de mampostería, debajo del cual, unas cortinillas ocultaban una pequeña despensa. En la otra pared se apoyaba un arcón de ropa y sobre éste, destacaba un pequeño espejo rodeado de estampas de santos, que bien recordaba Don Domingo, como de niño, se subía al arcón a contemplar aquellas figuras y como su madre se las iba nombrando.
   - Éste es San Antonio, el patrón de los matrimonios y éste, San Roque, que siempre vela por los solteros. San Francisco de Asís es el protector de los animales y Santo Domingo de Guzmán, es el que defiende a los inocentes. San Juan de La Cruz es el padrino de los poetas y San Alejo es el que cuida de los mendigos. San Benito es el sostenedor de los moribundos y San Ignacio de Loyola es el patrón de los soldados como era tu padre…  
   Por último, al fondo, unas gruesas cortinas de color indefinido, dejaban entrever un camastro debajo de una figura de Nuestro Señor Jesucristo. A Don Domingo se le pasó por la cabeza, conseguir también unas telas para dar un poco de intimidad a su cuarto del pósito, cambiaría el jergón de sitio, lo pondría de lado contra la pared del fondo y del tabique de la celda a la otra pared, tendería un cuje de aceviño. 
    - Domingo, ven a sentarte conmigo – lo rescató la madre de sus elucubraciones – y cuéntame de tu nuevo pueblo y de tu iglesia. ¿Me trajiste una estampita de San Amaro? Por cierto, ¿De quién es patrón tu Santo?
    - En Las Escrituras, San Amaro reza como protector de los tullidos, de todas las personas que padecen algún mal de los huesos o de alguna coyuntura. Pero, en la realidad, madre, San Amaro se tiene que multiplicar y ejercer de valedor contra todas las enfermedades, tanto del cuerpo como del alma, tan abandonados y tan alejados de todo estamos. Aunque también está auxiliado por Nuestra Señora, La Virgen del Rosario, que es la patrona de las batallas, y os puedo asegurar querida madre, que he tenido que solicitar su ayuda en alguna que otra escaramuza que me ha tocado lidiar.
   - Déjame que te mire. Ahora te pareces más a tu padre, que El Señor tenga en su gloria. – le sonrío Loli – Cuando embarcaste con el Señor Obispo en el barcovela, pensé que no te volvería a ver nunca más. No se, ya sabes, él murió en el mar y siempre me ha quedado esa aprensión, esa cosa con todo lo que tiene que ver con el mar. Pensé que si el barco naufragaba y morías ahogado sería por culpa mía, que no te enseñé a nadar, bueno, como ibas a aprender, si nunca te llevé al mar. Que tontería más grande la mía, que Dios me perdone, vivir en una isla de espaldas al mar. Tú no te puedes acordar, claro que no, pero a tu padre le gustaba llevarte con él, abajo, a la playa de San Cristóbal, que estaba cerquita de donde vivíamos. Se descalzaba y se arremangaba los calzones y cogiéndote de las manos, te bañaba donde rompía la primera ola.
   - Hay que enseñarlo desde pequeñito a que le pierda el miedo al mar, así, cuando se convierta en un hombre, no le temerá a nada en la vida – me decía, mientras yo me enfadaba y le gritaba que te sacara del agua, que te ibas a enfermar.
   Don Domingo nunca le había oído ese cuento a su madre, e inmediatamente le vino el recuerdo de las penurias que pasó cuando cruzó el puente de Las Angustias, tomado de la mano de Isaino, aquel angelito de Dios. Como hubiese actuado en aquella ocasión, si su padre le hubiese enseñado a nadar, a pleitear con el mar, a no temerle a nada en la vida, solo El Señor, en su infinita sabiduría, lo sabría. Cuando volviese a Puntagorda, se prometió, aprendería a nadar. Sabía, porque lo veía a diario con sus propios ojos, que sus vecinos frecuentaban el mar con bastante asiduidad. Raro era el día, que no aparecía alguien con una taleguita de lapas y le brindaba un plato de ellas. Gustaban de comerlas crudas, acompañadas de un peloto de gofio cuando había, y cierto era que al principio les hizo asco, pero que después, cuando se acostumbró, descubrió que eran todo un manjar, sobre todo, cuando en más de una ocasión, aquel plato de lapas crudas, representaba la única comida del día.
   En estas evocaciones andaba Don Domingo, cuando una figura se hizo presente a la entrada del portón.
   - Por Dios, mujer, ya has vuelto a poner coles en el potage – fue el saludo del padre Agustín – Sabes que no me gustan y que solo me dan...
   El franciscano se quedó con la frase sin terminar al percatarse que la viuda tenía visita, y como venía del exterior luminoso del patio, no identificó a la persona que estaba sentada a la mesa. Por supuesto, Don Domingo si que reconoció inmediatamente a su consejero y mentor, con el gastado hábito marrón y su cordón de tres nudos, sus grandes entradas en el cabello peinado hacia atrás y las claras manchas de soriasis en los brazos, en el cuello y en el rostro, donde destacaba un fino y negro bigote salteado de algunas canas.  
   Fue Loli la que salió en auxilio del monje, e intentando disimular aquella metedura de pata, se acercó muy dignamente hasta él y arrodillándose le besó la mano.
   - Su bendición, Padre. ¿A que no se lo va a creer? Mire quien ha venido a visitarme – lo trató de usted, para intentar mitigar la excesiva confianza que había demostrado el fraile – Mi hijo Domingo que ha llegado de La Palma.
   - ¡Mi querido Domingo! ¡Que sorpresa! – se recompuso el religioso y se acercó hasta Don Domingo – Déjame que te vea, si estás hecho todo un hombre. Y que bien te sienta la sotana. Pero, por Dios, dame un abrazo.
   Don Domingo se incorporó tímidamente y se dejó abrazar del Padre Agustín, mientras por su cabeza resonaban mil preguntas y cientos de tribulaciones.
   Durante el viaje en el barco que lo traía hasta Las Palmas, el curita de San Amaro había meditado sobre la posibilidad de confesar sus pecados al franciscano Agustín Santana, a quien consideraba como al sustituto del padre que no pudo conocer. Pensaba abrir su alma a aquel hombre que tanto significó en su infancia, con quien aprendió las primeras letras y se inició en los misterios de la Santa Madre Iglesia. Pensaba contarle de Irene, de la bella Irene, de su pasión desmedidad por aquella mujer, de las noches que despertaba sudoroso y atormentado porque las había pasado enteras soñando con ella. Como, cada vez que contemplaba alguna figura de La Madre del Señor, el rostro de María se transfiguraba en el de la joven Irene y aunque se enjugase o cerrara los ojos, nada podía reparar. Tenía pensado pedirle consejo y que tipos de penitencias podía realizar para quitarse de encima esta obsesión que le oprimía el corazón. Pero también deseaba saber si en verdad era un pecado lo que le acontecía, pues sentía que los sentimientos que albergaba eran limpios y eran puros, y estaba completamente seguro que El Maligno no estaba detrás de ellos, por mucho que le hubiesen advertido en el Seminario de las argucias, tretas y artimañas de que se valía el Ángel Negro para engatusar y confundir al más santo de los varones.
   Sin embargo, ahora, aquella puesta en escena del franciscano, aquellas impertinencias vertidas a la puerta de la casa de su madre, hizo recelar al curita de San Amaro. Ese tono, esas imprecaciones, recordaban más a un burdo aldeano que a un siervo de Dios, pero, sobre todo, representaban más una escena de cohabitación y maritaje que una piadosa visita catequística.
   De nuevo, Don Domingo, volvía a rechazar la confesión. ¿Cómo iba a confesarse ante un hombre que cometía sus mismos pecados? Y no tan solo de pensamiento, como le sucedía a él, sino también, tuvo que reconocerlo, de hecho.
   ¿Y qué decir de su madre, de su queridísima madre, de Doña Dolores, de Loli la viuda? Cuando volviese a San Amaro, rezaría todos los días por la salvación de su alma.
continuará