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artemi garcia

domingo, 20 de julio de 2014



XIV
Octubre de 1804
La Traviesa. Puntagorda


   Mientras Don Domingo proseguía con su estancia y sus negocios en la Gran Canaria, Puntagorda se preparaba para la entrada del invierno. Las cavañuelas del veinte y nueve de septiembre, día de San Miguel, según algunos, no habían sido favorables y vaticinaban un año de pocas lluvias por esta parte oeste de la isla.
   - Los tiempos san rodao tos pa esas Breñas, ya verá usté, siacaso algún sereno pa esos días de San Martín – le pronosticaba, agorero, Mario Sacristán a Gonzalo Soldado, que ya había vuelto de su viaje al puerto de La Ciudad, acompañando al curita de San Amaro.
   - Bueno, ya se verá. De Don Pedro vengo yo ahorita, y allí, Doña Pola, usté la debe conocé, ques más vieja que Matasulén y esa nunca falla, adice que el tiempo sa quedao allí delantito mismo, que este año, agua a espuertas.
   - Ah bueno, usté me va a perdoná Don Gonzalo, pero Garafía es otro cantar. Pa ese lao asiempre llueve, sí o sí. No ve usté que tanto verde siempre llama, nube que pasa, jarro agua – se justificaba el sacristán.
   Fuera como fuese, creyeras que llovería mucho, poco o nada, todo el mundo se afanaba en labrar las tierras de pan sembrar, recoger todo el pajón para los pajeros y encerrar todo el mosto posible. Ya las rosas de la costa estaban vendimiadas y ahora, era el momento de comenzar a vendimiar el monte. 
  
    - Mamá, a que mandara Don Antonio, que mañana entempranito, cojamos parriba, pa La Cruz La Traviesa – se dirigió Irene a Mercedes La Antigua, que andaba entretenida pelando las raíces de unos helechos junto a la puerta de la cueva.
   - ¿Y por a quién te mandara recao, si yo no ta visto salí del barranco en tol santo día? Que a tu, con sujetá las cabras pa que no vayan pa lo ajeno, tas echao tol día y no  jecho más ná.
   - ¿Y que quié si me se olvidara? Me lo dijeran ayé, Juanito y Luisito, los nietos El Guincho. Sa me aparecieran esos dos estoperos por arribita el Pino La Virgen, adonde usté me mandara a juntá una barcina piñas, ¡Fuerte susto me dieran esos chicos! No ve que yo estaba agachá, juntando piñas, y no los vi llegá. Amás, los condenaos lo hicieran adrede pa jacerme rabiá, me llegaran por atrás, callaitos como misos, y se pusieran a la patá con la barcina hasta que me la desbarataran. Trinqué a uno de una oreja que casito sa la arranco, no saben esos a quién se ponen a jurgá. Endispués, cuando se amansaran, va y me dice uno, no se acual, que yo siempre los rebujo y no se a quien es Juan y a quien es Luis, igual de zarandajas son los dos. Va y me larga: “En busca tuya andábamos, Antigüita”. Qui a usté la llamen La Antigua, cosas suyas seran, pero a mi me se enciende la sangre ca vez que me llaman desa manera, ansina que lo volví a cogé de la mismita oreja y le dije: “¿A cómo dijeras tú que me llamo yo?”, “Pos si eres hija La Antigua, Antigüita te tiés que llamá”, me porfió otra vez y yo le volví a repetí, dándole tortól a la oreja, “¿A cómo dijeras tú que me llamo yo?”. Antonces el singuango aflojó: “Irenita, Irenita”, me dijera bebiéndose los mocos.
   - Mía que tamién eres tú abusona, avasallá ansina así a unos chicos chicos. Ya verás, y si no acuérdate, que cuando puean ti la devuelven. Yo a que tú – le aconsejó la madre – los intentaba enamorá, porque a ná que te trinquen por debajo, la descarga pencas no hay quien te la quite.

    La Cruz de La Traviesa era una crucecita de tea, colocada en un pequeño altar sobre la pared del camino, a la que nunca faltaban flores y penitencias por parte de los viajeros. Allí, a modo de encrucijada, se encontraba el Camino de La Rosa, que buscaba verticalmente las cumbres de Puntagorda, con el Camino de La Traviesa, que transitaba horizontalmente hacia Garafía, al norte, o hacia Tijarafe, al sur. Las tierras aledañas eran terrenos ganados al pinar a fuerza de hacha, para después ser roturados y sembrados de viña y árboles frutales.
   Allí, Los Morentes, con Don Antonio como cabeza visible, poseían una rosa de viña, de las mayores y más productivas del pueblo, más de medio cahiche escalonado de terrazas que ocupaban todo un lomo. La mayor parte de las cepas eran de negramol, pero también habían parras de prieto y de mucheco y en uva blanca, destacaban el albillo y el listán. Mirando para Garafía y donde el lomo se allanaba,  estaba levantada la bodega, un pajero de paredes de piedra y techado a dos aguas, donde, por un ventanuco que miraba hacia Tinizara, asomaba la imponente viga del lagar. Hacia el mar, se abrían dos puertas. Por una se accedía a la bodega, donde descansando sobre dos fuertes palos de tea, estaban alineadas una docena de pipas. Éstas, estaban construidas, tanto las duelas como las tapas, con madera de tea y era ésta la razón por la que los vinos de la comarca, envejecidos en esta madera, tenían un intenso aroma y un típico sabor a resina. Por la otra puerta, se entraba al cuarto del lagar. Éste, también construido en tea, consistía primeramente en un gran recipiente rectangular donde se confiaban las uvas a la fermentación, para después de tres días, ser pisadas y prensadas. A su vera y debajo, la lagareta, recipiente más pequeño, a donde, a través del caño, se vertía el mosto. Luego estaba un ingenio mecánico, compuesto por la viga, el husillo, la palanca y la piedra. Cuando se acababa la pisa, se juntaba todo el bagazo y rodeado de una gruesa soga se hacía el queso. Luego se colocaban unos tablones de tea sobre ellos y ayudándose de la palanca, se iba girando el husillo, insertado en la piedra y en la viga, para que esta fuese bajando y prensando el bagazo hasta exprímirle la última gota.   
  
   Los Morentes, acostumbrados a mandar y a ser obedecidos, en la época de la vendimia, juntaban la gallofa de más gente que se podía reunir en Puntagorda.
   - A esta gente no me te pués negá -  le confesaba Juan Pascual, el de Los Mirlos, a Obdulia, su mujer, mientras ésta le remendaba uno de los dos calzoncillos que tenía – A no ves tú, que endispués no te dieran peoná ninguna, no te llaman ni pa escardá el gofio.
   - Yo lo que adigo, es que una cosa es ayudá un día un vecino – torcía el gesto Obdulia, la hija más chica de Clementina Porreto – y otra echá tres días, de sol a sol, sin cobrá un peso. Amás, pa la comía que ti dan, gualdrapas de cabra con chícharos coloraos, una cabrilla gofio y el vino, escaso.
   - Eneso dice usté verdá, el vino, bien escaso y aguachento.

   Don Antonio Morente, como costumbre de buen hacendado, había mandado a su heredero, Antonio Morente hijo, por Don Antonito lo nombraban en el pueblo, a estudiar letras y números a La Ciudad, como se nombraba a la capital Santa Cruz por estas tierras. Y también, pensando en el futuro, para que cogiera aires de señorito y se codeara con los hijos de la burguesía y la aristocracia de la ciudad.
   - Nunca se sabe – le comentaba jocoso a su cuñado, el alcalde Don Manuel Taño -  si el chico tié buena maña, lo mejor preña alguna prenda y me lo casan en la iglesia El Salvador.
   - Si las mañas se heredan – lo aludaba el cuñado – aseguro se coge más de una, porque mira que tú tiés chicos regaos por tos estos lomos.
   - Esas son toas muertajambres. Na más enseñarles una taleguita gofio, se te bajan las pantaletas – le restaba importancia el hacendado - Yo adigo una con apellío, una jembrita linda de esos Sotomayó o desos Vandale. A esas son, las que le tengo dicho les eche el ujito.
   - Compadre, le entiendo – continuaba el cuñado con la lisonja – pero ahora que el chico ha venío pa la casa, no era más malo que le echara alguna varilla a alguna las mozas que vienen pa la vendimia. Pa que digo yo, fuera como cogiendo oficio.  

   Rayando el día, comenzó a llegar la gente al lomo de La Traviesa, y a las puertas de la bodega, Don Antonio, Don Manuel y el chico, Don Antonito, comenzaron a repartir serecas a las mujeres y cestos de carga a los hombres. Dando voces y pleitos, los fueron repartiendo por los distintos bancos de viña en la ladera. La gallofa de Los Morentes, al ser más obligatoria que solidaria, no daba las muestras de chanzas y jolgorio que se manifestaban en otras. Al contrario, aquí, la humillación se dejaba traslucir en el rostro de los hombres y la resignación, en el de las mujeres. Los niños, sin saber nada, de entrada se ponían a jugar, a buscar nidos de pájaros, a levantar piedras atrás de lagartos o a rebuscar almendras entre los pajonazcos, pero pronto se daban cuenta de la diferencia.
   - Porreta, asujeta ese chico, si no quiés le meta un variscazo – la amenazaba el alcalde Don Manuel – Aquí hemos venío a lo que hemos venío. Manda ese gandúl alante tuyo, pa que te vaya abriendo las parras y ujito con dejá ningún bago atrás, que a ti te tengo escolumbrá.
  Aquel día, aunque ya era octubre, el sol estaba piquento como si todavía fuera verano, y a media mañana ya se reflejaban el sudor y el cansancio entre la peonada. Por mucho que los hacendados peliaran y maldijeran, el ritmo del trabajo aflojaba y muchos se buscaban la lengua con cualquier chisme para enderezar la espalda y tomar resuello.
   - Juan Candajo, ¿Ése es el paso que tienes? – lo reprendía Don Manuel.
   - No Siñó, tengo otro más lento entoavía – respondía dignamente el aludido.
   Don Antonio lo observaba todo, sentado debajo de un parral que daba sombra al patio de la bodega. Huraño y retorciéndose los bigotes, maldecía para sus adentros el siglo que le tocó vivir y la gentuza con quién tenía que lidiar.
   - En la época mía, allá en San Andrés, en los ingenios azúcar, teníamos negros y moritos de esa África, que na más verlos aflojá, les dabas látigo y enseguidita se enderezaban – recordaba que le contaba su abuelo, que había sido capataz en la hacienda de los Vandale.
   - Antonito – llamó a su hijo – llevate a Irenita la de La Antigua, a llená un par de pellejos de agua a la fuente de Juanianes, pa vé si estos condenaos, con un buche agua espabilan y quitan un par de bancos más antes de comé.
   El chico, obediente, entró a la bodega en busca de los pellejos y al salir se encontró a su padrino, Don Manuel, que lo sujetó de un brazo y lo volvió a entrar al cuarto donde no los oyera nadie.
   - Deja tú que ella llene los pellejos – le dijo sin soltarlo y con una sonrisa pícara dibujada en el rostro – y aprovecha tú pa vaciá el tuyo.
   - Usté cree, padrino – le contestó el chico, indeciso – dicen ques arisca y medio fiera.
   - Y tú un Morente. Echele güevos y cojones, y si la pues preña, pos mejó. ¿O a que cres tú que te mandara tu padre?
   La fuente de Juanianes, distaba apenas un cuarto de legua del Lomo de La Traviesa y se llegaba a ella por el camino de La Traviesa, abierto en el pinar. Estaba enclavada en un pequeño barranquillo que desembocaba en el gran barranco de Izcagua, el que marcaba el lindero con Garafía. Era de las más abundante en aguas y nadie recordaba haberla visto nunca ciega, ni siquiera en los años más secos. Estaba construida en el cauce del barranquillo, al pie de un gran lajial. Protegida por paredes de piedra y techada con jibrones de tea y lajas superpuestas, se bajaba hasta la charca a través de dos escalones.
   Hacia allí se dirigieron los dos jóvenes, con un odre cada uno. Irene delante, ajena de todo, con aquel desparpajo suyo y como siempre, alegre y festiva. 
   - Señorito Antonito, que callaíto usté, ¿Sa la comío la lengua el gato? – coqueteaba inocente la bella Irene.
   Detrás, el joven Morente, la sangre latiéndole en las sienes, las manos sudorosas, el corazón desbocado, imaginando el futuro inmediato, sopesando las alternativas. ¿La fuerza o las zalamerías? Más bien, una combinación de ambas.
   - La lengua te comiera yo, y si te me pusieras a tiro, te como hasta el corazón – optó por comenzar con arrumacos, para ir preparando el envite.
   - Ay, mamá tú, fuerte jombre jambriento, ¿As que en la ziudá no le dan de comé? – seguía jugueteando ingenua, la bella Irene.
   - Conduto como el que tengo delante, no ha probao yo en mi vida – seguía con el galanteo el señorito.
   - Pos asegún la costumbre el padre suyo, gualdrapas cabra vieja y un peloto gofio es lo que nos aspera pa almorzá – ironizaba la hija de La Antigua – Aunque aseguro que al señorito, le guardan las mollejas y el bichillo.
   - ¿Cuál es el apuro por volvé? – se acercaba cada vez más Don Antonito, ya respirándole junto a la nuca – Si tú quisieras, y yo se que sí, pa cuando llegáramos a la fuente, jartos podíamos estar los dos.
   - Aymería, a que disparates adice usté, señorito – por fin comenzó a recelar la moza  y apretó el paso para distanciarse.
   Don Antonito soltó el odre y corrió tras ella. Se apercibió que de nada servía la estrategia de los requiebros, que a esta potra salvaje había que domarla con espuela y atarla corta para poder herrarla.
   Irene, imaginando lo que se avecinaba, se plantó en medio del camino y se enfrentó a su perseguidor. Con el odre sujeto con una mano, buscó ansiosamente una piedra o un palo en la senda.
   - Astese quieto parao, señorito, que la vamos a tené – lo desafió.
   - Estáte quieta tú, si no quieres sea peor – le espetó Don Antonito, la bragueta a punto de estallar.
   Irene, por más que buscaba, no encontraba ningún arma con que defenderse, y cuando ya estaba a punto de embestirle con el irrisorio pellejo, oyó claramente el tintíneo de guicios que se acercaban en el camino. Miró hacia atrás y vió, como por una de las vueltas que subían de la fuente, asomaban una cabra y una chiva conducidas por un pastor de cabellos rojos incofundibles.
   - ¿De adonde sales tú, condenao de tos los diablos? – lo insultó, sintiéndose la mujer más feliz del mundo.
   - ¿A  yo que ha jecho? De pahí adentro, dese barranco Izcagua venga. Atrás desta cabra paría que me lleva más una semana buscando – la contestó desconcertado el joven Brasita.
   - Pos yo me cago, y que no me oiga mamá, en la madre que te parió, so hijo de la gran puta – no pudo ya contener la rabia y las lagrimas que surcaban su bello rostro.
   Desde su posición, El Brasita no avistaba al señoritingo y totalmente pasmado, no entendía a cuentas de que venía aquel pleito de la mujer que más amaba por encima de todas las cosas.
   - Apero si yo no ta jecho ná – jimoteó dolido – Amás a yo se que mamá mu santa no será, pero no me hagas jablá, que La Antigua, por mu vestía negro que vaya y a no salga las faldas el cura…
   Irene no lo dejó terminar la frase y se abalanzó a sus brazos, apretándose tan fuertemente a él, que lo tiró al suelo y rodaron sobre el pinillo, mientras ella reía y lo zarandeaba y lo castigaba con el ridículo odre.
   El Brasita, atónito con el comportamiento de la joven, se dejaba golpear, gozando, aunque fuese de aquella manera, de la bella y deseada Irene.
   Por su parte, el señorito Don Antonito, con el rabo entre las patas, aprovechó el desconcierto para escabullirse y volverse para la bodega.
   El padre y el padrino, estaban pendientes, con la vista fija en el camino de la fuente. Cuando lo vieron acercarse con la cabeza gacha y arrastrando el paso, el padrino arrugó el beso y el padre, el todopoderoso Morente, se dio la vuelta y se alejó.
    - Mierda chico.  


continuara

jueves, 8 de mayo de 2014


XXIII
Octubre de 1804
Risco de San Nicolás.
Las Palmas de Gran Canaria.
  
    Don Domingo se acordó de su mula Claudina mientras ascendía hacia el Risco de San Nicolás, un lomo estrecho y empinado al norte del barranco de Guiniguada, y que abrigaba a los portentosos barrios de Vegueta y Triana, en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Allí vivía su madre, Doña Dolores Palacio, Loli la viuda, como la conocían los vecinos.
   Loli enviudó bastante joven, cuando Don Domingo apenas tenía dos años, por eso él no recordaba casi nada de su padre, salvo lo que su madre le había contado. Domingo García, que así lo llamaban, había muerto en el mar. Su cuerpo lo hallaron, dos días después de su desaparición, encallado en la playa de La Laja. Por aquel entonces vivían en el marinero barrio de San Cristóbal, donde su padre hacía las milicias en el cercano Castillo, La Torre de San Pedro Mártir. Ésta había sido construida sobre una gran roca dentro del mar, que después fueron revistiendo de argamasa. Decían que fue levantada por un capitán de la conquista, un tal Diego de Melgarejo, allá por el año de mil quinientos setenta y siete, para defenderse de ataques  piratas. Ocupaba poco más de doscientos metros cuadrados y por una escalera interior se ascendía a una pequeña atalaya de un par de metros. Allí, un aburrido soldado vigilaba las entradas y salidas de los numerosos barcos que traficaban en las ensenadas de la ciudad, unos en la caleta de San Telmo, otros más allá, en la rada de Santa Catalina.
   - Tenía la costumbre de entretenerse las guardias engodando un cardume de viejas que venía siempre a comer seba por las mañanas tempranito – le contaba su madre sonriendo los recuerdos – Era raro el día que no llegaba a casa con una cesta de ellas. Las ponía a jarear arriba en la azotea y yo siempre lo peliaba porque me tenía la casa llena moscas. Pero se ve, que aquel día, una ola traicionera o los designios que El Señor dispusiera para él…
   Doña Dolores, llorando su luto, se hizo muy asidua del convento de San Francisco, donde arrastraba con ella a su hijo, de eso sí que se acordaba Don Domingo, día sí, día también, a rezar y venerar a Nuestra Señora de La Soledad, también conocida como La Virgen de La Portería. Allí conocieron al Padre Agustín Santana, monje del franciscano convento, que se apiadó de la viuda y de aquel pobre huérfano. Éste les consiguió aquella habitación barata en un portón de El Risco de San Nicolás y colocó a su madre de mandadera, en casa de una burguesa familia que regentaba una imprenta en la travesía de San Bernardo. Francisco Sánchez, Ediciones y Estampaciones, recordaba Don Domingo que rezaba el cartel. El Padre Agustín también se convirtió desde entonces en su mentor, le enseñó las primeras letras y lo ayudó a preparar el examen de ingreso al Seminario.
 
    Unos niños, descalzos y harapientos, se acercaron corriendo a pedir su bendición, cuando el curita de San Amaro se introdujo en la callejuela donde vivió su infancia.
   - Id con Dios, hijos míos – los bendijo Don Domingo mientras contemplaba el portón tras el cual vivía su madre.
   El Risco de San Nicolas comenzó a habitarse a mediados del siglo XVII. De manera anárquica y sin proyecto urbanístico alguno, se fue tejiendo una red de callejuelas estrechas y caminos empinados, donde era muy fácil perderse sino eras vecino del barrio.
   Cuentan, que por aquella época, la emergente burguesía de Vegueta y Triana, apoyada en una relativa prosperidad económica, se decidió por expandir y ensanchar sus haciendas. Esto trajo consigo la enajenación y el derribo de las casas más humildes y por tanto, el desplazamiento de las clases sociales más desfavorecidas, sirvientes, artesanos, pescadores. Estos, no queriendo abandonar la seguridad que les ofrecían las murallas de la ciudad, que por esta zona llegaban por arriba hasta el Castillo de San Francisco, más conocido como Castillo del Rey, se fueron instalando como pudieron y Dios les ayudó, en las diseminadas cuevas naturales que abundaban por estos riscos. Con el paso del tiempo y sobre todo debido a la emigración rural hacia la ciudad, también se fueron habitando los otros riscos que colgaban sobre la ciudad, San José, San Roque, San Lázaro, San Juan, San Francisco, San Bernardo.
    Después, estas cuevas naturales se fueron ampliando y ensanchando hacia dentro, y en su frente, con todo tipo de materiales, se construyeron pequeñas habitaciones, que luego darían lugar a los conocidos portones.
    Albeado de cal y encajado entre otros similares, el portón donde vivía Doña Dolores, presentaba a la calle una puerta de una sola hoja de madera pintada de verde, que como el resto se encontraba abierta de par en par. Constaba de un patio abierto al cielo, que se utilizaba para tender la ropa y juntar toda clase de enseres, y de una serie de habitaciones donde vivía una familia en cada una de ellas.
   Poco recordaba Don Domingo de estas familias, sobre todo porque se mudaban constantemente y cuando comenzaban a entablar amistad con alguna de ellas, estas desaparecían de la noche a la mañana, siendo ocupada la habitación por unos nuevos inquilinos. También, se reconocía Don Domingo en su fuero interno y como decían en Puntagorda para hacer el cuento completo, su interés por aquellos míseros zarrapastrosos era mínimo. Desde que tuvo uso de razón o por lo menos desde que él recordaba, siempre anheló una vida mejor. Gustaba de arrimarse a los hijos de Don Francisco Sánchez, para quien su madre trabajaba, y como éstos eran mayores que él, heredaba sus buenas ropas y no recordaba haber andado nunca descalzo, ya que también se beneficiaba los zapatos que les iban quedando estrechos.
   Luego, con su entrada al Seminario, aquel mundo de miserias que colgaba sobre la ciudad, quedó totalmente olvidado en la mente de un niño que solo soñaba con noblezas e hidalguías y donde el apellido “De Los Palacios” fue la culminación de su fantasía. Fue muy sencillo, tanto, que ni siquiera fue premeditado. Lo primero que le pidieron el día del examen de ingreso al Seminario, fue que escribiera su nombre y apellidos completo. Junto a él, sentado en aquellos pupitres, se hallaba un mozo escuálido y llorica, que con mano temblorosa y peor caligrafía, garabateó su nombre, Francisco Domínguez de La Cruz. La inspiración fue instantánea en el joven y arrogante Domingo, que se deleitó en el trazo de su firma para redactar su nombre:
Domingo García de Los Palacios
 
    Ahora, de nuevo de vuelta a su pasado, el curita de San Amaro, solo pudo elevar su mirada al cielo para pedir perdón por todos sus pecados.
   - ¡Cuantos años viviendo en la soberbia, soñando la lujuria, apartado del Señor! – se recriminó Don Domingo, cayendo de rodillas ante la puerta abierta del portón.
   Así lo encontró su madre, de rodillas y con los brazos abiertos en cruz, igual que Mercedes La Antigua lo halló a las puertas de San Amaro. En aquella ocasión lloraba su desgracia, ahora celebraba su condición. “Volver al estado natural que es el estado original del hombre”, le había dicho el Obispo, y eso estaba haciendo el curita de San Amaro, volver a su rebaño, tal oveja descarriada vuelve a su redil. Nació y se crió entre los pobres, los más amados de Nuestro Señor, ese era su estado natural, su estado original, se regocijaba en ello y lo celebraba.
   - Domingo, hijo mío, ¿Eres tú? – se acercó su madre hasta él.
   El curita de San Amaro se incorporó feliz y estrechó a su madre entre sus brazos. Aunque ya llevaba casi un año fuera del Seminario, el contacto con un cuerpo femenino, aunque éste fuera el de su madre, le produjo aquella desazón que siempre le acontecía ante el sexo contrario y por supuesto, trajo consigo el recuerdo inevitable de la bella Irene. Abrumado por no poder controlar los excesos de la carne, se apartó a un lado para contemplar la figura de su madre.
   Loli, evidentemente, no había cambiado nada en tan corto periodo de tiempo. Seguía siendo aquella mujer chiquita y regordeta con el pelo recogido en un moño, de mirada ausente y semblante serio, donde su hijo nunca supo adivinar su pensamiento. Seguía, tantos años después, guardando fidelidad a su marido y por lo que sabía Don Domingo, nunca volvió a tener relación con hombre alguno, aunque, esto él no lo sabía, las malas lenguas del barrio le metían en la cama al Padre Agustín.
   - La viuda, tan santurrona no pué sé, porque pa confesá to los días en San Francisco, muchas tié que debé – chismorreaba una.
   - Se confesará en San Francisco, pero la comunión la recibe aquírriba, porque mira tú, que el cura, ca dos por tres, sube la cuesta de San Nicolás – seguía otra.
   - Dice ella, que parece una mosquita muerta, que se encierran en la habitación a rezá el rosario, pero a mí me dijo una que vive al lao, que lo que ella escucha, se parece más a un Ave María cantao – ironizaba otra comadre y todas reían a carcajadas.
 
    - ¡Ay, si te viera tu padre, lo orgulloso que estaría! – le comentó su madre, elevando la mirada al cielo  – Y el Padre Agustín, cuanto se alegrará de verte. Precisamente, da la casualidad, que me dijo que hoy venía a comer conmigo.
  - Mucho me alegrará poder saludarlo – le confesó el hijo – pero, madre, pasemos dentro y ofrézcame un vaso de agua, que no recordaba lo pesada que es esta cuesta de San Nicolás.
   La habitación de Loli se hallaba en la solana del patio y presentaba a éste, una puerta bajita y un ventanuco, por donde salían el humo y los olores del potage que tenía al fuego. Don Domingo no pudo dejar de comparar los aposentos de su madre con su habitación del pósito de San Amaro, que no era ni la mitad que ésta. En su interior, de unos veinte metros cuadrados, destacaba la cocina de carbón junto a la puerta y en el centro, una pequeña mesa con dos sillas. Contra una pared, se había levantado una alacena de madera entallada y un pollo de mampostería, debajo del cual, unas cortinillas ocultaban una pequeña despensa. En la otra pared se apoyaba un arcón de ropa y sobre éste, destacaba un pequeño espejo rodeado de estampas de santos, que bien recordaba Don Domingo, como de niño, se subía al arcón a contemplar aquellas figuras y como su madre se las iba nombrando.
   - Éste es San Antonio, el patrón de los matrimonios y éste, San Roque, que siempre vela por los solteros. San Francisco de Asís es el protector de los animales y Santo Domingo de Guzmán, es el que defiende a los inocentes. San Juan de La Cruz es el padrino de los poetas y San Alejo es el que cuida de los mendigos. San Benito es el sostenedor de los moribundos y San Ignacio de Loyola es el patrón de los soldados como era tu padre…  
   Por último, al fondo, unas gruesas cortinas de color indefinido, dejaban entrever un camastro debajo de una figura de Nuestro Señor Jesucristo. A Don Domingo se le pasó por la cabeza, conseguir también unas telas para dar un poco de intimidad a su cuarto del pósito, cambiaría el jergón de sitio, lo pondría de lado contra la pared del fondo y del tabique de la celda a la otra pared, tendería un cuje de aceviño. 
    - Domingo, ven a sentarte conmigo – lo rescató la madre de sus elucubraciones – y cuéntame de tu nuevo pueblo y de tu iglesia. ¿Me trajiste una estampita de San Amaro? Por cierto, ¿De quién es patrón tu Santo?
    - En Las Escrituras, San Amaro reza como protector de los tullidos, de todas las personas que padecen algún mal de los huesos o de alguna coyuntura. Pero, en la realidad, madre, San Amaro se tiene que multiplicar y ejercer de valedor contra todas las enfermedades, tanto del cuerpo como del alma, tan abandonados y tan alejados de todo estamos. Aunque también está auxiliado por Nuestra Señora, La Virgen del Rosario, que es la patrona de las batallas, y os puedo asegurar querida madre, que he tenido que solicitar su ayuda en alguna que otra escaramuza que me ha tocado lidiar.
   - Déjame que te mire. Ahora te pareces más a tu padre, que El Señor tenga en su gloria. – le sonrío Loli – Cuando embarcaste con el Señor Obispo en el barcovela, pensé que no te volvería a ver nunca más. No se, ya sabes, él murió en el mar y siempre me ha quedado esa aprensión, esa cosa con todo lo que tiene que ver con el mar. Pensé que si el barco naufragaba y morías ahogado sería por culpa mía, que no te enseñé a nadar, bueno, como ibas a aprender, si nunca te llevé al mar. Que tontería más grande la mía, que Dios me perdone, vivir en una isla de espaldas al mar. Tú no te puedes acordar, claro que no, pero a tu padre le gustaba llevarte con él, abajo, a la playa de San Cristóbal, que estaba cerquita de donde vivíamos. Se descalzaba y se arremangaba los calzones y cogiéndote de las manos, te bañaba donde rompía la primera ola.
   - Hay que enseñarlo desde pequeñito a que le pierda el miedo al mar, así, cuando se convierta en un hombre, no le temerá a nada en la vida – me decía, mientras yo me enfadaba y le gritaba que te sacara del agua, que te ibas a enfermar.
   Don Domingo nunca le había oído ese cuento a su madre, e inmediatamente le vino el recuerdo de las penurias que pasó cuando cruzó el puente de Las Angustias, tomado de la mano de Isaino, aquel angelito de Dios. Como hubiese actuado en aquella ocasión, si su padre le hubiese enseñado a nadar, a pleitear con el mar, a no temerle a nada en la vida, solo El Señor, en su infinita sabiduría, lo sabría. Cuando volviese a Puntagorda, se prometió, aprendería a nadar. Sabía, porque lo veía a diario con sus propios ojos, que sus vecinos frecuentaban el mar con bastante asiduidad. Raro era el día, que no aparecía alguien con una taleguita de lapas y le brindaba un plato de ellas. Gustaban de comerlas crudas, acompañadas de un peloto de gofio cuando había, y cierto era que al principio les hizo asco, pero que después, cuando se acostumbró, descubrió que eran todo un manjar, sobre todo, cuando en más de una ocasión, aquel plato de lapas crudas, representaba la única comida del día.
   En estas evocaciones andaba Don Domingo, cuando una figura se hizo presente a la entrada del portón.
   - Por Dios, mujer, ya has vuelto a poner coles en el potage – fue el saludo del padre Agustín – Sabes que no me gustan y que solo me dan...
   El franciscano se quedó con la frase sin terminar al percatarse que la viuda tenía visita, y como venía del exterior luminoso del patio, no identificó a la persona que estaba sentada a la mesa. Por supuesto, Don Domingo si que reconoció inmediatamente a su consejero y mentor, con el gastado hábito marrón y su cordón de tres nudos, sus grandes entradas en el cabello peinado hacia atrás y las claras manchas de soriasis en los brazos, en el cuello y en el rostro, donde destacaba un fino y negro bigote salteado de algunas canas.  
   Fue Loli la que salió en auxilio del monje, e intentando disimular aquella metedura de pata, se acercó muy dignamente hasta él y arrodillándose le besó la mano.
   - Su bendición, Padre. ¿A que no se lo va a creer? Mire quien ha venido a visitarme – lo trató de usted, para intentar mitigar la excesiva confianza que había demostrado el fraile – Mi hijo Domingo que ha llegado de La Palma.
   - ¡Mi querido Domingo! ¡Que sorpresa! – se recompuso el religioso y se acercó hasta Don Domingo – Déjame que te vea, si estás hecho todo un hombre. Y que bien te sienta la sotana. Pero, por Dios, dame un abrazo.
   Don Domingo se incorporó tímidamente y se dejó abrazar del Padre Agustín, mientras por su cabeza resonaban mil preguntas y cientos de tribulaciones.
   Durante el viaje en el barco que lo traía hasta Las Palmas, el curita de San Amaro había meditado sobre la posibilidad de confesar sus pecados al franciscano Agustín Santana, a quien consideraba como al sustituto del padre que no pudo conocer. Pensaba abrir su alma a aquel hombre que tanto significó en su infancia, con quien aprendió las primeras letras y se inició en los misterios de la Santa Madre Iglesia. Pensaba contarle de Irene, de la bella Irene, de su pasión desmedidad por aquella mujer, de las noches que despertaba sudoroso y atormentado porque las había pasado enteras soñando con ella. Como, cada vez que contemplaba alguna figura de La Madre del Señor, el rostro de María se transfiguraba en el de la joven Irene y aunque se enjugase o cerrara los ojos, nada podía reparar. Tenía pensado pedirle consejo y que tipos de penitencias podía realizar para quitarse de encima esta obsesión que le oprimía el corazón. Pero también deseaba saber si en verdad era un pecado lo que le acontecía, pues sentía que los sentimientos que albergaba eran limpios y eran puros, y estaba completamente seguro que El Maligno no estaba detrás de ellos, por mucho que le hubiesen advertido en el Seminario de las argucias, tretas y artimañas de que se valía el Ángel Negro para engatusar y confundir al más santo de los varones.
   Sin embargo, ahora, aquella puesta en escena del franciscano, aquellas impertinencias vertidas a la puerta de la casa de su madre, hizo recelar al curita de San Amaro. Ese tono, esas imprecaciones, recordaban más a un burdo aldeano que a un siervo de Dios, pero, sobre todo, representaban más una escena de cohabitación y maritaje que una piadosa visita catequística.
   De nuevo, Don Domingo, volvía a rechazar la confesión. ¿Cómo iba a confesarse ante un hombre que cometía sus mismos pecados? Y no tan solo de pensamiento, como le sucedía a él, sino también, tuvo que reconocerlo, de hecho.
   ¿Y qué decir de su madre, de su queridísima madre, de Doña Dolores, de Loli la viuda? Cuando volviese a San Amaro, rezaría todos los días por la salvación de su alma.
continuará

martes, 25 de marzo de 2014



XXII
Octubre de 1804
Ciudad de Las Palmas
De Gran Canaria



   El secretario del obispo pasó a su lado varias veces. Don Domingo estaba seguro que lo había reconocido, pero el hombre de confianza del prelado, cargado de legajos, siempre pasaba de largo, entrando y saliendo de las estancias contiguas a la sala de espera, donde el curita de San Amaro esperaba ser recibido en audiencia por Don Manuel Verdugo Itiburría, Obispo de la Archidiócesis de Canarias.
   El salón de recepciones, una sala de planta rectangular, tenía sus paredes pintadas de color púrpura y de éstas colgaban varios retratos de Pontífices y de Obispos, donde destacaba en todo su esplendor el retrato de Don Manuel, que decían, fue pintado por el propio Don Francisco Goya. Bien recordaba Don Domingo el día que lo llevaron con todos sus compañeros del Seminario a ver el óleo pincelado por el famoso pintor de La Corte.
   - Dicen que el Obispo pagó cuatro mil pesos por ese retrato – recordó el curita que dijo alguien.
   También recordó como se sintió embaucado por el retrato, como comparó su sayal de seminarista con las ricas vestiduras del Obispo, cárdenas sedas y blancos encajes. En el anillo de su diestra brillaba el oro y el joven seminarista se imaginó que tal vez, algún día, por qué no, él lo portaría.
   Decían que el cuadro fue pintado del natural, en los años que Don Manuel frecuentó La Corte. Después de sus estudios en Valencia, el ahora Obispo de Canarias, había residido en Madrid y seguro que había conocido y tratado al propio Rey Carlos IV y a toda su familia y a duques y marqueses y a todo tipo de personajes de la Alta Realenga. Para el joven Don Domingo, Su Excelencia el Señor Obispo, no solo era su superior a quien debía ciega obediencia, era el espejo en que se miraba, era el hombre en quien anhelaba convertirse cuando se apagaban las luces y soñaba en el duro y angosto camastro del dormitorio común.
   Contemplando ahora el cuadro, intentó imaginarse cuantas obras podría llevar a cabo en su parroquia con aquellos cuatro mil pesos. ¿Qué había pasado? ¿Qué fue de aquellos delirios de grandeza con los que soñaba en el seminario? ¿Qué poder de persuasión tenía San Amaro para derribar todos sus castillos y abrirle los ojos a la cruenta realidad de las injusticias, del hambre, de la vida?
                                                                                                                             
   Apartó la vista del cuadro del Obispo para dirigir su mirada hacia la pared más lejana de aquella estancia donde resaltaba un gran óleo de San Pedro, y a sus pies, una talla de La Virgen y El Niño en madera policromada.
   Como siempre, la figura de La Madre del Señor, enseguida le evocó la imagen de la bella Irene. Aunque se encontraba ahora a leguas de distancia y separado por el mar océano, el dulce rostro de la hija de Mercedes La Antigua, compareció ante él para atormentar la carne y reavivar el fuego de la sinrazón.
   Pero también consiguió abrirse paso la añoranza, tan solo llevaba dos días fuera de Puntagorda y ya anhelaba el regreso. El día que partió de San Amaro con su amigo Gonzalo Brito, fueron varios los que vinieron a despedirlo. Su sacristán Mario Batista los acompañó hasta El Pino de La Virgen brindándole mil recomendaciones sobre el camino de la cumbre y Carmela, su mujer, le quiso obsequiar con unos bollos de helecho recién tostados, que Don Domingo declinó, no solo porque no le gustasen, sino porque sabía a ciencia cierta que era lo único que tenía para dar de comer a su familia ese día.
   La Antigua, le colgó del cuello un saquito que desprendía un olor a hierbas y a menta.
   - Pa cuando estuviere usté en alta mar y por si usté mariara. Meta usté adentro la yema el deo corazón y se prisina la frente tres veces seguías, a la misma que reza usté un padrienuestro questá en los cielos. Santo remedio pa asujetá al astógamo quieto parao.
   La imagen de la joven Irene, sonriendo y poniendo cara de incrédula ante los consejos de su madre, le acompañó durante todo el viaje, sobre todo en la noche que pasó en el barco que lo llevaba a Las Palmas de Gran Canaria, su ciudad natal.
   Llevaba menos de un año fuera pero pronto se sintió extranjero en la ciudad. Las calles pavimentadas, la monumental Plaza de Santa Ana y su Catedral, el suntuoso palacio del Obispo, todo aquel bullicio urbano, ahora lo descolocaba. No es que lo detestara pero ya no se sentía cómodo ante tanto ajetreo. Nada más bajar del barco en la caleta de San Telmo y encaminar sus pasos hacia el barrio de Triana, lo hicieron sentirse extraño en aquella ciudad que lo vió nacer, donde se crió y vivió su infancia y su juventud.
  
   El secretario del Obispo volvió a pasar de nuevo a su lado, y de nuevo siguió de largo sin dedicarle siquiera una mirada pero consiguió devolverlo a la realidad por unos segundos, para descubrir, en la esquina más cercana de donde esperaba sentado, unas esculturas, atribuidas a Salcillo se enteraría después, que representaban un pasaje de La Flagelación del Señor en su Vía Crucis, en su camino hacia La Cruz para redimirnos a todos de nuestros pecados. Así se había sentido él, azotado, cargado de cadenas y enviado a galeras, el día que su querido Obispo le había hablado por primera vez de Puntagorda. Y en cambio, ahora, regresaba nuevamente a ese despacho no para solicitar la conmutación de su condena ni para suplicar la indulgencia, volvía con el corazón henchido y el alma dichosa, para pedir caridad para los suyos. Sí, para los suyos, para su parroquia del Bendito San Amaro, para aquel pequeño pueblo en las orillas del fin del mundo que tanto amaba.
  
   El secretario volvió a pasar de nuevo, pero esta vez Don Domingo se incorporó y se plantó ante él.
  - Soy Domingo García de Los Palacios, párroco y Beneficiado de la parroquia de San Amaro – le habló con todo el empuje del Hambre y las miserias que había visto en su pueblo – Llevo aquí toda la mañana esperando ser recibido por el Señor Obispo.
   - Su Excelencia es un hombre muy ocupado – se aprovechó el secretario de la baja estatura de Don Domingo para mirarlo con desdén y de arriba abajo – Seréis recibido cuando el Señor Obispo encuentre un hueco en su agenda. Ahora os pido que volváis a sentaros y tengáis paciencia.
   Don Domingo no se movió un ápice de su sitio y sin querer se acordó del gigantesco Faustino Montero, lo que le dio más fuerzas aún.
   - Quiero que os acerquéis a la puerta del Obispo y me anunciéis. No será necesaria ninguna pompa ni oropel alguno, tan solo le comunicaréis que el curita de San Amaro se encuentra aquí.
   - Pero quién os creéis que sois…
   - O hacéis lo que os he dicho, o os apartaré a un lado y entraré por mi cuenta – comenzó Don Domingo a alzar la voz y a empujar al secretario.
   - ¿Qué gritería es ésta? – compareció Don Manuel en la puerta de su despacho - ¿Quién osa alborotar de estas maneras en un lugar sagrado?
   - Soy yo, Padre Mío – corrió Don Domingo hacia su benefactor y se arrodilló ante él para besar su anillo.
   - ¿Domingo? ¿Eres tú, hijo mío? ¿Desde cuando estáis aquí? ¿Por qué no me lo habéis hecho saber? – se dirigió a su secretario.
   - Yo no sabía... - intentó disculparse el secretario.
   - Dejadnos, volved a vuestras ocupaciones. Pasad, hijo mío, pasad – abrió la puerta Don Manuel y tomó de la mano a su acólito - ¿Como no me habéis avisado de vuestra venida? ¿Cuándo habéis llegado?
   - He llegado esta mañana y he venido directamente hasta aquí.
   - Dejad que os mire – se apartó el Obispo a un lado para contemplarlo – Siempre fuisteis delgado, pero ahora lo estáis más aún. Y ya a vuestra edad comenzáis a vestir canas. ¿A dónde os envíe, hijo mío?
   Mientras el Obispo lo escrutaba, Don Domingo paseó su mirada por el despacho, todo seguía igual. Detrás de Don Manuel, el lienzo que representaba a la Sagrada Familia y en el fondo, bajo rico dosel de terciopelo escarlata, las tres gradas donde destacaba el trono episcopal y el cojín de seda bordado con ramos de oro a modo de escabel. Frente a éste, el balcón que asomaba a la plaza de Santa Ana, desde el cual el Obispo daba la bendición al pueblo. En la mesa, una suntuosa mesa de roble lacado y con sus patas finamente talladas, el curita de San Amaro se acordó de su burdo cajón de madera, destacaba brillante el abrecartas de plata con el que el obispo le “inseminó” la semilla de la viruela.
   - Cuando subistéis al barco en Tenerife – siguió el Obispo escrutándolo – me despedí de un doncel impúber y ahora me parece encontrarme ante un hombre experimentado. No debe hacer un año que abandonasteis el seminario y ahora, os presentáis ante nos como un hidalgo que ha luchado mil batallas. Por Dios, hijo mío, solo os envie a la vecina isla de La Palma pero aparentáis haber dado la vuelta al mundo. Venid y sentaos. Contadme, ¿Dónde habéis estado?
   Don Domingo no pudo menos que sonreir ante la descripción que realizaba el Obispo de su persona. Se acercó y se sentó sobre un mullido sillón labrado. Sí, era cierto, había dado la vuelta al mundo, pero no a este mundo físico que se mide con varas y días, con tiempos y distancias, había dado la vuelta al mundo pero del revés, lo había desnudado de hipocresías y falacias, había tijereteado sus ropajes de cenefas y carmín y lo había descalzado de sus botines de gamusina y tafetán.
   - En Tierra Santa, Padre mío – contestó, sintiéndose inspirado por el propio San Amaro.
   El Obispo solo pudo sonreir ante la respuesta de su discípulo.
   - Por vuestra contesta, entiendo que habéis emprendido una cruzada personal. Pero recuerdo haberos enviado a una parroquia cristiana, donde no creo que hallaráis ni herejes ni sarracenos.
   - Creo que ni los unos ni los otros, Su Excelencia – sonrío Don Domingo – Todo lo contrario, solo he encontrado buenos cristianos, temerosos de Dios y ávidos de su infinita misericordia. Pero para mi cruzada, como Vuestra Excelencia dice, no solo me bastan como armas la palabra del Señor y las doctrinas de la Santa Madre Iglesia, también necesito lanzas y ballestas para combatir el hambre y escudos y espadas para paliar las miserias y las mezquindades que sufren estas pobres gentes. Por eso me he atrevido a visitaros en…
   - Esperad, hijo mío, esperad – lo interrumpió el Obispo con un gesto de la mano y un toque de ironía en la voz – Creo que os habéis equivocado de Palacio y hasta de isla. Tendríais que haberos dirigiros al Castillo de San Cristóbal en Santa Cruz de Tenerife, para recabar todo ese armamento. Os recuerdo que ahora os encontráis en Gran Canaria y en el Palacio Epíscopal, un lugar sagrado y de paz.
   Don Domingo se encontraba enormemente cansado del viaje y de la larga espera en el salón de audiencias y no le hizo gracia alguna como se tomo el Obispo su símil, que por supuesto había entendido perfectamente. Cuando él comenzaba a abrir su alma, Don Manuel se tomaba a la ligera sus palabras y hacía gala del sarcasmo para mofarse de él.
   No obstante, estaba hablando con la máxima representación de La Santa Madre Iglesia en Canarias, a la cual había hecho votos de sumisión y obediencia y no pensaba incumplirlos. Entonces se percató de donde se encontraba. Estaba en un palacio, ante un hombre que había vivido en La Corte y vestía ropajes de seda y mostraba suntuosas joyas. Se fijó en su oropenda figura y le recordó a algún que otro sacerdote que había conocido en La Palma.
   Había perdido bastante la práctica en este tipo de diálogos cortesanos. En San Amaro, las conversaciones giraban sobre el tiempo y las cosechas y solían ser sencillas y directas, aunque, tuvo que reconocer Don Domingo, algo pesadas cuando iban aderezadas con algún que otro cuento.
   Recordó que en el Seminario era afamado por sus profesores por su ingeniosa oratoria. Eran pocos los compañeros de estudio que se atrevían a retarlo en los debates teológicos o en controversias místicas, que tanto fomentaban sus tutores en las áulas. Pese a su cansancio, decidió seguir el juego a su Obispo y proseguir con el símil armamentístico pero dándole ese toque palatino que requería la ocasión.
   - Perdonadme Vuestra Excelencia, pero – comenzó con mucho tiento – ¿Acaso insinuáis, que esta isla de realengo señorial que es la Gran Canaria, se encuentra indefensa, vacíos sus arsenales, desiertas sus torres y sus castillos, desprotegida de las incursiones piratas y berbériscas, expuesta a las arribadas de los corsarios ingleses o de los vándalos franceses?
   - Touché, mi queridísimo Domingo – admitió el Obispo inclinando la cabeza y utilizando el vocabulario francés que tan usado y tan de moda estaba en La Corte – Compruebo con sumo placer que no habéis perdido vuestra retórica, pero tened cuidado con vuestras palabras y no olvidéis con quien estáis hablando. Pero contestando a vuestra insolencia, perdonada por esta vez, os puedo asegurar que, aunque no esté en nuestras manos directas la Defensa militar de Gran Canaria, nuestra isla está totalmente preparada para repeler cualquier ataque, ya sea del bucanero británico, del malandrín galo o del mismísimo turco. No obstante, os he remitido a la vecina y querida isla de Tenerife, por que es allí donde, no me preguntéis el motivo porque lo desconozco, o más bien, no lo quiero conocer, se encuentra la Comandancia Militar de Canarias, o acaso no recordáis que conocisteis en persona al mismísimo Mariscal de Campo Don Fernando Cagigal de la Vega.  
   - Perdonad mis palabras, Vuestra Excelencia – claudicó el curita de San Amaro, pudo más el cansancio que la soberbia y se arrodilló a los pies del Obispo – Solo estoy aquí para pedir toda la ayuda posible para mitigar el hambre y las miserias que veo sufrir a diario a mis parroquianos, que la mayoría de los días no tienen otra cosa que echarse a la boca que unos bollos tostados de raíces de helechos, y os aseguro, por que los he probado, que hay que tener muchísima hambre para comerlos, es más, el nombre popular que le dan es “bollos extreme”, así que podéis imaginároslo. En San Amaro, nuestra Santa Madre Iglesia poseé varios cahices de tierra fértil que, o están abandonados o solo se usan como potreros para apacentar ganado. Tengo la intención, con vuestro permiso y vuestra ayuda, de trocarlos en terrenos productivos, de labrarlos y convertirlos en tierras de pan sembrar.  
   El Señor Obispo arrugó el beso y asintió con la cabeza, ofertándole a continuar. Don Domingo, ante la aprobación de su mentor, decidió proseguir con los pormenores de su empresa de caridad. Le describió, con todo lujo de detalle, las obras que pensaba acometer en la finca conocida como “Los Cercados del Cura”.
   - Primero, comenzaremos restaurando las paredes de piedra que el ganado, a lo largo de los años, ha ido desbaratando. Nuestra propiedad, unos quince cahices, está dispuesta de continuas terrazas escalonadas, todas ellas mirando hacia el poniente. En el albor de los tiempos, se comunicaban por todo un entrecijo de caminos, aún se puede adivinar alguno, pero el ganado, como le digo a Vuestra Ilustrísima, lo ha ido perjudicando todo, paciendo a su voluntad y libre albedrío, sin que ninguno de los sucesivos arrendatarios haya hecho nada por remediarlo. “Así estuviera cuando yo la recibiera”, es la contesta que te dan cuando intentas recriminárselo.
   Después roturaremos el terreno, arrancando toda la matojera, sobre todo la multiud de tabaibas amargas, higuerillas las nombran allí, que festonean a lo largo y ancho de todas las huertas, no ve Vuestra Ilustrísima, que no son del agrado del ganado que les hace asco y se reproducen a mansalva, pero son buenas de desquiciar, porque tan solo con cortarlas ya no vuelven a reventar. Otra cosa son las vinagreras, los cornicales y los espineros. Estos sí que hay que arrancarlos de raíz, porque con solo cortarlos, es como quien les da una poda, ya que vuelven a brotar con más fuerza aún si cabe. Luego están los pinos, esa es otra, que los ves nacer hoy y mañana ya te dan sombra. Cosas mías serán, y que no me oiga La Santa Inquisición, que seguro me acusan de herejía, pero creo yo, que El Señor, en su infinita sabiduría, cuando concibió la idea de crear esta Isla de La Palma, no tuvo otra pretensión que la de dar cobijo y licencia a este árbol milenario. Si no es por el continuo esfuerzo de sus habitantes, La Palma es un bosque de pinos, de norte a sur y de este a oeste, hasta en los cráteres de los cientos de volcanes que pululan por la isla, según se apagan, lo primero que nace son pinos.
   - Tranquilizaos, por favor, Domingo, hijo mío, ¿Os estáis oyendo? – lo interrumpió Don Manuel a punto de estallar en carcajadas – Os lo pido por favor, es más, os lo ordeno. A lo largo de mi vida he tenido la suerte, o tal vez la desgracia, de conocer algún que otro palmero con ese acento tan peculiar suyo. Y aquí estáis vos para recordárnoslo. ¿No lo habéis notado? Parecéis más un juglar canturreando romances que un fiel servidor de Nuestra Santa Madre Iglesia. Y todo ese galimatías herbario que me relatáis, os estáis yendo por las ramas, nunca mejor dicho. Vinagreras decís. Nos, por vinagreras, solo conocemos esas pequeñas vasijas destinadas a contener el vinagre para aderezar algún que otro plato. Y a la Santa Inquisición, no la nombréis tan a la ligera, mejor aún, no la nombréis de ninguna de las maneras, siempre han tenido ojos y oídos en todas partes.
   El rostro de Don Domingo fue aumentando de rojo a escarlata según el obispo se iba mofando de él. No sabía que contestar, Don Manuel tenía toda la razón, llevaba menos de un año en San Amaro y una de las cosas que más repudiaba se le había contagiado. En vez de enumerar suscinta y educadamente las necesidades de su parroquia, se había puesto a narrar un cuento lleno de quiebros y anécdotas que no venían al caso, al puro estilo de su fiel Mario Sacristán o de su amigo Don Gonzalo o de cualquier otro vecino de Puntagorda. No obstante, se reconoció Don Domingo mientras recuperaba el semblante, esto le alegraba el alma, se estaba convirtiendo, sin darse cuenta, en un puntagordero más, le estaba cogiendo el “jeito”. Aunque, eso sí, no pensaba contarle a nadie, cuando volviese a San Amaro, la tamaña humillación que había recibido del Señor Obispo.
  - No os afrentéis, hijo mío – se acercó conciliador Don Manuel hasta su discípulo – Nos ve con buenos ojos que os hayáis, como diría nos, identifier, con vuestros feligreses. No hay nada malo en ello, muy al contrario, el pastor se tiene que adecuar a su rebaño, utilizando un simil, si me permitís y perdonáis, adecuado a vuestra congregación. Sin embargo, debéis aprender a cambiar de hábitos según la habitación donde os encontréis, por favor, hijo mío, estáis en un palacio episcopal no en una taberna. Pero pasemos un tenue velo a este desliz y afrontemos vuestras querencias. Veo con agrado que las lecturas jansenistas del Seminario han hecho mella en vos, retour à la terre, volver al estado natural que es el estado original del hombre.
   Con esta última frase, Don Manuel se sumió en un largo silencio y se dedicó a pasear por sus aposentos hasta terminar asomándose al balcón para contemplar su ciudad. Hasta allí lo acompañó, respetando su mutismo, el curita de San Amaro.
   - Vayamos por parte, hijo mío – comenzó a hablar de nuevo el Obispo – Lo primero que váis acometer, es visitar a vuestra familia. Seguro estamos que vuestra madre se alegrará enormemente de recibiros y saber de vos. Descansáis en vuestra casa lo que queda de este día y mañana, a primera hora, os presentáis de nuevo aquí, en el palacio. Nos acompañaréis, vendréis con nos a visitar nuestra hacienda de Barranco Seco, junto a La Higuera Canaria. Allí volveremos a retomar el tema de la posible ayuda que nos y Nuestra Santa Madre Iglesia os podamos ofrecer. Además, sobre vuestros pinos y vuestras vinagreras, tendré el placer de presentaros a un buen vecino y amigo que, seguro estamos, quedará encandilado con todo vuestro repertorio de malezas y demás herbajes.
   Sin abandonar la mirada de la plaza de Santa Ana y de su Catedral, Don Manuel dio por terminada la audiencia ofreciéndole al curita de San Amaro su diestra, donde brillaba de oro en la mañana de Las Palmas, su anillo episcopal.
continuará