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artemi garcia

domingo, 21 de enero de 2018

El cuaderno de Daphne

I
    Llego muy tarde y ella no está, aunque me dejó una vela encendida en el salón. Huele como a risas y la silla mecedora, en medio del salón, mira por la ventana abierta hacia la oscuridad. Me siento y me acuno en ella. La noche se balancea sin rastro alguno, reservada, no me cuenta, algo me oculta. 
   Me giro y observo un cuaderno abierto en el suelo, sobre la alfombra que tejió mi madre, aquella que tanto le gustaba a Daphne. Nos entreteníamos intentando descifrar aquellas espirales unidas por meandros de vivos colores. Ella veía mundos conectados, como si de un mapa estelar se tratara. Decía, que en la espiral del centro vivíamos nosotros y que si conseguíamos recorrer alguno de aquellos laberintos hasta llegar a otro de los mundos, la vida allí sería mejor. Me invitaba a acompañarla, juntos deslizábamos nuestros dedos por aquellas líneas, pero siempre regresábamos al mundo central y ella se levantaba en silencio y se marchaba. Yo no decía nada, oía sus pasos alejarse por el pasillo y entonces, tan solo con la vista, recorría un camino que solo yo conocía para llegar hasta la espiral más alejada en la alfombra. Me sumergía en aquel mundo, imaginaba otra vida en ese lugar, nunca le conté, creía que ella…, en fin, pensaba tantas cosas.
     Desde la mecedora no reconozco el cuaderno ni consigo leer sus páginas abiertas, asoman papelitos entre ellas, anotaciones, pienso. Son de distintos colores y tamaños, unos asoman más que otros. Tuerzo el cuello intentando recrear una escalera con ellos y descubro una cinta roja de punto de lectura, que cuelga enlazada entre los papelitos, impidiéndome el ascenso. Una vez, recorriendo el barranco en la costa, intentamos escalar una antigua cascada porque Daphne decía que encontraríamos la felicidad allá arriba, pero me torcí un tobillo y apoyado en ella, descendimos muy despacio hasta la playa. Yo volví solo un tiempo después, conseguí subir y exploré aquel valle, recorrí sus laderas y me interné en pequeñas grutas donde anidaban las aves marinas, nunca le conté que estuve allí, porque ella…, en fin, lo deje pasar.
 Mi mirada sigue absorta sobre las páginas abiertas del cuaderno. Está del revés visto desde aquí, por eso no consigo leerlo, pero reconozco la letra inconfundible de Daphne. Son letras pequeñas y redondas, muy unidas, con las líneas muy juntas, aprovechando al máximo el papel. Cuando vamos de viaje, ella exprime los días a tope, no descansa, visita todos los lugares, realiza todas las rutas y pregunta a los lugareños por todos los detalles. En Creta, nos evadimos entre el gentío y recorrimos solos el palacio. Ella me habló de Minotauro y de cómo su hermana Ariadna lo traicionó en el Laberinto. Daphne creía que Ariadna amaba a su hermano mucho más que a Teseo; que lo que hizo fue un acto de amor, el más difícil de todos: ayudo a Teseo a matarlo para así poder liberar a su hermano de aquella prisión. Yo asentía en silencio, pero pensaba que Minotauro se dejó asesinar por Teseo al verse traicionado por su hermana, la única mujer a quien el amaba.
     Observo que el cuaderno esta encajado entre dos espirales, sobre uno de los meandros más complejos de la alfombra. Asemeja un puente entre galaxias, como un valle abierto por una corriente de frases que cruzan de un mundo a otro. Parece una balanza nivelada por el peso de las palabras, como una catapulta lanzando letras incendiarias.  Recuerda el trasiego de un barco a la explanada del muelle: ánforas repletas de confidencias y selladas con acertijos, son transportadas por contrabandistas de sueños.  
     Me levanto. La ventana sigue oscura, sé que algo me oculta, y ese olor a risas persiste. Es un aroma divertido, como una fresca fragancia que inunda el salón. Me recuerda algo que no sé identificar, lo reconozco pero por más que lo aspiro, no lo ubico. Doy unos pasos hasta el cuaderno abierto sobre la alfombra que tejió mi madre, con sus papelitos de colores, su cinta roja de punto de lectura y la letra inconfundible de Daphne. El olor procede del cuaderno, emana de él. Me acerco y me inclino: es un efluvio que casi se palpa, tan intenso que emborrona las palabras del cuaderno. Me lloran los ojos, tengo que apartar la mirada y enjugármelos para aclarar la vista. 
      En este momento, escucho como la puerta se abre y Daphne comparece en el pasillo. La miro sorprendido: me siento expuesto. De pie sobre la alfombra, con los ojos acuosos y junto al cuaderno, me veo vulnerable, como un niño a punto de ser regañado, como pillado por sorpresa en la escena del crimen y junto al cuerpo del delito, indefenso, sin testigos ni coartada, condenado culpable sin haber sido juzgado.
   Sentenciado como un vulgar cuatrero de unicornios por un tribunal de vírgenes ninfas, enjuiciado como un vil salteador de sendas por una corte de mágicos elfos, procesado como un infame ladrón de tesoros por un coro de arcanas sirenas.
     - ¿Lo has leído? - me pregunta ella abiertamente.
     - No, yo no, yo no - contesto apresurado bajo la mirada de Daphne.

II
   Me acerco hasta Adrián y ofreciendo mi más encantadora sonrisa, me agacho y recojo el cuaderno que reposa inocente sobre la alfombra. Expandiendo la risueña esencia por el salón, me dirijo hacia la silla mecedora con el cuaderno abierto acomodado sobre mi pecho. Me siento y me acuno en ella. Ahora la noche titubea con el rastro del día en los vértices de la ventana.  Confiada y chismosa me anuncia la mañana con canto de pájaros y guiños de luz.
    Me giro cautelosamente y compruebo que Adrián se ha ido, ha abandonado la escena, ha vuelto a huir. Algunas veces, sobre todo en las tardes de invierno, se sienta a tocar la guitarra en el salón. Entonces, la casa se inunda de un denso frenesí que se arrastra junto a los zócalos y se desliza por debajo de las puertas, como buscándome a tientas, pidiendo auxilio en la calma de la tormenta, dando gritos de socorro entre los restos del naufragio, llamándome a voces desde el ojo del huracán.  Presurosa, acudo a su encuentro con una tisana de aliento con hojitas de cariño y una cucharadita de consuelo, todo servido en un recipiente de besos y abrazos pero que recibe frío y sin apetito y su melodía se convierte en una tenue melancolía que se va apagando entre notas de bruma y acordes de luna.     
   Acomodo el cuaderno sobre mi regazo y aliso la cinta roja de punto de lectura, recoloco los papelitos de colores y con ternura lo cierro. La portada del cuaderno está ajada en sus bordes y mojándome la yema de los dedos índice y pulgar de mi mano derecha con la punta de la lengua, intento reparar los desperfectos, a sabiendas de que no lo conseguiré. No recuerdo los años que llevo con él, tantos son. Lo conocí en la playa. La primera vez que lo vi, Adrián salía del agua y ese gesto de sacudirse el pelo hacia atrás me desarmó. Inconscientemente encogí los pies en la arena, me abracé las rodillas y una sonrisa tonta afloró en mi cara. Él ni cuenta se dio, pero si trató de ayudarme con la sombrilla que el viento estaba descalabrando. No hubo manera, las varillas se doblaron y se soltaron, la sombrilla quedó hecha una piltrafa y nosotros un enredo de gestos y disculpas, una trampa de sonrisas y miradas de la que ya no pudimos ni quisimos escapar.
     Contemplo el dibujo de la portada de mi cuaderno. Lo componen unas siluetas de gaviotas volando en el cielo azul en anónima libertad, siempre me han parecido una visión de mi destino. 
   Abajo en la playa, embarrancado entre las rocas, está el pequeño bote con el que salíamos a navegar. Ahora solo es un cadáver con el mástil roto y la vela hecha jirones. En los calurosos días de verano gustábamos de madrugar y hacernos a la mar antes que amaneciera. Poníamos rumbo al horizonte y bogábamos con los remos hasta que la vela se henchía con el viento. Adrián manejaba el timón con mano firme y una sonrisa en la cara, la mirada puesta en la lejanía. Yo siempre le preguntaba dónde íbamos, era nuestro juego, y él siempre respondía: a la búsqueda de nuestro destino. Una mañana, al despertar, no lo encontré a mi lado, agucé el oído y solo escuché el silencio de la casa y el murmullo del mar abajo en la playa. No me inquieté pero me levanté con un presentimiento y me asomé a la ventana, el bote no estaba en la playa. Oteé el mar en calma y no lo divisé por ninguna parte. Las olas lamían la orilla y el sol comenzaba a borrar las sombras, una gaviota dio un graznido a modo de saludo y voló hacia el poniente, la seguí con la vista creyendo que me llevaría hasta él. Otras gaviotas se fueron uniendo a ésta y pronto un cortejo de aleteos y chillidos se fue adueñando del cielo y del mar. Mientras intentaba descifrar aquella cacofonía, el alisio comenzó a soplar, primero como una brisa que acariciaba la orilla y expandía ondas mar adentro, luego, con fuerza, fue encrespando las olas, blanqueando el agua de espuma y atrayendo nubes desde el horizonte. Cerré la ventana y bajé corriendo hasta la playa con una congoja en el corazón y un grito en la voz: Adriaaaaán. Pasaba el tiempo y las sombras que el sol había borrado volvieron más oscuras. Gruesas gotas de lluvia fueron abriendo pequeños cráteres en la arena de la playa y el alegato del viento parecía alimentarse de mi inquietud. Un profundo lamento creció en mis entrañas: no volverá, no volverá. El mar me lo envío como un regalo y ahora me descubre que tan solo fue un  engaño.
     Abro el cuaderno por la primera página. Arriba, a la derecha, está la triste fecha, bien remarcada y subrayada con fuertes trazos, en mayúsculas, con letras grandes y espaciadas, escritas despacio, con coraje, con furia, con la rabia contenida de una mujer desairada. Aquel funesto día, el irónico mar se burló de mí, me rescató del placer de sus abrazos y me liberó de la gloria de su amor, para sumergirme en una despedida repleta de dolor. Me vi emancipada del goce de su presencia y evadida de la alegría de acariciar su rostro, para navegar por las negras aguas del sufrimiento. Yo, que me había condenado a amarle por toda la eternidad, de repente y sin razón alguna que  pudiese entender, bajo la lluvia y azotada por el viento, me veía redimida de mi pasión y la puerta de la celda de mi prisión de amor, abierta de par en par a la libertad de mi soledad.

III
   Cabizbajo y meditabundo, salgo de la casa y encamino mis pasos hacia la playa.  Me llego hasta el bote y me siento en el banco de popa para contemplar el amanecer en el mar.  Intento recuperar la serenidad y restablecer mi ego destrozado.  Siento celos, el cuaderno de Daphne me ha desconcertado, lo que fuera que contenga se entromete entre nosotros. Presiento que un poderoso rival ha entrado en nuestras vidas, que un tremendo adversario ha irrumpido con fuerza en nuestro mundo, un fabuloso oponente con el que me tendré que batir. Ella siempre me lo cuenta todo y de pronto descubro que también tiene sus secretos, que no tengo todas las llaves de su corazón, que Daphne puede ser una mujer misteriosa y que un ramalazo de clandestinidad también habita en su persona. La primera vez que la vi fue aquí mismo, en la playa. La recuerdo bajando desde la casa con la sombrilla a modo de bastón, con el cabello recogido y el holgado traje que escondía su figura. En ese momento estaba disponiéndome a salir del agua pero espere pacientemente a que ella llegase hasta la arena. La observe curioso como hincaba y abría la sombrilla. La contemple fascinado mientras se desnudaba y liberaba su melena al sol. La deseé.  Debe ser tuya, me grito el mar, y el viento amigo voceó en mi ayuda. En volandas me exhibieron en la orilla y alas de seducción desplegaron en mis pies. Me lance a la batalla sin vacilación, sorteando incertidumbres y esquivando titubeos, apartando conjeturas y aventando recelos. Estaba dispuesto a conquistar a esa mujer por encima de todos los ejércitos de dudas y aprensiones que me salieran al paso. Debe ser tuya, debe ser tuya, me siseaban los latidos del sol.
   El olor a risas se ha impregnado en mis ropas y en mi mente, ahora todo me apesta a risas. Los restos del bote me hieden a carcajadas y risotadas emanan entre las rocas. Las olas arrojan sonrisas hasta la orilla, y la playa, el cielo, el mar y el mundo entero exhalan un alegre perfume que no puedo soportar. Me incorporo tiritando, exhausto, no consigo calmarme, he perdido el control. Vuelvo la mirada hacia la casa donde están Daphne y su cuaderno y ese maldito olor. Pienso en regresar para afrontar la contienda sin saber aún que armas esgrimiré. Auguro una lucha desigual. Intuyo al antagonista atrincherado y escudado en ingenios de fábulas, amartillando alegorías y recargando espejismos, dispuesto a embaucarme con mitos y quimeras. Sospecho que está prevenido de mi trastornada ofensiva, esperándome imperturbable detrás de una armadura de ilusiones y utopías. Me siento derrotado antes del enfrentamiento, cobarde, gritan mis adentros, y el mar y el viento me dan la espalda, y hasta un montaraz silencio guarda el sol, todos ajenos a mi caos.
    Paso revista a los restos del bote y me descubro reflejado en ellos. El mástil quebrado y abatido sobre la arena y los sucios despojos de la vela colgando inertes entre las rocas, se convierten en un retrato de lo que ahora mismo siento. Intento retirar las algas que a modo de sudario amortajan sus cuadernas, y apartar la arena acumulada con la que el viento y el mar lo quieren engullir. Siempre creí que el pequeño bote nos conduciría hacia un destino mejor, un lugar alejado del hastío, un tiempo sin sombras, un espacio sin tedio, un territorio virgen donde comenzar una nueva vida.
   Aquella vez, la llamada del mar me despertó muy temprano, había estado soñando con tierra adentro, con selvas de verdes estrellas y montañas doradas custodiadas por hermosas huríes. A oscuras, a tientas, sigilosamente, busqué mi ropa y me vestí. Adiviné a Daphne serena y dormida, ausente. Bajé hasta la playa y empujé el bote al agua.  Me ayudé de los remos para abandonar la costa mientras iba perdiendo la casa de vista. El mar me susurraba quedamente al golpear contra la quilla del bote y me contaba de la fabulosa Jauja y de los tesoros de El Dorado, me ofrecía destellos de aventuras en las costas de Thule y me describía el mundo secreto de Agharta, me hablaba de la vida caballerosa en Camelot y del País de La Cucaña donde todos los deseos se hacen realidad. Mientras el mar me siseaba estas gestas y el Sol se iba adueñando del mundo, el alisio surgió y preñó la vela. Emocionado retiré los remos y empuñé la caña del timón, feliz creí vislumbrar las siluetas de unas cumbres entre las nubes del horizonte y eufórico puse rumbo hacia la gloria. El bote se transmutó en un portentoso corcel que coceaba encrestadas olas y desafiante galopaba hacia la felicidad. Primero fueron unas gruesas gotas, que a manera de preludio, repicaron agudas sobre el armazón del bote, luego vino un instante de calma, apenas unos segundos de tregua, de esos donde toda la existencia se duerme en silencio y las mentiras y las verdades se confiesan del mismo color. Después comenzó la terrible discusión entre el mar y el cielo y el viento. Eclipsaron al Sol con sus fuertes voces y se olvidaron de mí y de mi pequeño bote. Se increpaban en un profundo y ancestral idioma que no podía entender. Se expresaron déspotas en toda su furia, colosales en su majestuosa disputa. Me sentí apartado y empequeñecido, excluido del debate universal, relegado a la humilde categoría de hombre, exiliado de la inmortalidad. Mientras asumía esta nueva condición, la barbarie continuaba, las invocaciones  de unos y otros zafaron la vela y sus conjuros  quebraron el mástil, me zarandearon como a una marioneta y se rieron de aquel fantoche que se inmiscuía en sus asuntos, en títere de cartón me convirtieron, a cometa de papel me redujeron. Recuerdo que no tuve miedo, como pude me incorporé y aferrado a la caña del timón les grité mi protesta y les recordé sus promesas. Alcé la voz con el orgullo herido y el desafío en el semblante, conmigo no podrán, les increpé valientemente, volveré, juro que volveré y hallaré nuestro destino.
 Maldito el caso que me hicieron. Como pude, y no sé cómo, volví a la playa de siempre, a naufragar en la misma orilla y a redescubrir mi propia tierra, a refundar el mismo reino y recomenzar otra vida igual junto a Daphne.

IV
    Me desperezo, estiro toda mi piel, juego con los rizos de mis cabellos y me desenredo los tirabuzones, la noche ha sido generosa y muy muy fecunda. Me incorporo y delicadamente abandono el cuaderno sobre la silla mecedora. Miro a mi alrededor y me llego hasta la vela encendida que se va consumiendo como nuestro amor, me mojo en saliva los dedos índice y pulgar de mi mano derecha y la apago con placer. La luz del día va iluminando  poco a poco todos los rincones del salón. Contemplo la alfombra que Adrián trajo de casa de su madre, un rayo de luz oblicuo, irradiando motas de polvo, enfoca uno de los meandros más evidente de la alfombra. Me sonrío recordando aún la noche y me asomo a la ventana, con los ojos entornados me dejo invadir por la luminosidad del día,  por la claridad de la mañana, me baño en luz. Mi mirada va más allá de la línea curva del horizonte, más allá de la raja de los mundos, mi mirada ya no necesita ver, ahora solo escucha los cuentos del Sol y palpa los confines del firmamento.
    Desde la ventana descubro a Adrián abajo en la playa, sentado sobre los restos del bote. Desde que regresó, este es su lugar favorito, su plañidero, resignado y mortal, abandonado de los dioses, las alas cortadas, el destino perdido… Así me lo devolvió el mar mucho tiempo después. Nunca ha querido contarme lo que sucedió, esconde la mirada y me ofrece una sonrisa huidiza cuando  le pregunto.
   Aquella mañana, con la misma fragua que los cielos forjaron la fatídica tormenta con tanta facilidad, urdieron una engañosa calma en unos instantes. El mar recogió sus olas y el viento enmudeció, las nubes huyeron y el sol desvaneció las sombras, pero no me devolvieron a Adrián. Aquella calma, aquella quietud, aquel aquí no ha pasado nada y todo sigue igual se mofaban de mi desesperación. Abandoné la playa con mil promesas de pleitesía en mi corazón, cogida de una mano llevaba a la tristeza, mientras con la otra sujetaba fuertemente a la esperanza y me dirigí hacia un saliente rocoso donde otear el horizonte y gritarles mi dolor.
   Mientras me aproximaba al borde de las rocas, observé que algo flotaba entre los charcos que había dejado la tempestad, restos del naufragio pensé, y mi dolor se acrecentó. Me acerqué con temor y a la vez anhelo, ¿sería una prueba de que Adrián seguía con vida o sencillamente un recuerdo sobre el que llorar? 
    Una cestilla de mimbre flotaba en el agua y en su interior reposaba lo que parecía ser un cuaderno abierto con sus páginas en blanco. Ávida lo tomé en mis manos y lo hojeé hacia delante y hacia atrás buscando un mensaje de Adrián, pero estaba totalmente en blanco, ni una sola letra, un mapa o cualquier vestigio que me condujera hasta él. Lo único, aquella portada de gaviotas volando en anónima libertad, una cinta roja de punto de lectura que no marcaba nada y un divertido olor que recordaba como a mariposas de alegres colores libando en las flores de arcanos magnolios, como a gráciles cisnes que se miran en el espejo de un lago cristalino, como un olor de niños jugando en los escalones de una plaza llena de saltimbanquis.
    El cuaderno, con su risueña esencia, con su portada de gaviotas volando en anónima libertad y sus páginas en blanco, me susurraba palabras de fe y caricias de luz y yo presentía la pronta vuelta de Adrián. Oteé el mar y su horizonte por enésima vez  sin avistar vela alguna y abracé el cuaderno sobre mi pecho dejando que su bálsamo penetrara en todo mi ser. Me volví hasta la playa y desanduve el camino hasta nuestra casa. Ni una sola vez levanté la mirada hacia el ladino sol, le di la espalda al despectivo mar y sellé mis oídos al alegato del embaucador alisio.
   Ese aciago día, ese mismo día, comencé a escribir sobre aquellas páginas en blanco. Le conté al cuaderno del dolor que me atravesaba el corazón e intenté describirle el profundo amor que sentía por Adrián, le narré mis recuerdos más preciados junto a él y la felicidad y la dicha y la plenitud que me embargaban estando a su lado. Sin saber cómo pero sabiendo porqué, llegó la noche y una lágrima furtiva se deslizó de mis ojos y pareció emborronar la últimas palabras que había escrito, intenté sin éxito secarla con mi aliento pero lo único que conseguí fue que se expandiera como una ola en la orilla, como una vela al viento, como un fuego devastador en la llanura. Me levanté asustada y arrojé el cuaderno sobre la alfombra que trajo Adrián de casa de su madre.
    Al caer, el cuaderno quedó abierto sobre aquel laberinto de espirales y meandros y una multitud de siluetas reptantes comenzaron a emerger de aquel incógnito volcán que había creado mi lágrima. Se deslizaron serpenteando por todos los senderos tejidos, y con una firme determinación, se dirigieron hacia el meandro más alejado en la alfombra mostrándome el  intrincado camino que llevaba hasta él. Según llegaban, se incorporaban y me hacían señas, me llamaban, reían y festejaban en un galimatías que no conseguía comprender pero que ahuyentaba mi dolor y renovaba mi confianza, seguro que encontraré a Adrián en ese lugar, pensé, seguro que está ahí.
    Me acerqué con esperanza pero a la vez con recelo, el idioma de aquellas criaturas recordaba al estridente gorjeo de una bandada de pájaros después de la lluvia, daban saltos de alegría y se abrazaban, y cuando llegué a su lado, me rodearon y me tomaron cálidamente de las manos silenciando su achispado cotorreo.
   De sus manos me sumergí en una nueva dimensión,  donde la luz de la Luna daba un tono malva al nuevo mundo que recorríamos y las plantas susurraban quedamente mecidas por una brisa carmesí. Seres que no había imaginado nunca se acercaron hasta nosotros y me obsequiaron con ingentes regalos, enseguida me vi envuelta en ropajes de independencia, que me contaron,  habían sido tejidos con finas puntadas de orgullo y canciones de libertad. Al cuello me colgaron un collar concebido con cuentas de solidaridad y abalorios de igualdad, y en la cabeza, me colocaron una brillante diadema de principios irrenunciables y derechos universales.
    Un legendario alazán dobló sus patas delanteras ante mí y me invitó a cabalgar con él, de pronto desplegó sus rojizas alas y me elevó hasta las estrellas, donde contemplé fascinada el lento devenir del universo. Luego me devolvió a aquel mundo donde un festín de manjares me esperaba. Me sirvieron platos de armonía, entremeses de confianza y ensaladas  de arrojo y valentía. También saboreé unos canapés de ternura, y probé otros de presagios y de insinuaciones, todo ello regado con un peculiar vino de felicidad. Mientras, aquellas criaturas que me acompañaban, bailaron y danzaron a mi alrededor una misteriosa música de desenfreno y pasión, segura y feliz estaba que allí encontraría a mi amado Adrián.
   - No, Adrián no está aquí - me contestó el mitológico animal como leyendo mis pensamientos – Hace mucho tiempo que nos olvidó.

V
   Según avanza el día y la luz se adueña de las sombras, el olor a risas se va difuminando y ya solo lo encuentro impregnado en mis ropas. Con plena certidumbre me despojo de ellas y las abandono junto a los restos del bote, pero el risueño y empalagoso olor se mantiene aferrado a mi cuerpo, con la gruesa arena de la playa me restriego la piel en un vano intento de liberarme de este opresor aroma. Me sigue queriendo traer recuerdos, esta fragancia no es nueva para mis sentidos pero no consigo reconocerla, una densa niebla ensombrece mi memoria. Sin embargo, ahora, no sé porqué, me recuerda más a la alfombra que tejió mi madre que al cuaderno de Daphne, el olor a risas también recuerda un poco como a espirales y a meandros, a laberintos y mundos soñados, pero por más que lo intento, una urdimbre de risas amnesia mi evocación.
   El mar susurra mi nombre, me llama, se ofrece como sanador de mis dudas, como bálsamo de mis cuitas. Como lavanderas del satírico perfume, tristes olas se acercan a mis pies desnudos y los lamen suavemente, reconciliadoras. Doy un vacilante paso hacia dentro y me estremezco ante su frío y placentero contacto, pero no, no pienso volver a dejarme embaucar.
   Desde aquel día que el mar me naufragó  de nuevo en nuestra playa, no he vuelto a sucumbir a sus embrujos, sus constantes argucias para que vuelva a sumergirme en sus aguas ya no surten sentimiento alguno en mí. Me traicionó, y por mucho que el oleaje musite mi nombre y sus aguas acaricien mis pies, ya no puedo confiar en él.
   Desnudo, con la piel enrojecida y este olor a risas revoloteando sobre mi cuerpo, levanto la vista hacia la casa. Daphne está asomada a la ventana, adivino su mirada más allá del mar, del cielo, del lejano horizonte, mucho más allá de mí.

 Contemplo como Adrián se despoja de sus ropas y desnudo se llega hasta la orilla, es la primera vez que se acerca tanto al mar desde aquel trágico día, está dejando que las aguas enlacen sus pies, que las olas jueguen con él, temo por Adrián, abandono la ventana y solo acierto a coger el cuaderno y bajo corriendo hasta la playa.
- Adrián -  me llego hasta él – Por favor, no te vayas de nuevo sin mí.
   Parece no escucharme, no sentir mi presencia, y ahora el mar comienza a encresparse y el alisio comparece de nuevo y en el cielo se oyen los primeros clamores.
   - Déjame que te muestre los secretos que contiene el cuaderno. Aquí está escrito nuestro destino – le miento.
   Estoy segura que lo he perdido, que ya no lo amaré como antaño, que nuestros destinos se han separado, pero no quiero que nuestra despedida sea aquí, en la playa, que el ciclo se cierre donde mismo comenzó, no quiero que donde nació el amor se abra un abismo de dolor. 
  El oleaje ya rodea su cintura y él se deja llevar por la corriente que lo arrastra mar adentro. Yo también me despojo de mis ropas y tan solo con el cuaderno intento desesperadamente llegar hasta a Adrián. El mar me envía olas que como murallas me retienen en la orilla y el viento me arranca el cuaderno de las manos y lo zarandea en el aire.
   Las gaviotas de la portada del cuaderno se vuelan en anónima libertad hacia el horizonte infinito, la cinta roja de punto de lectura se agiganta y se convierte en una lengua de fuego que incendia los cielos, mis papelitos de colores se transmutan en cometas que caracolean y desaparecen entre los grises nubarrones, y de las páginas del cuaderno comienza a caer una lluvia de letras incandescentes que el viento esparce sobre el mar, levantando yermas columnas de humo al penetrar en las frías aguas.
   Las olas  arrastran algunas hasta la orilla y reconozco mi prosa en ellas, son las palabras escritas de mi puño y letra, pequeñas, redondas, apretadas, intento recogerlas pero se convierten en cenizas en mis manos.
   - ¡Daphne, Daphne! – escucho gritar a Adrián.
 Ya no lo veo, la tormenta se ha adueñado de todo, y ahora, en la playa, huele como a llanto, como a desamor, huele como a cantos de letanías que ocultan el sol. Huele a final.


1,73 dice

   Cuando me midieron para el cuartel, dijeron que medía 1,72 y hasta la fecha es lo que siempre he medido, o más bien, he creído que medía. Intentaré explicarme, me dijeron, usted mide 1,72 y lo creí, lo acepté, no lo discutí ni fui corriendo a comprobarlo en otro lugar, a pedir “una segunda opinión”, a dudar de la medición oficial que me había realizado un funcionario del ejército, “pues está bien”, fue a donde más lejos llegué, mido 1.72, consentí. Hay cosas que se aceptan en la vida sin cuestionarlas, como cuando me saqué por primera vez el DNI, miré el número que me asignaron y no revolví un mar de despachos preguntando por qué me adjudicaron ese número, “no, mire, que este número no me gusta, por favor me puede cambiar este 5 por un 1”. Lo de la letra si fue algo más interesante, me llegué a preguntar por qué me tocó la C, dicen que hay, bueno me lo han explicado pero ya no me acuerdo, una fórmula matemática que lo explica, si será, lo que sí es llamativo, no sé si le pasa a mucha gente pero conozco a unos cuantos que sí, que cuando me lo preguntan, porque casi todos lo sabemos de memoria, es que si lo digo de corrido me sale, 43264586, pero si me interrumpen tengo que comenzar de nuevo. Normalmente, la mayoría de los números que me han ido asignando a lo largo de mi vida los he aceptado sin cuestionarlos en absoluto, el número de teléfono, el número de la Seguridad Social, el de la cuenta del banco, el de socio de la biblioteca o socio de cualquier club deportivo o cultural. Hay algunas excepciones, pero siempre se encuentran dentro de los números temporales, incluso en éstos, la persona que te lo adjudica te ofrece la posibilidad de cambiarlo, el asiento en el avión, “pasillo o ventanilla, señor”, la butaca en el cine, “señor, delante o detrás”, pero esos números que son para toda la vida, lo recalco porque me parece significativo, para toda la vida, los he aceptado sin más, no los he cuestionado ni les he dado mayor importancia.    
      Eso me pasó cuando me midieron para el cuartel, dijeron que medía 1,72 y yo siempre he medido 1,72, eso se lo he discutido, a quien lo pusiera en duda, hasta caerme de culo, sobre todo porque he contado con la prueba definitiva, “eso me dijeron cuando me medí para el cuartel” he apostillado siempre y se quedaban callados, no les quedaba otra que darme la razón, alguno pudo hacer un mohín pero no se atrevió a rebatirlo, lo dejé sin argumentos. Y eso que yo no fui al cuartel, el único contacto que tuve con el ejército fue ese, cuando me midieron y dijeron que medía 1,72, pero ese es otro cuento que a lo mejor relato otro día, ahora me gustaría seguir hablando de mi altura.
     Ayer, muchos años después de aquella medición cuartelaría, donde  incrustaron en mi ADN que yo medía 1,72, en el reconocimiento médico que me hicieron en la empresa, una joven doctora con acento sudamericano, lo que me encaminó a preguntarle por su nacionalidad, porque yo soy así, preguntón, novelero, también por relajar el ambiente, aunque me imagino que ella no sufría ninguna tensión, el tenso en todo caso sería yo, ella más bien estaría harta de realizar esas rutinarias inspecciones y seguramente recordaría ese montón de años de estudios, de esfuerzo, el día que voló el birrete al aire en el campus de su universidad, las felicitaciones de su familia, de sus allegados, el día que aterrizó en nuestro país, la pateada por diferentes hospitales y despachos presentando su currículum, para terminar trabajando con un contrato precario en una más de las numerosas y prolíferas mutuas existentes, viendo pasar ante ella un número infinitos de estúpidos como yo que le preguntaban insinuantemente su nacionalidad. Con una sonrisa me dijo que era colombiana y educadamente espero un segundo a que yo lo asimilara  y a continuación siguió con su inspección y su interrogatorio, porque todos lo que hemos pasado un reconocimiento médico sabemos que más de la mitad del tiempo, el doctor/a se dedica a realizarte preguntas rutinarias sobre tu estado de salud, si fumas, si bebes, si te lavas los dientes, si realizas algún tipo de ejercicio físico, que según su destreza con el teclado, puede ser más o menos rápido o convertirse en una eternidad. Después del inevitable cuestionario y de haberme notificado que era colombiana, información que yo, no sé para qué, guardé en mi memoria, me pidió que me pusiera en pie para realizar el examen físico. En el despacho, junto a una de sus paredes, entrando a la derecha, se encontraba la báscula que utilizan para pesarte y medirte, un armatoste de acero pulcro e inoxidable donde me pidió que me subiera, yo, alegantín como soy, y también de buenas maneras, para ahorrarle su tiempo y agilizar el tema enseguida, le apunté que pesaba 80 kilos y medía 1,72, que no hacía falta ese trámite, que podíamos pasar a lo que fuera lo siguiente, “de todas formas, ya que estamos vamos a comprobarlo”, me contestó con aquel dulce acento y sonrisa ficticia de por favor déjeme hacer mi trabajo y así terminamos antes. “Quítese los zapatos y colóquese derecho pegado a la pared” me dijo, obediente callé y la dejé realizar su trabajo. “80 kilos,  1,73”  dijo en voz alta, más para ella que para mí y se acercó al teclado para anotarlo. “Pues se ve que he crecido últimamente, yo siempre he medido 1,72, pero si usted lo dice”, me apresuré a rebatirle, con ese tono un tanto despectivo que te da la seguridad de un dato que tú tienes grabado en tus cromosomas, y también, aunque no quieras reconocerlo y esté muy mal decirlo, te sale ese racista y machista que todos llevamos dentro, “que se cree esta colombiana bisoña”, aunque si te lo dice un médico que viste canas y acento castellano, también le vas encontrar alguna pega, “éste no está bien de la vista, a ver si lo jubilan ya”. Está tan arraigado ese dato en tu estructura ósea que, como ya dije, te caes de culo antes de admitir esa corrección, aunque sea de un mero centímetro. Pude haber esgrimido mi cita irrefutable, “eso me dijeron cuando me medí para el cuartel”, pero éste no era el caso, era una mujer atractiva con sus curvas bien expuestas y en tu interior, aunque sabes que no va a pasar nada, que seguramente no la volverás a ver en tu vida, dejas correr tu imaginación y sueñas que te aceptará un café cuando terminé su jornada, porque tu pavoneo en su despacho seguro que la ha deslumbrado y está loca por hacer el amor contigo, aunque también sabes que no te atreverás a invitarla a ese café, porque sabes con total seguridad que te dirá que no, pero como matemáticamente existe esa mínima posibilidad, que el albedrío de los dioses fructifique y puede que hasta sea ella la que te convide, te guardas tu indiscutible evidencia para otra ocasión. En fin, la dejé seguir con sus exploraciones en mi anatomía, cierre los ojos y tóquese la nariz, diga 33, tosa, firme aquí y aquí, buenos días, pase el siguiente, ni café ni miradas lánguidas, pero tampoco se crean que sueños rotos ni decepciones, salí, sujeté la puerta para que entrara el siguiente y ya en la calle, no sé por qué, lo que me apeteció fue ir a tomar un café, ya todo olvidado, incluso que según ella, medía 1,73.
      Creo que a todos o a la mayoría nos pasa, por la noche, cuando me acuesto, vienen como flashes de los sucesos que me han ocurrido durante el día o en días anteriores, y esa noche, en la cama intentando conciliar el sueño, de repente llegó aquel flash, “1,73 dice la tonta esa”, y algo en mi interior se revolvió, subieron las pulsaciones y me espabilé, pero me di la vuelta en la cama y por asociación de escenas, recordé, “que buena estaba la colombiana” y bajaron las palpitaciones, y en ese mundo onírico donde nada ni nadie interfiere, la invité al café, flirteé con ella y poco a poco el sueño me venció, el pulso se amortiguó y dormí plácidamente. Pero a la mañana siguiente cuando mi reloj biológico me despertó, porque yo siempre me despierto a las 6, vete tú a saber por qué, pero me acueste a lo hora que me acueste, a las 6 siempre despierto, no es que abra los ojos y me quedé sentado en la cama, pero sí que mi cerebro vuelve de donde quiera que estuviese y se activa, después, según lo que tenga que hacer o las ganas que tenga, me levanto o no, pero ya estoy despierto y si decido quedarme en la cama sólo consigo un duermevela y ponerme a darle vueltas a mis cosas, y como digo, esa mañana, a las 6, cuando mi reloj biológico me despertó, “1,73 dice”, fue el primer asunto, el primer punto del orden del día que mi cerebro anunció y apreté los ojos, aunque seguían cerrados, y me di la vuelta en la cama e intenté borrarlo y cambiarlo por la asociación “que buena estaba la colombiana”, pero aquel guineo se hizo insistente, irritable, “1,73 dice”, “1,73 dice”, “1,73 dice”, no pude con él, me tuve que levantar, ese centímetro, ese ñoño e insignificante centímetro iba a modificar mis principios, mi ADN, mi vida, “pero ésta que se cree, 1,73 dice”, me aguanté hasta las ganas de mear, ni la cara me lavé, busqué en las gavetas debajo del poyo de  la cocina donde guardó de todo, porque resulta que tiene 4 cajones, pero en el primero tengo los cubiertos y en el segundo los paños de cocina y me sobran dos, donde voy metiendo cualquier cosa, de esas que no utilizo mucho y no sé donde guardar, y en el tercero no, pero en el cuarto, el último de abajo, encontré un metro, de esos que se enrollan y tienen un soporte para anclártelo en el cinturón, que uno los llama metro pero que en verdad suelen ser de más de 1 metro, de 3, de 5, ahora que lo pienso, nunca los he visto ni de 2 ni de 4, de 1 sí, pero bueno, lo encontré y fue como un alivio, una sensación de poder, “ahora vas a ver colombiana enterada”, me coloqué derecho junto al marco de la puerta de la cocina y lo extendí, pisando la punta con el pie y llevándolo por encima de mi cabeza lo doblé y lo sujeté con el pulgar y el índice de mi mano izquierda, porque eso no se los he dicho, porque tampoco viene al caso, pero resulta que soy zurdo, y al ir a comprobarlo se me escapó del pie y se dobló un poco, porque es un metro de cinta metálica y, creo que a muchos también les pasa, se dislocan y hacen un sonido desagradable, en fin que lo intenté de nuevo pero ya no me fiaba, estamos hablando de tan solo 1 centímetro y era necesario afinar, así que cambié el plan y busqué un lápiz que no hallé, pero sí encontré un bolígrafo junto al teléfono, que siempre tengo allí a mano, por si cuando alguien te llama tienes que anotar algo. Me volví a colocar junto al marco de la puerta de la cocina, bien derecho y con mucho cuidado y mucho tiento, respire hondo, exhalé y rayé justo sobre mi cabeza, rente al pelo porque no estaba dispuesto a cederle ni un  milímetro a la colombiana aquella, después me separé del marco y comprobé la línea que había dibujado sobre mi cabeza, recta recta no estaba, pero creo que en un juicio rápido con jurado popular la darían por válida, tomé el metro y ahora sí, pisé con el pie la punta, que no lo he dicho, pero todos saben que tiene un pequeño apéndice para engancharlo del sitio que vayas a medir, y comencé a estirarlo muy despacio para que no se me escapara, hubo un momento que casi, pero enseguida lo sujeté con la rodilla y seguí extendiendo hasta llegar a la línea recta recta no, pero válida, donde me jugaba el todo por el todo, era el momento de las apuestas, el final de la batalla, el ser o no ser.
   1,73. Me dolió. Me dolió como si me hubiesen dado un tiro en la barriga, no es que alguna vez me hayan dado un tiro en la barriga ni en, por suerte, ningún otro sitio, pero una vez soñé que me habían dado un tiro en la barriga y fue un sueño tan real que quedé sentado en la cama sujetándome el estómago, sintiendo como un inmenso ardor me quemaba las entrañas y en las manos, que en verdad estaban empapadas de sudor, sentía la sangre que se me escapaba a borbotones por la enorme herida abierta y ni me atrevía a separarlas de allí, porque estaba seguro que se me derramarían las tripas, para encender la luz. Tardé unos instantes, que para mi fueron eternos, en darme cuenta que todo era solo un sueño, un horrible sueño. Pues ahora, siempre recuerdo ese sueño cuando algo me duele, no físicamente, porque cuando es algo físico, me duele lo que me duele, si me doy un golpe en la rodilla lo que me duele es la rodilla y no hago esta asociación, pero cuando el dolor es más de este ámbito, de tipo dolor espiritual, dolor sentimental, un dolor que me hace daño en mis principios, en mis convicciones, en cosas que tengo tan asimiladas, tan mimetizadas, siempre me viene este recuerdo y me es imposible realizar otra comparación, me duele la barriga como si me hubiesen dado un tiro cuando algo me duele, como que me demuestren que yo no mido 1,72 sino 1,73.
     No me quedó otra, me derrumbé, me fui dejando resbalar por la pared de la cocina hasta que quedé sentado en el suelo de frías baldosas, con los pies encogidos, no solamente por el inmenso dolor que sentía, sino porque también me di cuenta que tenía unas considerables ganas de orinar. Como pude, apretando los muslos, me incorporé y corrí con pasitos cortos pero apresurados hacia el baño, uf que alivio, dejar escapar todo aquel líquido de mi interior,  mientras meaba aquel fluido amarillento, me parecía que menguaba el dolor, que se distraía, que me dejaba un resquicio abierto por donde vislumbrar una salida, aunque primero me planteé un repliegue, una tregua, terminé de mear, me metí a la ducha, me lave los dientes, me afeité, me vestí y volví a la cocina para prepararme un café, tan solo de soslayo eché un vistazo a la línea recta recta no, pero válida, porque me había prometido en la ducha que no llevaría a cabo ninguna acción hasta que hubiese tomado el café, me lo serví y lo tomé de pie mirando por la ventana, viendo fluir el tráfico y siguiendo con la vista a 2 mujeres que cruzaban la calle de frente hacia mí, quedé boquiabierto, casi se me cae la taza de café de las manos, una de ellas era la doctora colombiana, no, venga ya, tremenda coincidencia, eso no se lo cree nadie, no, eran dos mujeres totalmente desconocidas, una bastante mayor que la otra, tanto que se apoyaba en la otra para poder andar y ésta le estaba diciendo algo, como dándole prisas me pareció, porque tiraba de su brazo y también le hacía gestos con la mano libre. A mí me gusta asomarme a la ventana, o sentarme en el banco de un parque, o qué sé yo, sentado en la avenida de una playa, en la terraza de un bar, a ver gente pasar, e imaginarme a donde van, su parentesco, que piensan hacer, y cuando las pierdo de vista, elijo a otros y vuelvo a jugar, tuve una novia que lo hacíamos juntos y llegamos hasta discutir quien decía la verdad en aquel juego, tan enganchados estábamos. Me terminé el café, con determinación volví a tomar el metro en mis manos y me acerqué al marco de la puerta de la cocina, lo sujeté ahora con el zapato y volví a medir de nuevo, sin nervios, con tranquilidad, como si fuese un carpintero profesional, que está concluyendo un presupuesto para realizarte unas reformas en la cocina. 1,73. Está bien, serenidad, lo esperaba, guardé el metro en el último cajón de abajo del poyo de la cocina, en el bolsillo de atrás del pantalón me guarde la cartera y salí a la calle, en otra calle, la que es perpendicular a la mía, hacia el final a la derecha hay una farmacia, lo tenía claro, esos metros baratos que compra uno por ahí no son muy de fiar, “1,73 dice”, en la farmacia seguro que tendrían una báscula, de esas parecida a la del despacho aquel de la colombiana y seguro que ésta me daría la razón o no, se la daría a ella, pero ese, todavía era otro cantar, primero vamos a la farmacia y después ya vemos, alardeaba yo mientras me dirigía al dispensario. Justo cuando iba a entrar llegaron dos señoras mayores, no es que vinieran juntas en compañía, porque una venía por la acera de frente hacia mí y la otra cruzaba la calle por el paso de peatones, porque casi siempre suele haber un paso de cebras cercano a las farmacias, y de esta manera convergimos los tres a la entrada de la farmacia, y aunque yo iba apresurado, no me quedó otra que cederles el paso, por esa pauta de buenos modales que nos han impregnado en nuestro comportamiento, en cambio entre ellas 2, al ser de una edad parecida, no existía esa norma, y medio que se atropellaron para entrar primero, pero por suerte el hueco de la puerta era lo suficiente ancho para que pasaran las dos y no hubo ninguna incidencia, las 2 se dirigieron al mostrador, y ahora sí, percibí claramente el paso frenético de ambas por ganar la carrera de 3 pasos y ser atendidas en primer lugar, hurgando en el bolso y depositando su montón de recetas ante el farmacéutico, un hombre mayor con el pelo peinado hacia atrás,  gafas de montura y batín blanco, con su identificación enganchada al bolsillo donde asomaba tímidamente la punta de un bolígrafo. Yo, desde mi posición en la puerta, no necesitaba acercarme al mostrador, sino que hice un barrido con la vista buscando el aparato de medir y a la izquierda, incrustado entre un expositor de  cristal, que contenía pastas y cepillos de dientes y un banquito donde te puedes sentar para esperar tu turno, divisé el artilugio y hacia él me dirigí, esta vez sí, con el corazón galopando y sacando la cartera del bolsillo de atrás del pantalón, rebuscando monedas, porque en esta sociedad se paga por todo, mientras leía las instrucciones que se detallaban en una placa metálica, suba a la báscula, colóquese derecho, introduzca cantidad exacta 50.ctmos, en el bolsillo de la cartera tenía 2 monedas de 20 y una de 1 euro, me tuve que volver y acercarme al mostrador “por favor me puede dar cambio para la máquina”, me dirigí al farmacéutico señalando el aparato, “hay algunas que estamos primero”, terció una de las señoras con toda su mala hostia, era la que había perdido la carrera y ahora hacía cola, “por dios, señora, que tampoco es para tanto”, metió baza la que estaba siendo atendida, “dele usted el cambio a este hombre”, se dirigió al farmacéutico, “si claro como usted ya se me coló…”, contraatacó de nuevo la antipática, “que está usted diciendo, yo no me he colado en mi vida en ningún sitio, entré primero que usted y por eso me están atendiendo a mí y no a usted, maleducada”, la cosa se estaba animando, y si no fuera por el motivo que me había llevado hasta allí, me lo hubiese pasado en grande, “está bien señoras, vamos a ponernos todos tranquilos, que hay tiempo para atender a todo el mundo”, fiscalizó el farmacéutico y consiguió por fin llevar de nuevo las aguas a su cauce, “a ver señora, deme usted sus recetas y usted también, y tome usted caballero su cambio”, se dirigió a mí en último lugar y mientras yo le daba con una mano el euro, él me entregaba con la suya las 2 monedas de 50 céntimos, a una de las señoras le dediqué una sonrisa, pero a la otra le volví la cara y sin más contratiempos me enfrenté al artefacto, me subí, me coloqué derecho e introduje la moneda de 50 céntimos por la ranura, pasaron unos segundos y no pasaba nada, ni se leía nada en una pantalla que tenía delante de mí, ni asomaba ningún ticket por la abertura situada debajo de la ranura por donde había introducido la moneda, tenía miedo de moverme por si la máquina estaba midiendo aún y estropeaba su lectura, pero pasaron otros cuantos segundos y ni pío, la maquinita aquella no hacía nada, todavía sospechoso, me volví despacio, intentando siempre mantener la verticalidad por si acaso, “oiga señor creo que esto no funciona”, le comenté al farmacéutico que seguía atendiendo a las señoras, y ya tenía más de medio mostrador lleno de cajitas de diferentes tamaños y que, con una cuchilla, estaba recortándoles ese pedacito que tienen por un lado y que ellos, después, con cinta adhesiva, sujetan en las distintas recetas, “será pesado este hombre”, volvió enseguida al ataque la señora antipática, esta vez no me pude contener, “recétele algún ansiolítico a esta mujer, a ver si se tranquiliza”, me dirigí al farmacéutico, que ahora si había levantado la vista del mosaico de cajitas que tenía sobre el mostrador, “ah, que ahora resulta que también es médico, porque no me lo receta usted, sabelotodo”, me embistió rápida y lenguaraz la antipática, e incluso hizo un ademán de acercarse hasta mí, esgrimiendo el bolso aquel que sujetaba firmemente con ambas manos, “Jesús por dios, que vergüenza”, apuntó la otra, la simpática, apresurándose a introducir sus medicamentos en su bolso y retirarse hacia la puerta, “tranquilícese señora, póngase tranquila”, intervino de nuevo el farmacéutico con los ojos cerrados, aunque mantenía en el aire la cuchilla que sujetaba en su mano, y desde mi posición en el local observé, que en el otro lado, arriba, cerca del techo, una cámara de seguridad estaba grabando toda la escena, y enseguida discurrí que estas cámaras no graban sonido, tan sólo imágenes, y en una toma estática, en una foto fija, que presentase un abogado con pocos escrúpulos ante un juzgado de guardia, lo que se observaría sería, a una señora mayor sujetando con fuerza su bolso, a un hombre de 1,72, 1,73, eso todavía no estaba claro, con cara de pocos amigos, de espaldas, a un señor farmacéutico peinado hacia atrás con su batín blanco, pero esgrimiendo un cuchillo en el aire,  y a otra señora mayor huyendo despavorida hacia la puerta, imaginé las portadas en los periódicos, “Detenida banda organizada que se dedica atracar viejecitas en las farmacias”, “que me ponga tranquila, yo estoy muy tranquila, lo que pasa es que ya llevo aquí más de media hora esperando que usted me despache mis recetas, que yo también tengo otras cosas que hacer”, yo creo que el farmacéutico tuvo la misma visión apocalíptica que yo, porque dejó caer la cuchilla sobre el mostrador, me hizo una seña de paciencia con sus manos abiertas y terminó de despachar a la señora, sin que se oyera ni el vuelo de una mosca dentro del establecimiento, con una mirada despectiva hacia mí y una enconada al farmacéutico, la muy antipática metió sus medicinas en el bolso y con la cabeza alta y la dignidad aún más, abandonó el local intentando dar un portazo, que no pudo, porque la puerta era de esas que tienen como un sistema hidráulico y no deja, “es que está apagada, a su derecha tiene el botón de encendido”, me informó el farmacéutico con una sonrisa de aquí no ha pasado nada, corramos un tupido velo y sigamos viviendo en paz, “ah claro, gracias”, contesté, y pensé en sugerirle que, cuando cerrara la farmacia, borrase la cinta donde todo había quedado grabado, pero opté por callar, no solamente por dar el mal rollo por concluido, sino porque adiviné la mirada esquiva que el farmacéutico dirigió a la cámara, y creo que pensaba hacerlo, no cuando cerrase sino inmediatamente después que yo me marchara. Pulsé el botón de encendido y el ingenio comenzó a emitir una serie de sonidos internos, “se tiene que bajar”, me pidió amablemente el farmacéutico, que ahora, sin clientes que atender, se entretenía observándome, e inmediatamente obedecí con un gesto de, ah claro, por fin la máquina quedó en silencio, tan sólo unas luces rojas parpadeantes,  “súbase ahora, colóquese derecho y ponga la moneda”, me guió amigablemente el boticario, poniendo más interés del que yo hubiese deseado, “los 50 céntimos ya se los puse antes”, le recordé amablemente, aunque él no tenía porque saberlo ya que estaba enfrascado en aquella escena que, tácitamente, habíamos decidido olvidar, “debe estar en ese hueco de abajo, donde devuelve el cambio”, prosiguió con el mismo tono familiar, aquello me enervó un poco, para que tenía una abertura de devolver cambio, si en las instrucciones decía claramente que depositase la cantidad exacta, se lo iba a tirar en cara, pero ahora, con la mar ya en calma, no quise romper el ambiente relajado y compinche que habíamos establecido, me agaché y hurgué con el dedo índice, y como no encontré nada, me volví hacia él con un gesto sonriente y cómplice, sin necesidad de decir nada, porque él estaba observando todos mis movimientos, y entonces fue él quien cambió totalmente de actitud,  frunció el ceño y hasta creo que me hizo una mueca, se encaminó hacia la máquina registradora, sacó una nueva moneda de 50 céntimos y sin mediar palabra, la depositó sobre el mostrador,  no cercana a mí, tampoco en el otro extremo pero sí retirada, se dio la vuelta y se puso ajetrear y recolocar el puñado de recetas que tenía sobre el mostrador, desentendiéndose totalmente de mí, aquello me irritó un tanto pero me incliné por dejarlo pasar, ya que también me ofrecía, sin que él lo supiera, esa necesaria intimidad que yo precisaba para llevar a cabo mi imperiosa consulta a la máquina. Me acerqué al mostrador, recogí la moneda sin expresar con mis gestos ninguna hostilidad, me volví a subir a la báscula, me coloque lo más derecho y erecto que pude y  cuando estaba a punto de introducir los 50 céntimos por la ranura me paré en seco, algo dentro de mí se revolvió, me contuvo, contemplé aquel artilugio, que te pedía que introdujeras la cantidad exacta pero que también ofrecía devolución de cambio, con sus lucecitas rojas parpadeantes, su pantallita plasmita, sus ranuras, me bajé, saqué mi cartera del bolsillo trasero del pantalón y guardé en ella la moneda de 50 céntimos junto a la otra y a las 2 de 20, “buenos días”, me despedí y abandoné la farmacia.
    
     Tenía que encontrar una fórmula más humana para resolver mi dilema, no iba a presentarme ante la doctora colombiana con el ticket de una farmacia, una prueba pericial expedida por una maquina, que con toda seguridad está expuesta a manipulación, amén de que también tendría que haberme descalzado para conseguir una medición exacta y después de los acontecimientos acaecidos en la farmacia, no era una buena idea ofrecer aquel espectáculo. Me quedé parado en la acera de la calle, a las puertas de la farmacia, meditando el siguiente paso a tomar, cuál sería la contra perfecta al diagnóstico de la doctora colombiana, por supuesto que una segunda opinión de otro médico sería ideal, dictamen que había tenido que pedir el día que me midieron para el cuartel, “1,72 dice, pues vamos a ver si es verdad”, es lo que tenía que haber hecho según salí de allí, dirigirme corriendo a algún despacho médico y pedir una segunda opinión, a partir de ahora, me prometí, cualquier veredicto que se presentara sobre mi persona lo pondría en duda, nunca más aceptaría el libre albedrío de otra persona sobre mi vida, segunda opinión, revisión del caso, recurso de alzada, testimonio ajeno, “permítame que lo dude”, se convertiría en mi frase favorita, mi arma arrojadiza ante cualquier eventualidad que hiciera referencia a mi persona, punto. Lo primero que me vino a la cabeza, por lógico y cercano, fue el médico de cabecera, en la otra manzana se encontraba el centro de salud, saqué el móvil, vi que tenía cobertura y marqué el 012, no les voy a transcribir aquí toda la parafernalia de información que te suelta una voz en off,  pulse 1 para tal cosa, pulse 2 para no sé qué, sino que adelantaré hasta, “le habla la operadora… en que puedo ayudarle”, me saltaré también mi respuesta obvia, pero me detendré en la siguiente  pregunta porque me pareció relevante, “dígame su DNI”, mientras se lo enumeraba con mi estilo característico, 42 642 586 letra c, de casa, con esas pausas intercaladas, se me encendió una luz, igual que en el DNI ponen tu fecha de nacimiento y tu dirección, podían poner tu altura, “ay doctorcita colombiana cómete esa”, prueba irrefutable donde las haya, “Artemi García,  1,72”, categórico, pero bueno, después de sus verificaciones, va y me suelta, “pasado mañana a las 10 y 25 señor”, “no, mire, que es urgente”, “diríjase a su centro de salud y fuerce la cita”, me contestó, suena como que tienes que entrar atropellando gente, forzar es sinónimo de violentar, de conquistar, de asaltar, no es para tanto, pero aún entendiendo la acepción en su contexto, tampoco era plan de presentarme ante la administrativa del centro de salud, por cierto, una chica guapísima, aunque algo extralimitada en sus funciones, porque empieza a preguntarte que te pasa, que te duele, realizando un primer diagnóstico, como si ella fuese médico y lo más que ha estudiado ha sido un grado medio de auxiliar administrativo, en fin, forzar la cita para pedir que por favor me midieran y me sacaran de esa incertidumbre existencial que estaba padeciendo, me parecía un poco fuera de lugar, lo tuve que desechar y comencé a barajar otras alternativas, una cita con un médico privado era una de ellas, pero por un lado, significaba un desembolso de, seguramente 60, 70 euros o más, que tampoco estaba dispuesto a  gastar, y por otro, la elección del especialista en cuestión también tenía sus migas, creo saber que la antropometría es la ciencia que estudia las medidas del cuerpo humano, pero si me ponía a buscar en la guía telefónica un antropómetro en la ciudad seguramente no lo encontraría, tiene que ser más bien la parte de un todo mayor, como una asignatura de un curso más completo que estudia un médico especializado… “en qué?”, así de entrada no se me ocurría ninguno, “cualquiera” pensé, y yo, cuando pienso, de pie en la calle, no es que me quede quieto, parado, apoyado en una farola o en el alféizar de una ventana, sino que me pongo en movimiento, andando acera arriba acera abajo, y distraído y obsesionado como estaba con ese centímetro de más que me había diagnosticado la doctora colombiana, no me apercibí que crucé la calle sin mirar y un taxi que pasaba con su lucecita verde encendida, su indicación “libre” destacando, y su conductor ensimismado en sus cosas, oteando las aceras en busca de algún cliente para ganarse dignamente un sueldo para llevar a casa, me llevó por delante.
    Así que ahora, estoy aquí, en el hospital, recostado en una cama, con una pierna escayolada sostenida por unas poleas en el aire, rememorando y detallando por escrito lo que me ha pasado. Hace un rato, pasó por aquí el doctor que me operó y me informó, que aparte de las diversas contusiones que presentaba, lo más grave era que tenía roto el fémur de la pierna derecha por dos sitios y que seguramente, transcurrido un tiempo prudencial, tendrían que operarme de nuevo, ya que las lesiones sufridas podrían retraerme la pierna y dejarme una cojera, “insignificante pero apreciativa”, palabras suyas, a las que enseguida me apresuré a replicar, “permítame que lo dude”, ya totalmente, no olvidada, pero sí que aparcada, la duda existencial de mi altura, “pero exijo una segunda opinión”. 


Mozo

    Llegué tarde, estaba citado a las 8 de la mañana y pasaban de las 10. De todas formas, comprobé que había llegado a tiempo, la cola no se movía y las puertas aún estaban cerradas. Algunos protestaban, decían que estaban allí desde las 7 y media, hay que ser idiotas, encima lo pregonaban. La cola, a pesar de no estar formada en fila india sino en pequeños grupos, era enorme, corrillos de amigos y conocidos ocupaban toda la acera.
   Y yo, de amanecida y resacado. Estábamos en Carnavales, a quien se le ocurre poner la cita en esas fechas, lo hicieron con toda su mala leche. La noche anterior, comenzamos en un baile en los aparcamientos frente a Simago y, no sé cómo, terminamos en Agüimes.
   No recuerdo si fue mi madre o mi tía, tuvo que ser mi tía, era mucho más parrandera que mi madre, la que me consiguió un traje de novia. No era de ellas, era de alguna vecina que, por lo visto, no debía guardar buen recuerdo de su boda. Era todo blanco, con un gran escote por delante, donde me asomaban los pelos del pecho, de mangas largas, que la primera vez que levanté los brazos, rompí las costuras debajo de los sobacos, y con una cola larga toda llena de volantes, que tenía que recogerme para poder andar y enseñaba aquellas sandalias de cuero que nunca me quitaba. Lo coronaba una cinta de flores y un velo, también blancos, que me ocultaban la máscara de una vieja fea, toda arrugada y con una verruga enorme.  Para rematar el disfraz, me metí un cojín en la barriga y adopté el papel de novia preñada y abandonada en el altar. Carlitos, el colega, llevaba un uniforme de policía municipal, con su libreta de multas y su porra y todo, nos pasamos toda la noche, yo señalando y el deteniendo, al hijo de puta que me dejó en aquel estado, que fiesta, tremendo pedo.
   Apurado me dio tiempo a ducharme y cambiarme de ropa, se imaginan, tendría que haber ido vestido de novia a la cita. Abuela, mientras me recalentaba un buchito café en un cazo, va y me suelta, “bonito estás, encerrado te tenían que dejar”, “¿Me conoces, mascarita?”, le contesté, estampándole un beso en la frente, mira que yo quería a mi abuela. En fin, desde casa hasta el edificio de la policía municipal en Miller era un pedazo, no se crean. Cruzar el barrio era bajando, pero después, la cuesta del Lomo Apolinario se pegaba, y de amanecida más. La cola, tremenda cola, llegaba hasta el cruce mismo.
   En el año 60, las mujeres de Las Palmas, en edad fértil, se tuvieron que poner a parir como locas, había más de 500 pibes de mi edad reunidos en aquella acera. Me imagino, seguro no lo sé, que allí, sólo estaríamos los chicos de los barrios cercanos. En otros lugares de la ciudad estaría pasando lo mismo, y aparte, tenemos que sumar las chicas, que siempre dicen que son más. Ahora, en las estadísticas, a esa época la llaman “el Babyboom”, yo la llamaría “a follar que el mundo se va  a acabar”.
Me fui paseando despacio, como el que no quiere la cosa, contemplando todos aquellos rostros, saludando algún que otro conocido, hasta que al final tuve suerte, hacia la mitad estaban unos cuantos del barrio, de mi calle, me uní a ellos y enseguida se oyeron voces de atrás, “carota, a la cola”, “tendrá jeta el tío”, ni caso.
   Sobre las 10 y media apareció calle arriba un puñado de todoterrenos del ejército, de esos con el techo de lona, 5 o 6 por lo menos, y con las letras PM, pintadas de blanco, en las puertas de los choferes. Se iban aparcando en la acera de enfrente, y de ellos se bajaron un montón de militares, con su casco blanco y su cinta distintiva sujeta al hombro, donde se volvía a leer PM. Se acercaron a nosotros, algunos con la porra en la mano, “a ver, en fila de a uno y con el carnet de identidad bien a mano”, iban pregonando por toda la cola. Aquello por fin comenzaba, las puertas se abrieron y la cola empezó a moverse.
   Detrás de nosotros, unos pibes de Schamann, estaban troceando unos limones y repartiéndose sus cascos. “¿Y eso?” les pregunté. “Dicen que si te lo restriegas sobre el pinchazo de la vacuna, no te da fiebre ni se te hincha el brazo”. Aquello sonaba a cuento chino, pero les pedí uno por si acaso y, aunque de mala gana, habían visto como me colaba, me lo dieron.
   Bueno, por fin entré, eran más de las 11, un sueño, un dolor de cabeza. “A ver, carnet de identidad”, me pidió un bacinilla de aquellos, sentado tras una mesa. Después de una mirada rápida, arriba y abajo, va y me suelta, “descalzo y en calzoncillos, fila 3”. Me quedé parado, quieto, sin moverme, atenazado, sin poder reaccionar. “¿No me has oído o qué?”, “No, sí, ya, pero es que… no llevo calzoncillos” le contesté bajito. “Qué no llevas calzoncillos”, me gritó aquel hijo de puta puesto en pie, se oyó en toda la sala, “Pues en cueros, ¡Joder!”.
   Las modas juveniles se sucedían vertiginosamente en aquella España de la transición. Pasamos de militar en la izquierda, totalmente decepcionados, al mundo hippy, pelo largo, guarachas y LSD. Cuantas veces nos colamos en el cine Capitol para ver el musical Hair. Cambiamos las manifestaciones en la calle Triana, por las hogueras en las playas del Sur. Las camisas a cuadros por camisetas de flores pintadas a mano. Y a los gayumbos los desterramos, como símbolo de opresión.  
   No, no me tuve que quedar en pelotas, apareció uno con galones y me dejó pasar con pantalones, “Venga, sácate solo la camiseta y esas sandalias y por Dios, péinate esos pelos”. Primero me subieron a una báscula, me pesaron y me midieron, “60 kilos, 1,72”.  Sí, es verdad, lo reconozco, en esa época estaba en el chasis, no era más que huesos, pellejo y la mata pelo.
   Del asunto de la vacuna, no me acuerdo en absoluto. Yo no recuerdo que me vacunaran. Comentándolo tiempo después, con los amigos que estuvimos allí aquel día, todos afirmaban que sí, que claro que nos vacunaron. Que pasábamos en medio de 2 enfermeros y que nos ponían una vacuna en cada hombro, o sea 2. Yo no recuerdo nada de eso, ni por supuesto, que coño hice con el casco de limón. Por más que escarbo y rebusco en mi memoria, no encuentro ni un atisbo de esa escena.
   Lo que sí recuerdo, como si fuera ayer mismo, esta mañana, es verme, ya vestido con mi camiseta de los éici dici y mis guarachas, delante de un puñado de militares que se auto nombraban como tribunal médico, todos muy serios y enchaquetados, con su montón de galones y sus estrellitas y esas cosas. “¿Tiene usted algo que objetar?”, me preguntó el que tenía más estrellitas. “Pues sí, que tengo un montón de sueño y me duele un montón la cabeza y podían haber puesto esta mierda otro día”, pensé contestar, pero ni se me ocurrió decirlo en voz alta. Todos sabíamos, habíamos oído los cuentos, de los que se declaraban objetores de conciencia con 2 cojones. También sabíamos, también habíamos oído lo cuentos, que los tenían encerrados allí cerquita, en el Castillo de San Francisco. “Yo no”, contesté encogiéndome de hombros, no tenía esos 2 cojones.
   “¿Algún defecto físico que declarar?”, me interrogó de nuevo el estrellitas. Lo juro, esa pregunta no la esperaba, me cogió desprevenido. Y siempre que me he visto en esa situación, con las defensas bajas, no sé por qué, contesto la verdad. “Pues sí, la verdad es que tengo este brazo que no lo puedo estirar bien”, contesté mostrándoles mi brazo izquierdo levemente encogido. Tiempo atrás, en un viaje a Fuerteventura, me desbolé el codo, pero ese cuento ya lo hice. Ese día, lo vuelvo a jurar, di esa respuesta porque me preguntaron, no fue en absoluto premeditada. Más bien, creo que pensé, me penalizarían si mentía. Los vi hablar entre ellos y a uno, escribir algo en una libreta. Con un “Ya lo avisarán”, me hizo señas el estrellitas para que me largara.
   Todo esto pasó, como cuento al principio, un día de Carnavales. Ni de coña recuerdo la fecha exacta, pero tuvo que ser en febrero o en marzo si acaso. Pasó el tiempo, la vida siguió, descubrimos Tiritaña, pero ese es otro cuento que todavía no he escrito, y llegó aquella carta certificada a finales de junio. No quiero adelantar acontecimientos, más adelante, en la narración, sabrán porque recuerdo esa fecha. Más o menos, el resumen sería algo así, “Preséntese en la Caja de Reclutas en la calle Reyes Católicos, nº tal, el próximo jueves, 26 de junio, a las 8 de la mañana”.
   También llegué tarde esta vez, pero no porque estuviese de amanecida ni nada de eso. Esta vez me porté bien, pues no, estaba acojonado, hasta me acosté temprano y por la mañana, cuando me levanté, lo primero que hice, fue ponerme unos calzoncillos limpios. Lo que pasó, fue que la guagua, la 9, acababa su trayecto en el cine Cairasco. Tenías que bajar por las escaleras aquellas, cruzabas el puente hasta la Plaza de Santa Ana y después, por la calle Reyes Católicos, a ver si daba con la caja reclutas, un rato. En fin, era un edificio antiguo del barrio de Vegueta, precioso, todo de piedras talladas, con su portón de tea y un patio interior. Ya había un grupito de pibes allí, un par de ellos conocidos, y militares un montón. Le mostré la carta a un bacinilla que se me atravesó delante, la cogió y me mandó a sentarme con el resto.
   Al ratito, se los juro que fue así, “¡Firmes, a formar en fila de a 2, deprisa, cojones!”. Ños, un revuelo, un mal rollo, claro, no estábamos prácticos, no sabíamos ni que hacer. Todos de pie en aquel patio, nerviosos, a empujones nos fuimos colocando más o menos. Lo repito, se los juro que fue así, 2 soldados delante, con sus fusiles y todo, y detrás otros 2 igual, “¡Vaaaamos!”. Nos sacaron a la calle, éramos 15, yo el último, descasado. Nos llevaron, siempre por la acera, de aquella manera, custodiados como si fuéramos presos, por toda  Vegueta. La gente se apartaba y se nos quedaba mirando como si fuéramos de la ETA por lo menos. Saquen la cuenta, por toda la calle Reyes Católicos hasta la Casa de Colón, allí, a la izquierda, calle Espíritu Santo hacia arriba, luego, a la derecha, calle Obispo Codina adelante hasta la calle Juan de Quesada, que es la calle que va paralela al barranco Guiniguada. Después, derechos hacia arriba hasta el Hospital Militar.
   Edificio bonito de la ciudad de Las Palmas donde lo haya. Aquello era un palacio, bueno, seguirá siendo, me imagino, yo no he vuelto a estar en mi vida. Creo que ahora pertenece a la Universidad. De entrada, unas escalinatas anchas, con sus balaustradas, a continuación, unas puertas de cristaleras, y lo que era una pasada, una recepción enorme, altísima, bajo una cúpula redonda, espectacular. Con todo el miedo que llevaba metido en el cuerpo, nunca olvidaré aquella escena, era un edificio maravilloso.
   Nos llevaron a una sala contigua, pequeña, toda azulejada de blanco. Allí nos repartieron unos pijamas y unas pantuflas. También nos dieron una bolsa a cada uno, para que guardáramos nuestra ropa, todo el tiempo bajo la vigilancia de aquellos soldados armados. El pijama, pantalón y camisa de manga larga con botones, era blanco y azul a rayas verticales, de preso absoluto. Imagínense, el acojone ya era total. Y peor se puso. De nuevo, en la recepción, unas monjas te iban nombrando, te quitaban la bolsa con tus efectos personales y te iban designando sala. “Cirugía”, me dijo aquella beata, con su falda gris por debajo de la rodilla y su cofia blanca, con un rictus de menosprecio en su sonrisa y un destello de maldad en su mirada. Los testículos se me encogieron y subieron hasta las amígdalas, no me dejaban respirar ni articular sonido alguno.
   En aquella época, no sé si seguirá igual, los médicos militares tenían muy, pero que muy mala fama, y a mí me iban a operar. Lo primero que pensé fue en escapar de allí, pero donde iba con aquel pijama y con pantuflas, si por lo menos fuera aún Carnavales. De los 15, a 12 nos tocó “Cirugía”. La monja no, la bruja aquella, nos llevó por un largo pasillo y nos fue repartiendo, en grupos de 4, por las habitaciones.
   No recuerdo los nombres de mis compañeros de celda, porque así nos sentíamos, encarcelados. Lo que sí recuerdo perfectamente es la dolencia de cada uno, el cuento que teníamos preparado para intentar librarnos de la “mili”.
  Uno era de Lanzarote, imagínense las peripecias que habría hecho aquel chaval para llegar hasta allí. Era bajito y gordito, más simpático que la madre que lo parió. Se pasó todo el tiempo que estuvimos allí, contando chistes buenísimos, te partías de risas con él, sobre todo, cuando contaba y escenificaba su padecimiento. Según él, le faltaba un huevo, un testículo. “Lo tengo aquí arriba”, se señalaba por debajo de la barriga, “Y claro, no me puedo poner cuerpo a tierra porque me duele”.
   Otro, era del barrio, moreno él, creo que se llamaba Pancho, pero no lo puedo asegurar. Éste decía que tenía las mandíbulas dislocadas. No sé cómo lo hacía, pero se metía las manos, las dos, en la boca y se le ponía una cara desencajada que daba hasta yuyo ver aquello.
   El tercero, un pibe de La Isleta, era, tal vez el único, que sí tenía un problema serio. El pobre tenía una hernia discal y caminaba todo cambadito. Abusadores, tenían que haberlo llevado por lo menos en ambulancia.
   Al ratito llegó de nuevo la bruja aquella y leyó, de un portafolios, mi nombre en voz alta. El primero, mira la suerte mía. “Mozo, acompáñeme” me dijo. Me la quedé mirando, aquello de mozo me llamó la atención. ¿Se estaba quedando conmigo, era por mi buen ver, o sería porque era peninsular? Nada de eso, luego me enteré que ese era el rango que yo tenía en ese momento de mi vida militar. Para el ejército era un mozo, después sería soldado y, ya si eso, pues capitán, coronel o comandante general, eso ya se vería, no se sabe las vueltas que da la vida y la militar más.
   En fin, de nuevo pasillo adelante, esta vez hasta un patio interior donde se abrían varias puertas. “Entre ahí y espere”, me señaló la buena moza una de aquellas puertas. Era un despacho médico, más pequeño que el de la Seguridad Social, pero parecido. La mesa y la silla del doctor, una camilla y todas esas cosas que usan los médicos. Más sillas no había, así que estuve allí, parado de pie, un buen rato. Recuerdo que pensé, “mira el hijo puta”, porque detrás de la mesa, en la pared, tenía un crucifico, una foto del rey y otra de Franco.
   Llegó el médico, bueno un militar, el hombre muy educado se presentó, teniente médico no se qué, no recuerdo su nombre, yo contesté con un gesto de la barbilla, el cuerpo no me daba para más, seguía teniendo los testículos enredados en la zona de la laringe. Se sentó en su silla, cogió una libreta y sin mirarme siquiera, me preguntó “¿A ver, a usted que le pasa?”. No sé lo qué pasó, creo que fue el tono que empleó, amable, no tanto como cuando tu madre te hacía esa pregunta de niño, pero casi. La modulación de su voz me dio confianza, los huevos volvieron a su posición original, tragué saliva, carraspeé y contesté tranquilamente, “no me puedo poner firme”.
   Despacito levantó su cabeza y una sonrisa pícara afloró en su cara, “eso es grave”, me espetó sin retirar la taimada mueca, “no había oído nunca ese diagnóstico, vamos a verlo, póngase firme”, me contestó levantándose de la mesa. Hice el gesto, hasta dando una patada en el suelo, como había visto en las películas americanas, pero dejé el brazo izquierdo dobladito, como si tuviera la mano metida en el bolsillo del pantalón. Se acercó hasta mí, se colocó delante de mí, rostro con rostro, cuando creí que me iba a besar, me dio un jalón brusco del brazo que casi me tira al suelo. Se me escapó un “ay”, más por el susto que de dolor. Me dio la espalda, se volvió a su mesa, se sentó y se puso a escribir, con un “que pase el siguiente”, me despidió.
   Esto fue todo, se los juro, en esto consistió el examen médico que me hicieron en el Hospital Militar de Las Palmas de Gran Canaria, para considerar si estaba apto para el servicio militar, para garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional.
   Me volví a la habitación, a la celda, de nuevo con los huevos encogidos y a punto de vomitarlos. Allí les conté, a mis compañeros de infortunio, la insólita y absurda experiencia que acababa de vivir. El resto, según iban y volvían, relataban algo parecido. Nadie sabía nada, nadie nos decía nada. Al mediodía, nos volvieron a formar en el pasillo. Ahora ya, los soldados con fusiles, fueron sustituidos por las monjitas aquellas, aunque éstas eran más serias y marciales que un pelotón de fusilamiento. Nos llevaron al comedor, al pabellón de cocina como lo nombraban ellas. Mira, 2 huevos fritos con arroz blanco, un pan y un plátano de postre, más nada. Los huevos olían mal de lejos y el arroz era un mazacote incomestible, tremenda bazofia, que asco, ni lo probé. Me comí el plátano con el pan. No crean que sea  melindroso, los otros hicieron lo mismito.
   Por suerte, allí también había un montón de soldados convalecientes, casi todos peninsulares, que veteranos ya, nos contaron de qué iba todo aquello. Entre toda la información que nos dieron, nos quedamos con 2 excelentes noticias. Una, qué por lo visto, este hospital tenía fama en toda España, de ser el que más gente libraba del servicio militar. La otra, la mejor por la urgencia, que detrás, en el patio, había una cantina que despachaba unos bocadillos de carne que estaban de muerte, que te podías levantar de aquel antro e irte a comer allí. ¡Qué gozada! ¡Qué bocata! La única pega, que no despachaban alcohol, sólo zumos y refrescos. Y encima, el patio, aquello no era un patio, eran unos jardines encantadores, con unos árboles grandes que te invitaban a sentarte a su sombra, una pasada. Nos pasamos allí toda la tarde, hasta que al oscurecer, se asomaron por allí 2 de aquellas guerrilleras y nos ordenaron volver a la habitación. Cuando ya estábamos todos introducidos en el sobre, como una rata sigilosa, compareció una de aquellas matronas. “Para que duermas bien”, te decía con voz maternal, mientras depositaba en tu mesilla, un vasito de plástico con agua y una píldora. Después nos enteramos que la llamaban “Sor Pastilla”.
   Nuestra Señora del Perpetuo Socorro es una imagen de La Virgen, venerada en Roma y conocida desde el siglo XII. El icono está pintado al temple sobre madera. En éste, se representa a La Virgen María con el Niño Jesús en sus brazos y, en un segundo plano, los dos  Arcángeles Miguel y Gabriel con los instrumentos de La Pasión. Gabriel porta la cruz ortodoxa de doble travesaño y cuatro clavos y Miguel, la lanza y la esponja. El Niño Jesús descansa sobre el brazo izquierdo de su Madre y se agarra con ambas manos a la mano derecha de María, buscando protección, al contemplar los instrumentos de la Pasión que le aguardan.
   ¿Y esto a qué viene? se preguntarán. ¿Recuerdan que les dije que me acordaba perfectamente de la fecha de la carta? Jueves, 26 de junio. Pues al día siguiente, o sea, el viernes 27 de junio, se celebraba, y se seguirá celebrando, la onomástica de esta señora. Y a qué no adivinan de quien es Patrona, vete tú a saber por qué, pues de los médicos militares. Es la patrona de la Sanidad Militar, es su día festivo marcado en el calendario castrense. Ese día, los médicos del Hospital Militar, no trabajaban, y encima les hacía puente con el sábado y el domingo. No nos dieron el alta hasta el lunes. Nos pasamos allí 4 días.
   Se los juro, 4 días con aquel pijama a rayas, sin nada que hacer, comer, dormir y pasear por aquel palacio. Nos pasábamos la mayor parte del tiempo en la cantina y los jardines, contándonos nuestras vidas, contando mentiras, oyendo los chistes del conejero. Por la noche, juntábamos los somníferos que nos daba Sor Pastilla y se los enviábamos al pabellón de los locos. Sí, también había un grupo de soldados, a los que no se les ocurrió otra cosa, que hacerse los locos para poder librarse del servicio militar. Una noche, no recuerdo cuál de ellas, sentimos un gran estropicio, gritos y alboroto. Después nos enteramos, que algunos de ellos, habían destrozados los baños comunes. Arrancaron de las paredes los urinarios y los lavabos, rompieron las tuberías y lo dejaron todo anegado en agua y hecho un asquito.
   Recuerdo a uno de ellos, un chaval de Vallecas, flaco y narizudo, con un pie vendado. Lo traían todas las tardes, un ratito, a los jardines. El pobre, llegaba custodiado por 2 soldados, encadenado de manos y pies como un preso de Guantánamo. Allí lo liberaban y lo dejaban reunirse con nosotros. Nos contó, que no se le ocurrió otra cosa, que alistarse en La Legión. Lo enviaron a Fuerteventura y por algo que hizo, o más bien, no hizo, eso no lo recuerdo, lo mandaron al pelotón de trabajos forzados. Le dieron un pico y lo pusieron a romper piedras. Un día, nos contaba, harto de aquella situación y buscando la manera de salir de allí, “puse la pata sobre una piedra y dejé bajar el pico”.
   En fin, 4 días, 4 interminables días, en aquel hospital, en aquella prisión de lujo, vestido con un pijama a rayas y comiendo bocadillos de carne. Ese es el recuerdo que tengo de mi vida militar, sólo llegué a mozo.
  

   

Clack

     A clase, siempre se entraba a las 8 de la mañana, y aquel día, el jueves, a primera hora teníamos Lengua, bien, me gustaba, pero después Matemáticas que era un rollo, no sólo porque no nos gustaran, éramos un COU de letras, sino porque el profesor de turno, que era un tipo recién salido de la Universidad, y el hombre, el pobre, no sabía dar clases, se ponía a llenar la pizarra de símbolos y corchetes y nos parecía que estaba hablando para él sólo, era como un murmullo sordo. Por suerte, nos enteramos que era troskista, de La Liga Comunista Revolucionaria, de la LCR, lo cogimos un día bajando las escaleras del instituto y, a nuestra manera, lo extorsionamos para que se olvidara de nosotros y nos pusiera un 5 a final de curso, ya lo entenderás según sigas leyendo.
    Me extrañó que Camilo no estuviera en clase ese día, que se perdiese la primera hora, bueno, eso le pasaba a todo el mundo alguna vez, pero a segunda tampoco, mosqueaba. No había comentado nada la noche anterior cuando nos despedimos, después de la reunión de la célula. Ese día, el jueves, cuando salimos a desayunar, ya se había enterado medio instituto, habían detenido a un montón de gente y los tenían abajo, en La Plaza de La Feria, Camilo era uno de ellos.
     Te cuento la historia, pero de esa semana más nada, pero empezando por el domingo y no aquí, sino en Madrid. Ese día, el domingo, los Guerrilleros de Cristo Rey, fuerte nombre, mataron a un pibe, a un estudiante, le metieron un tiro a sangre fría y por la espalda, y a la piba que iba con él, otro tiro en todo el pecho, ella tuvo suerte y escapó. Al día siguiente, el lunes, por la mañana, en una manifestación por la muerte del pibe este, los grises van y matan a otra piba, a otra estudiante, un bote de humo en toda la cabeza. Por su parte, los GRAPO, van y secuestran a un militar de alto grado, ya tenían a otro desde un par de días antes y la ETA a lo suyo, matando policías por toda España. Ese mismo día, por la noche, todo esto que te estoy contando en Madrid, los fachas entran en un despacho de abogados laboralistas, de Comisiones Obreras, del Partido Comunista… al tiro limpio, con metralletas, calibre 9 mm corto, mataron a 5 y dejaron un montón de heridos.  
      El martes, ahora sí, en Las Palmas, en el instituto, según llegamos, sin ni siquiera entrar a clase, en el patio, convocamos huelga general. Esto todavía no te lo había contado, pero resulta que nuestro instituto era el instituto más rojo de todos los institutos rojos de toda España. Primero, asamblea en el patio, y a continuación, Camilo, como siempre, que tampoco te lo había contado, pero era el líder del instituto, se largó un mitin de los suyos, con voz clara y premisas más claras aún, nos vamos de manifestación, para abajo, para Las Palmas. Coño, tampoco te lo había contado, nuestro instituto, el Alonso Quesada, era el único instituto de la parte alta de la ciudad, todos los demás, estaban abajo, en Las Palmas, repartidos en las calles de la gente bien. Seguramente, arriba, en los barrios, duplicábamos, triplicábamos la población juvenil, pero solamente había un instituto masculino y otro femenino, porque en esa época, las cosas eran así, no lo de un instituto sólo, eso, creo, sigue siendo igual, me refiero a lo de las chicas en uno y nosotros en otro. Cuando empecé el instituto, en primero, los chicos asistíamos a clase por la mañana y las chicas por la tarde, estuve carteándome todo el curso, dejándonos mensajes pegados con chicle debajo del pupitre, con la chica que ocupaba el mío por las tardes, nunca la conocí, fue mi primera amistad virtual, también es verdad, que sólo le ponía chorradas y guarradas y que ella me contestaba con insultos.
     Al curso siguiente ya les tenían su instituto, el Femenino de Schamann, y el día que te hablo, ese martes, lo primero que hicimos, como siempre hacíamos cuando íbamos de manifestación para abajo, para Las Palmas, fue dirigirnos a sacar a las chicas, porque siempre, me imagino que avisarían por teléfono, cuando llegábamos les tenían la puerta del patio cerrada. Allí, formábamos la tremenda, conseguíamos abrirles la puerta y muchas no, pero unas cuantas se venían con nosotros.
     Bajábamos caminando, haciendo escandalera, manifestándonos por todo Schamann, no sé de donde, pero enseguida aparecían banderas con las 7 estrellas verdes y alguna que otra pancarta, cogíamos la calle Mariucha, bajábamos por el Parque Las Brujas hasta el Paseo de Chil, y por la calle Curva desembocábamos en Magisterio, allí, los estudiantes de esa facultad ya la tenían armada junto a los de Arquitectura. También había un instituto femenino, el Santa Isabel de Hungría, pero ése era de monjas y de ahí no se escapaba ni una. Lo bueno empezaba cuando entrábamos al Paseo de Tomás Morales por la Plaza del Obelisco, allí empezaba la jarana de la buena. Yo siempre tuve buen ojo, no sé por qué, para identificar a los secretas, policía política los llamaban, le decía a los compañeros, “mira uno haciéndose el loco en la parada de guaguas”, o “mira, dentro de aquel coche, hay 4”, era fácil, si no, que iban a hacer 4 tipos sentados dentro de un coche, a las 10 de la mañana, en el Paseo de Tomás Morales.
     En esta calle, estaban los institutos de Tomás Morales y Pérez Galdós, siempre me llamó la atención el montón de motocicletas que habían aparcadas a sus puertas, en el nuestro, nadie tenía ninguna, si alguna vez aparecía alguien con una, seguro que era robada. Eran niños bien, aunque también había alguno de nuestros barrios, sus padres, para darse aires, los matriculaban allí, para que se labraran un porvenir decían, en nosotros no creía nadie. De estos institutos, algunos secundaban la huelga, no muchos, pero bueno, un puñado sí.
     Enseguida empezaban las cargas policiales, las pelotas de goma, los botes de humo, los grises repartiendo porra. En aquella época, no eran ni mucho menos como ahora, atléticos y disciplinados, aquellos, yo por lo menos, los recuerdo fofos y muchos hasta barrigones, pero de todas formas, eso sí, miedo daban, repartían leña sin medida alguna, nunca me dieron, y mira que participe en manifestaciones, casi a punto estuve muchas veces, pero siempre lograba esquivarlos, tuve suerte, me imagino. Del Paseo Tomás Morales huíamos despavoridos por el primer callejón que encontrábamos, recuerdo que esa vez cogimos por la calle Murga derechos a la Calle León y Castillo, en la esquina de abajo estaba el cine Royal, en grandes carteles anunciaban el estreno de “Ha nacido una estrella” con Barbra Streisand, pero yo, con un grupo que nos  escabullíamos de los grises, nos metimos corriendo en frente, en una cafetería cuyo nombre no recuerdo, pero que despachaban unos bocadillos de tortilla impresionantes y sobre todo, lo que más fama tenía, unos dulces que llamábamos matahambre, con 2 quedabas almorzado.
    Perdona, pero se me fue la olla, como te iba contando, siguiendo la secuela de esa semana, el miércoles, lo primero que hizo el gobierno por la mañana fue prohibir las manifestaciones, no se lo creían ni ellos, requisas de armas, expulsión de extranjeros relacionados con organizaciones extremistas y detenciones y registros sobre terrorismo, esta última medida fue a la que más empeño pusieron, pero después te sigo contando para no dejarme atrás lo del miércoles por la noche, el entierro de los abogados laboralistas en Madrid. Se esperaba que se armara una bien grande, el ambiente estaba tan caliente que hasta algunos vaticinaban una nueva guerra civil, pero no, menos mal, en la reunión de la célula por la noche, alguien comentó, que hablando por teléfono con unos amigos en Madrid, éstos le contaron que todo fue muy tranquilo, que la consigna era el silencio absoluto. Imagínate, decían que había más de cien mil personas siguiendo la comitiva, todos callados con el puño en alto.
     Como te contaba al principio, el jueves, por la mañana, en clase, Camilo no apareció y luego nos enteramos que estaba detenido abajo, en la Plaza de la Feria, que era el cuartel general de los grises. En esa época, los llamábamos así, los grises, aunque en el barrio, también recuerdo que la peña decía “cuidado que viene La Madam”, luego, cuando les cambiaron el uniforme, los llamaban los maderos, ahora no sé cómo les dirán. Bueno, como te iba diciendo, imagínate el revuelo que se formó en el instituto, recuerda que Camilo era el líder. Ese día no volvimos a entrar a clase, nos marchamos para averiguar lo que había pasado. Estábamos en 1.977, no había móviles ni internet ni nada de eso, lo más, cabinas telefónicas, y además, muy pocos tenían teléfono en su casa. Tiramos para el barrio para poder averiguar algo más, “en casa de Perico están repartiendo los panfletos” nos dijeron, eso era en Pedro Infinito y para allí nos fuimos. Nos enteramos que eran 15 los arrestados, todos de izquierdas, ni un facha, la policía aprovechó la ocasión que les brindaba el gobierno Suarez y se habían pasado la noche deteniendo a todos los líderes de izquierda de la ciudad, acusándolos de terroristas. En los panfletos, imagínate, que eran en blanco y negro, emborronados, apurado se reconocían las fotografías de los rostros de los detenidos. Encima, sí se leía en letras grandes, en mayúsculas, “LIBERTAD INMEDIATA”, o algo así, no recuerdo bien, seguramente habrá alguien que tenga una colección de los panfletos de esa época.
     En fin, reconocí a Camilo y alguno más, cogimos un puñado de carteles, una brocha y llenamos una bolsa de plástico con la cola que tenían preparada en un cubo. En el reparto de la ciudad nos tocó la zona entre el Parque Doramas, el Hospital del Pino y la Plaza del Obelisco. Cogimos la calle Zaragoza y bajamos por el barranquillo de Don Zoilo. Perdona, pero esto tampoco te lo había contado, éramos 3, Pacuco, Mingo y yo, que me llamaba Pepe, eran nuestros “nombres de guerra”, te lo tomarás a risas, pero estábamos realizando una acción ilegal, militábamos en la clandestinidad y nos lo tomábamos todo muy en serio, a más de uno le habían pegado un tiro en la cabeza o lo habían torturado, tan sólo por tener ideas distintas a las del régimen. Más que sabía yo como se llamaban mis camaradas, pero ese tipo de consignas las teníamos claras y asumidas, en una actividad de esta índole, nunca se debía nombrar a nadie por su verdadero nombre, fíjate que hasta ahora, cuarenta años después, los sigo utilizando.
   Nada más llegar al Parque Doramas, cogimos por Tomás Morales y en la primera pared que encontramos, empezamos nuestra pegada de carteles. Yo mantenía el pasquín, Pacuco le daba el brochazo de cola y Mingo vigilaba. El Hospital del Pino lo enramamos, estaba lleno de gente y todo el mundo se acercaba a leer. En el cruce de la calle Castillo había una parada de guaguas y la aprovechamos para pegar unos pocos más. En otro cruce más allá, el de la calle Carvajal, había otra parada y hacia ella nos dirigimos. Recuerdas que te dije que tenía buen ojo para detectar a los “secretas”, en la acera de arriba, había aparcado un seat 1.430 con 3 tipos sospechosos, así se lo hice saber a mis compinches, pero, jóvenes y audaces, decidimos proseguir con nuestra tarea, “tu acéchalos Mingo, mientras nosotros pegamos los carteles”.
    Llevábamos un par de ellos pegados, cuando Mingo nos avisó, vimos como se abrían las  puertas del coche y corrían hacia nosotros. Pacuco y yo salimos por patas por la calle Carvajal hacia abajo y Mingo huyó por Tomás Morales adelante. En Ángel Guimerá nos separamos, Pacuco cogió a la derecha y yo a la izquierda. Ya lo habíamos hecho otras veces, el truco era separarnos y luego, ya nos veíamos en el barrio. Ellos también lo tenían ensayado y también se separaron. Al doblar la siguiente esquina, la de la iglesia de Santa Teresita del Niño Jesús, te lo juro que se llama así, me lo encontré de frente, nunca lo olvidaré, una cara de hijo de la gran puta de mucho cuidado, pelo engominado y sonrisa cínica donde la haya, se sacó la pistola de la sobaquera, la amartilló con un sonido hueco, “clack”, “estate quietito o te mato hijo de puta”, me dijo apuntándome a la cabeza. Por supuesto que me paré en seco, no estaba a 2 metros de mí, casi me dejo mear, se echó a reír, se me acercó y me quitó los carteles que aún llevaba en las manos, ni siquiera me esposó, estaba sobrado, tan sólo me sujetó de un brazo y me llevó con él. Al momento llegó el coche y me subieron detrás, allí ya estaba Pacuco con el mismo rostro pálido de miedo que yo, unas calles más allá se volvieron a detener y de un zaguán salió Mingo acompañado del otro secreta. Se subieron los dos detrás, con nosotros apretujados.
     En el corto trayecto hasta la Plaza de La Feria, no recuerdo que dijeron, risas y chanzas, nosotros acojonados. El portón estaba abierto y aparcaron en medio del patio, a las puertas de la comisaría. Según bajamos se fue haciendo un coro de policías a nuestro alrededor, eso sí lo recuerdo, eran todos con ropa de paisanos, 8 o 10 por lo menos, comenzaron a darnos empujones y cogotazos muertos de risa. El que me detuvo, se acercó a mí con uno de los carteles y recuerdo que me dijo “ves, ahora este ya no sirve, ahora tienen que hacer otro con vuestras caretos también”, todos le rieron el chiste. “A ver ¿Quién te dio estos carteles?” me preguntó con un bofetón en toda la cara. “Los estaban repartiendo en la puerta del instituto y los cogimos porque sé que Camilo no es ningún terrorista”, le contesté, no te creas que con valentía, estaba acojonado, con la cabeza gacha y balbuciendo. “¿De qué coño conoces tú a Camilo?”, “está en mi clase”, “¿Ah sí? Pues vamos a comprobarlo”, me arrastró de un brazo y me entró a la comisaría. Caminamos por un pasillo largo de azulejos amarillentos, más de una vez estuve en ese pasillo, cómo cuando me libré del cuartel y fui allí a recoger el acta de mi liberación, pero esos son historias que te contaré otro día, esta vez me bajaron por unas escaleras oscuras. Junto a unas puertas metálicas, ahora sí, custodiadas por grises de uniforme, nos detuvimos y le habló a uno de ellos en voz baja. El guarda abrió la puerta y llamó a Camilo por su nombre verdadero, al momento asomó su rostro en el hueco y me vio. Le sonreí, no sé por qué, me alegré, era un gran amigo y parecía estar bien dentro de lo que cabía. “¿Tú conoces a éste?”, le espetó el secreta zarandeándome de nuevo, yo los tenía en la garganta, “sí, está conmigo en clase”, le contestó con voz clara y con el aplomo que yo admiraba en él.
     Ni nos ficharon, ni tomaron nuestros datos ni nada, ya los tenían me enteraría después, pero esa también es otra historia que a lo mejor te cuento otro día. En la puerta me dio otro cogotazo y les hizo señas a los policías que custodiaban a Pacuco y a Mingo para que nos dejaron marchar.
     Fíjate tú si éramos tontos, que con el cerote y todo, quedamos decepcionados, por lo menos yo, ellos seguro que también. Me hubiera gustado que me detuviesen, que me encerraran en aquella celda del sótano de la Plaza de la Feria con los líderes izquierdistas, sindicalistas, estudiantiles, pero no, me botaron como agua sucia, no les importaba, no tenía valor alguno para ellos, me dolió en mi orgullo, en mi tonta vanidad.

     Después me enteré que, los detenidos, estuvieron en huelga de hambre hasta que los soltaron unos cuantos días más tardes. Entonces, ¡uf!, sí suspiré de alivio.